Al hijo del expresidente ya no le basta el peso del apellido. Necesita el fuero y la legitimidad jurÃdica que otorga una curul para no quedar tan expuesto. |
Que Andrés Manuel López Beltrán abandone la SecretarÃa de Organización de Morena y su lugar en la Comisión Nacional de Elecciones para buscar una diputación federal por Tabasco no es el estreno de una carrera polÃtica. Es una retirada. Durante tres años operó desde su cargo partidista, en la comodÃsima penumbra del poder, sin contrapesos internos, sin urnas que lo juzgaran. Ahora, el hijo del expresidente se ve obligado a dar la cara por primera vez. Que le haya parecido prescindible el escalón más bajo -la diputación local, primer peldaño en la tÃpica carrera del polÃtico mexicano- habla de para qué sirve el linaje en este paÃs.
El movimiento no puede leerse como la apuesta de un cuadro destacado del relevo generacional. Es una operación de rescate. La salida de Andy se produce en el momento más oportuno para él y el más revelador también: el experimento de mancuerna con Luisa MarÃa Alcalde en la dirigencia nacional mostró grietas desde muy temprano, producto de agendas incompatibles y diferencias en la operación polÃtica. A esto se sumó la creciente, y necesaria, intromisión de la presidenta en la conducción del partido, que impulsó una nueva lÃnea encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández para contener las fracturas de cara al 2027. Andy no se fue: lo relevaron.
Antes de retirarse, López Beltrán acumuló un desgaste importante. El escándalo de sus vacaciones en Japón -suntuosas, justificadas con descaro- fue solo el remate de una larga serie de cuestionamientos sobre sus vÃnculos con redes de corrupción y los de sus operadores cercanos. Junto con otras figuras del partido, erosionó sin pudor el discurso de austeridad que Morena simula defender. Claudia Sheinbaum se desgañita en las mañaneras exigiendo que sus compañeros vivan en la justa medianÃa juarista. Andy eligió el Hotel Okura. Ante la inminencia de un segundo fracaso electoral consecutivo -después de Durango y Veracruz-, prefirió bajarse antes de que el agua le llegara al cuello. No es que haya renunciado a sus credenciales de operador eficaz: es que no las tiene.
Su regreso a Tabasco tiene una buena dosis de cinismo. Eligió un distrito que comprende municipios como Centro, Jalapa, Tacotalpa y Teapa, no por audacia ni convicción, sino como se elige un refugio. Que haya optado precisamente por la región que mejor ilustra el deterioro del obradorismo es una contradicción que a él no parece molestarle. Tabasco es uno de los últimos lugares del paÃs donde el movimiento de su padre todavÃa funciona casi como religión: la devoción sobrevive a las cifras, a la violencia, a la corrupción. El heredero vuelve a su tierra a construirse un perÃmetro de seguridad, no a legislar ni a detener la descomposición del estado. Espera que la fe local le sirva como parapeto contra las investigaciones, el fuego amigo y las crÃticas que se van a multiplicar.
Su renuncia a la dirigencia nacional, aceptada con previsible cortesÃa por Ariadna Montiel, expone el final de una ambigüedad que ya era insostenible. Al hijo del expresidente ya no le basta el peso del apellido. Necesita el fuero y la legitimidad jurÃdica que otorga una curul para no quedar tan expuesto. En Tabasco, con ese apellido, ganar no es lo difÃcil. El problema es lo que viene después. Su candidatura no es un proyecto de futuro; es un salvavidas. López Beltrán debuta en las urnas como el último guardia de un régimen en retirada, atrincherado en el único refugio que le queda. Que sea Tabasco el que lo cobije.
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