Opinión
El arquitecto ideológico de la continuidad
Por María Scherer
Jesús Ramírez Cuevas, ex vocero de López Obrador, busca unir o disciplinar a la 4T en torno al proyecto original.

La presidenta Claudia Sheinbaum y Jesús Ramírez Cuevas tienen un vínculo próximo. 

El vocero presidencial y coordinador de comunicación social durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador colaboró de manera estrecha con Sheinbaum cuando era jefa de gobierno de la CDMX. Tras su triunfo electoral en 2024, la presidenta lo incorporó a su equipo de transición e incluso lo nombró coordinador de asesores de la Presidencia, un puesto sin fuero, pero con influencia en decisiones cotidianas. 

Este nombramiento fue calificado como una herencia de López Obrador, pero no puede dejar de considerarse una señal de confianza. Ramírez Cuevas sigue coordinando las mañaneras y algunas estrategias de comunicación.

En el entorno presidencial, se le ha calificado como un activo tóxico por sus continuos choques con medios y empresarios. Ha trascendido que su influencia podría generar fuego amigo interno en Morena. Pero no cabe duda de que Ramírez es más que una herencia: como opina Salvador Camarena, Sheinbaum se ha corrido hacia un rol "más partidario, confrontativo e intransigente". 

Jesús Ramírez Cuevas junto a AMLO

Bajo el liderazgo de la presidenta, la figura de Jesús Ramírez Cuevas ha mutado. Ya no opera de forma primordial como el vocero del Ejecutivo, sino como el estratega discursivo y el guarda de la continuidad ideológica.  Sus apariciones y declaraciones públicas en el último año no son accidentales; son un mensaje político claro que, parece, busca blindar el proyecto histórico ante la modificación del funcionamiento del gobierno para convencernos de que es más justo y más cercano a la gente.

En sus recientes declaraciones sobre la reforma electoral, Ramírez Cuevas quiere posicionarse como el narrador del sentido de la transformación. El eje central de su discurso es la defensa hermética de la 4T como un proyecto democrático, popular y hasta ético. Ramírez insiste en la continuidad entre López Obrador y Sheinbaum, y enmarca todas las reformas que ambos impulsaron -la última fue la judicial, pero está pendiente precisamente la electoral- no como asuntos de coyuntura, sino como correcciones urgentes a décadas de "simulación democrática".

Ramírez Cuevas también acusa a la oposición de construir escenarios de crisis inexistentes, utilizando tragedias o necesidades sociales como la escasez de medicamentos con fines oscuros e interesados. Su estrategia es simple: neutralizar el discurso opositor sin entrar al detalle técnico, que desprecia, o ignora.

Su misión, en este nuevo sexenio, es asegurarse el espacio de guardián de la identidad del obradorismo, pero sin confrontar directamente a la nueva presidenta o a sus operadores 

En materia de seguridad, Ramírez Cuevas subraya la doctrina original de la 4T. Sostiene que "no se termina la violencia con más violencia" y que el Estado debe respetar los derechos, incluso de los delincuentes. Con esta visión, otra expresión de abrazos no balazos, busca dar coherencia al gobierno en un contexto de violencia persistente.

¿Cuál es el propósito de Ramírez con estas apariciones? En lo político, parece obvio que se quiere reposicionar después de un año en el nuevo equilibrio de poder. Además, quiere reivindicar su autoridad "intelectual" en entrevistas largas y convertirse en una especie de puente, aunque sea a nivel de discurso, entre el proyecto fundacional de AMLO y el gobierno de continuidad de Sheinbaum.

Si insiste en los "retos éticos internos del movimiento", es para dar señales hacia adentro de la 4T. Él delimita quiénes son los verdaderos guardianes de la transformación y quiénes se han movido hacia el pragmatismo, y lo hace para mantener influencia en las disputas internas. Tal parece que su misión, en este nuevo sexenio, es asegurarse ese espacio como el guardián de la identidad del obradorismo, convertirse en aquel que protege el proyecto ideológico en los momentos de mayor tensión, pero sin confrontar directamente a la nueva presidenta o a sus operadores. Y por lo visto, la presidenta no marca límites.


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