Opinión
La revolución no será televisada (por el 66)
Por Juan Pablo Guerra
En el caso Macalpin, la gimnasia olímpica fue la única ganadora, entre las maromas del canal, sus dueños, los compañeros periodistas, el propio Macalpin y el gobierno estatal. Rommel Pacheco, toma nota.

Si me subo al tren del caso Macalpin con una semana de separación, querido lector, no es por flojo, eso se lo prometo. Es más bien porque me pareció que en la necesidad de responder a la crisis, la mayoría de las respuestas (de los otros medios, del gobierno, del propio conductor) fueron deficientes, en el mejor de los casos.

Tratar de darle una lectura meramente política al caso Macalpin sería querer buscarle tres pies al gato. Aun si se pudiera entender de esa manera, el aspecto principal de la situación fue un patrón, en este caso el dueño de Canal 66, queriendo demostrar su poder ante sus empleados, despidiendo en el momento menos apropiado pero más visible a uno de sus trabajadores mejor ubicados por el mundo exterior.

Fue el desplante de un empresario a sus empleados, una presentación de "machismo" al más puro estilo del cine de oro mexicano, pero eso le pasó de noche a las sectas reaccionarias en redes sociales, que rápidamente se subieron a una de dos narrativas: la felicidad de que hubieran dejado sin trabajo a un "odiador de AMLO" como lo plantearon algunos debido a las críticas del comunicador a la administración pasada. La otra fue que el personaje televisivo fue despedido por burlarse de Carlos Torres Torres, esposo de la gobernadora Marina del Pilar y que se trataba de la primera salva en una guerra secreta en contra de la libertad de expresión, todo en el marco de la presidencia de Claudia SheInbaum.

Claro está que Cabada no pudo prever que su acción tendría el efecto que tuvo. Quizás, si este hecho hubiera ocurrido hace un año o dentro de un año, habría pasado desapercibido más que en cierto sector de Baja California, algunos TikToks se habrían vuelto virales y habría tenido algún segmento en uno de los 700 podcast que dicen hablar de política o comedia.

Pero la combinación entre el despido en sí mismo, el momento en el que ocurrió (7 días después de la toma de protesta de Claudia Sheinbaum, cuando todos los medios y todos los comentócratas estaban a la espera de saber cuál será el primer escándalo de la administración) y el hecho de que criticar a Carlos Torres, se ha vuelto en el equivalente a los chistes de Pepito entre la grilla bajacaliforniana: terminó en una nota nacional (excepto para los medios de Mexicali, ahorita pasamos con ellos).

Macalpin

Es claro que el comunicador Macalpin tampoco pudo haber visualizado lo que pasaría después. El apoyo mediático y el repetido uso de su imagen en redes sociales para hacer un punto (desde todos lados del espectro político) fue un tanto sorpresivo, al grado que con cada nueva aparición, el discurso de Gustavo dejó de ser pacifista y se tornó cada vez más mediático, dejando entrever distanciamientos y posibles repercusiones legales en contra del 66.

Aunque quizás, si nos vamos por lo que ha dicho el propio Macalpin y la serie "The newsroom" en realidad es de sus favoritas, él vea este como su incidente incitador, su Northwestern (vean la serie, no me encanta la manera en la que presenta temas periodísticos, pero como rom-com no está mal), y parece ser que sí, pues él mismo ha anunciado que ya está en pláticas en varios lados para conseguir nueva chamba.

Solo el tiempo dirá si sabe capitalizar este momento para volverse una voz razonable o simplemente volverse en un comentócrata más en el bolsillo de otro personaje empapado de malas prácticas, pues por sus recientes fotos y publicaciones, parece ir camino a los brazos de Salinas Pliego. Gather ye Rosebuds, Gustavo.

La gobernadora

Por el otro lado, la respuesta del gobierno estatal no podía ser la apropiada para todos, respondieran lo que respondieran.

