Opinión
La presidenta invencible
Por María Scherer
El Zócalo es territorio "propio". Es el lugar de siempre, donde durante décadas la izquierda exigió lo que hoy no está dispuesta a conceder: justicia, libertad, democracia.

Questo que l'otro, nos concentramos en el Zócalo. Esta vez fue el séptimo aniversario de la 4T, pero pretextos no faltan. Hay que llenar la plancha y celebrar el proyecto. Difícilmente se pueden ignorar sus logros en materia de salario mínimo y pobreza, pero tampoco la gigante nube negra que opaca las cuentas del gobierno de Claudia Sheinbaum: las tasas de homicidio en nuestro país son indecibles, como su tendencia de largo plazo. La "transformación" no ha implicado restaurar la vida cotidiana en términos de seguridad. Persisten carencias en salud, seguridad social y servicios públicos, y eso también empobrece. El proyecto que movió agujas sociales, no logra desarmar la violencia ni reconstruir capacidades estatales.

No importa. Hay que ocupar la plaza pública para legitimarse, demostrar fuerza y aislar y amedrentar a los adversarios. En el mitin del pasado 6 de diciembre -más de 600 mil personas, según la propia Presidencia- Morena recurrió a su escenario favorito, más aún después de semanas de protestas por inseguridad y movilizaciones que al partido en el poder no le parecen legítimas, porque no son suyas.

El Zócalo es territorio "propio". Es el lugar de siempre, donde durante décadas la izquierda exigió lo que hoy no está dispuesta a conceder: justicia, libertad, democracia. El Zócalo, por tanto, no es neutral; es una extensión de su mandato. Es su principal argumento: si la plancha está llena, la oposición está sola; si se llena varias veces al año, el apoyo social es inamovible.

Esta ocupación continua del Zócalo, ya sea para celebraciones, informes, campañas y ahora el séptimo aniversario, implica no solo que la plaza tiene un "dueño"; funciona como un mensaje muy claro hacia la oposición: si quieres disputar el poder, tendrás que disputar también este espacio, con sus riesgos implícitos.

Pocas semanas antes, la llamada marcha "de la generación Z" reunió a miles en el mismo Zócalo y terminó con enfrentamientos y detenciones. Antes de eso, la Marea Rosa lo llenó al menos tres veces, primero en defensa del INE y luego bajo la consigna de "Marcha por la democracia", con presencia visible de la oposición y su candidata.

También así puede leerse el mitin del 7º aniversario: como la pueril respuesta del Estado, que recupera su plaza. Una movilización para reescribir la narrativa, afirmar que los jóvenes "están con la transformación" y subrayar el mensaje de que la calle sigue siendo del oficialismo. Es el retorno al gastado recurso retórico del pueblo contra la élite: si no estuviste aquí para escuchar que nuestra presidenta es invencible, estás contra el pueblo.

A diferencia de otras latitudes, donde la plaza puede servir también para la rendición de cuentas frente a una ciudadanía crítica, en el México gobernado por Morena la plaza funciona sobre todo como escenario de confirmación: se acude a aplaudir, no a preguntar; se va a reafirmar adhesiones, nunca a exigir explicaciones.

En siete años, Morena ha aprendido a ocupar el Zócalo como nadie, pero casi nunca lo ha usado para lo que hace falta en la vida pública mexicana: rendir cuentas. El Zócalo de la 4T no es el foro donde el poder se rinde ante los ciudadanos, sino el lugar donde se exhibe ante sus adversarios. Los grandes actos en la plaza no se parecen a los de una comunidad abierta y crítica, sino a una ceremonia de covalidación. No hay preguntas ni réplicas, no hay oposición ni públicos diversos; hay discursos acartonados, cifras escogidas y una multitud convertida en coro. La plaza pública, que podría ser el lugar del escrutinio ciudadano, es reducida, una y otra vez, a un gigantesco acto de ratificación de la presidenta invencible.

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