Editorial
Estampas de la decadencia
Por Juan Ignacio Zavala
Pablo Gómez quiere destruir al INE. Noroña disfruta de los lujos. Layda persigue periodistas y opositores.Y el 2026 recién arrancó.

El año que inicia pinta para ser lleno de sacudidas de todo tipo. Todos lo son, pero este empezó con tal furor que todavía no sabemos que le deparará al mundo con el operativo Venezuela y sus consecuencias. Por lo pronto ya todos tenemos Groenlandia en la punta de la boca sin que en décadas nos ocupáramos de saber en dónde esta ese lugar en el globo terráqueo y un dictador latinoamericano se encuentra en una cárcel estadounidense, sin que lo hubiera detenido la policía. Un grupo de militares se encargó de esa operación sorprendente por su eficacia, su tecnología, su exactitud y su pulcritud. Una noticia que seguramente durará todo el año.

En el ámbito nacional las cosas tampoco están tranquilas. La clase gubernamental, léase Morena, no dejan en paz al respetable público con sus ocurrencias y dislates. Al problema que ha representado para la presidenta mantener la templanza frente los embates de Trump en el hemisferio, hay que sumarle que entre los compañeros de partido de la presidenta cada quien aporta su granito de arena para el escándalo y para ir configurando una suerte de decadencia anticipada de una clase política que llegó tarde al poder y solamente lo usa para cuestiones personales: desde revanchas hasta intentos por levantar una autoestima seriamente deteriorada.

Está el caso de Pablo Gómez, un personaje que ha resultado repugnante para sus propios compañeros en el movimiento. En sus delirios de grandeza -lo que jamás alcanzará pues siempre ha sido un personaje de tercer nivel- cree que puede mandar a todos, que él ganó las elecciones presidenciales y que sabe más que todos sus compañeros. Prepotente y majadero ya puso en situación comprometida la reforma electoral de Sheinbaum al anunciar el deseo de anular la autonomía del INE y amenazar con que harán uso de sus mayorías. Gómez el que despreciaba a López Obrador y terminó de su empleado; Gómez el que estaba a unos metros de Peña Nieto aplaudiendo el Pacto por México; Gómez el plurinominal que hoy quiere desparecer esa figura; Gómez el hombre que se creyó líder y nunca lo fue.

Otra estampa de la decadencia morenista es la que ofreció el triste personaje que es Fernández Noroña. No cabe duda de que quien nace para payaso no puede salir del circo. Noroña llegó a sentir que sería un político trascendente, un hombre que daría a la política un nuevo aire, que estaba llamado a ser un modelo de parlamentario, un político con luz propia...pero se quedó en el intento. Noroña es un político más cuyo sueño era ser un poco famoso, un tanto polémico, alguien que llamara la atención para bien o para mal. Pero en el fondo su anhelo más grande era ser rico. Entrar a restaurantes de lujo, a salas VIP, viajar en Business, pasearse por Europa y finalmente develar un cuadro con su retrato. En realidad, salía barato. Si Peña Nieto hubiera sabido que eso costaba lo hubiera comprado sin problema alguno. Se sabe: en política lo que cuesta dinero es barato.

Y por supuesto está la inefable Layda Sansores, gobernadora de Campeche, persiguiendo periodistas y opositores, organizando la censura previa en los medios, encarcelando críticos y sembrando dosis de mariguana a sus adversarios como el que fuera rector de la universidad estatal. Los desplantes de esta señora están lejos de ser una expresión de folclor y son más bien una muestra de cacicazgo bananero que ha empezado a ser norma general en los gobiernos locales morenistas.

Así, la decadencia de la cuarta transformación se nos entrega en estampas por anticipado en el primer mes de 2026. Y lo que falta. 

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