La gobernadora mandó primero un mensaje escrito en redes sociales y después un video en el que se deslindó de la situación y ofrecía su simpatía a quien ella misma declaró como un amigo de su familia.

Los dos mensajes recibieron reacciones parecidas del público. Entre quienes no creyeron en la sinceridad de la mandataria estatal y quienes consideraron que su insistencia en deslindarse del despido solo mostraba que algo tenía que ver con lo ocurrido. No había forma de resolver la situación de manera en que todos estuvieran felices con la respuesta oficial.

La gobernadora debe ser cuidadosa de ahora en adelante. Es claro que el inicio de la presidencia de Claudia Sheinbaum ha traído una serie de complicaciones en el panorama político del estado, pues las últimas tres semanas han sido quizás las más convulsas de su administración (sin contar el viernes negro), pues entre las críticas a su trabajo y la repentina aparición de no uno, sino cinco aspirantes a la gubernatura para 2027, esta clase de crisis mediáticas pueden volverse en una situación recurrente en el panorama de los próximos tres años si no se toman cartas en el asunto.

Los compañeros

Quienes deben recibir un oro por sus volteretas ante este acontecimiento son los compañeros periodistas de Baja California y, en aras de transparencia, me incluyo en la maroma.

Fueron pocos los compañeros del gremio que salieron a siquiera mencionar el tema en sus medios de comunicación y no hubo ninguno que en las primeras horas después del acontecimiento le entrara al quite en favor de Macalpin, ni siquiera los miembros de los grupos de defensa de periodistas y libertad de expresión se pronunciaron al respecto.

Usted, querido lector, así como los compañeros, podrán decir que es porque Gustavo Macalpin no es un periodista y este punto es correcto. El propio Macalpin ha desmentido esa noción en un par de ocasiones, acomodándose con una imagen que se acerca más a un Chumel Torres que a un Julio Scherer.

Pero lo que es innegable es que Macalpin es un comunicador político, que fue retirado del aire por el dueño de la empresa para la que laboraba y que la mayoría de los grupos, redes y organizaciones de periodistas de la región se mantuvieron en perfecto silencio.

Días después varios salieron con columnas justificando su silencio. Que si Macalpin es misógino, feo, un vendido, etcétera, etcétera. Sus justificaciones por no salir al quite son inadecuadas y más bien dejan entrever que muchos tienen bastantes agallas cuando se trata de brincar en cuanto un funcionario público nos habla feo, pero si se trata de un empresario que verdaderamente ejerce fuerza en contra de la libertad de expresión de alguien, se apachurran.

Quizás si Macalpin les cayera mejor, si fueran más conscientes de la aparente superioridad moral que cargan y si por casualidad se sintieran más afines a la problemática del presentador, habrían hecho algo, pero prefirieron esconderse bajo acusaciones que bien podrían funcionar para criticar a Macalpin, mas no justifican su inacción.

Si alguno hubiera salido ese mismo día con un mensaje tan simple como "no me gusta su estilo, no estoy de acuerdo en cómo maneja ciertos temas, pero lo que pasó fue un acto lamentable" mínimo habrían podido salvar rostro.

A mis estimados compañeros del gremio les recuerdo aquel poderoso refrán que mi padre amaba enunciar en tiempos de injusticia: "O todos coludos, o todos rabones".

Anotaciones finales

El caso Macalpin es sin duda una muestra de lo complicada que está la cosa en Baja California y deja en claro que el panorama político del estado se prepara para tres años tanto o más complicados como ahora. La activa división de Morena, la desilusión que carga la oposición y la espíritu meramente tribal de los medios de comunicación son aves de mal agüero.

La revolución no será televisada por el 66, y tampoco será transmitida por varios compañeros si no les caen bien los revolucionarios, quizás es hora de replantear muchas cosas, en especial el papel que jugamos todos en las benditas, y a veces malditas, redes sociales.


IG: juanpabloguerrac


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