El Partido Verde lleva décadas sin ganar una elección como se debe, pero sin perder una sola negociación, se llevó varias sin arriesgar el físico. |
El cierre del proceso de selección de Morena para las diecisiete gubernaturas en disputa confirma que la democracia interna en la Cuarta Transformación sigue siendo ese ejercicio de fe donde los dados están cargados, pero todos fingen sorpresa al ver caer el seis. El partido oficial repartió sus candidaturas entre cartas caídas, sorpresas de última hora y herencias frustradas. Ahí está Tlaxcala, donde Ana Lilia Rivera le arrebató el sueño dinástico a la actual gobernadora; a Nuevo León, con el regreso de Clara Luz Flores, que desafía a la memoria colectiva tras aquel tropiezo con la secta NXIVM; y a Chihuahua, donde Cruz Pérez Cuéllar dejó viendo un cerro de tierra a Andrea Chávez, quien llevaba dos años de campaña permanente corriendo una maratón que al final perdió en los últimos metros.
Para Morena, el trámite electoral de 2027 parece resuelto con una anticipación pasmosa, como si las urnas fueran un mero trámite para ratificar lo que ya terminó de cocinar ayer. Sin embargo, el verdadero ganador no necesitó subir sudoroso al templete del World Trade Center ni desgastarse en mítines eternos. El Partido Verde, ese viejo conocido de la supervivencia legislativa que lleva décadas sin ganar una elección como se debe pero sin perder una sola negociación, se llevó varias sin arriesgar el físico.
Mientras los estatutos de Morena prohibían el nepotismo y prometían pureza ideológica, el Verde negoció con maestría que el veto familiar se aplazara hasta 2030, se subió gratis a la coalición en dieciséis entidades y rompió la alianza en San Luis Potosí para postular a Ruth González, la esposa del gobernador Ricardo Gallardo. El candado era de Morena, pero la llave la tenía el Verde, que dejó a Elí Cervantes con la misión de competir directamente contra la casa y contra la realidad.
El cinismo político alcanzó su mejor momento cuando Karen Castrejón, la dirigente nacional del Verde, se dio el lujo de postularse para la interna morenista por Guerrero al mismo tiempo que su partido competía en suelo potosino; jugar simultáneamente en la ventanilla del socio y en la propia es un truco que ni al viejo PRI se le ocurrió en sus mejores épocas.
Al PT no le quedó más remedio que limitarse a hacer el berrinche reglamentario por los espacios perdidos en Quintana Roo, Zacatecas y Guerrero, pero después resonaron la plegarias de Alberto Anaya, su líder, que juró amor eterno a la presidenta en el Zócalo, y recordó que los aliados no son iguales: unos lloran por migajas y otros cobran con territorio y presupuestos.
Ante el inevitable coro de inconformes y heridos por las encuestas opacas que nadie vio pero todos sufrieron, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salir a la mañanera a calificar de "natural" el descontento y asumir el ingrato rol de administradora de los damnificados de su propio partido, un papel arbitral que antaño recaía en Palacio Nacional y que hoy demuestra que gobernar también es lidiar con los apetitos de las tribus.
Morena podrá presumir la pureza mística de sus encuestas y la transparencia de un proceso cuyas cifras reales descansan en el misterio, pero la realidad es terca y el sistema opera bajo sus propias reglas. El Partido Verde ha demostrado una vez más que no importa quién gobierne, quién gane o qué leyes se aprueben, siempre en el papel, porque al final del día su ventanilla de cobro siempre está abierta. Los candados se diseñan para abrirse con la llave correcta y el gran ganador de la feria verde será, el socio más pragmático de la República.
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.