Opinión
Claudia la cubana
Por Juan Ignacio Zavala
La presidenta mexicana dejó de ser presidenta y se disfrazó de Claudia la cubana para darle duro a la consiga antiestadounidense. Un discurso que hubiera emocionado a Fidel Castro.

En un arranque de juventud tardía, la presidenta Sheinbaum dio rienda suelta a su alma militante, a sus recuerdos de manifestaciones callejeras, de banderas, gritos y consignas. Qué bonito ha de haber sentido al gritar en la plaza nuevamente lemas contra los estadounidenses como cuando lo hacía en contra del TLC. Qué linda la plaza echando porras mientras la señora se desgañitaba gritando "México no es piñata de nadie" y claro, el pueblo bueno gritando "noooo no somos piñata de nadieeeeee". Ya entrada en ambiente, más en papel de agitadora que de presidenta continuó con las arengas: "Y México, que se oiga claro y que se oiga fuerte ¡no acepta injerencias! ¡somos un país libre, independiente y soberanooooooo!".

Como si estuviera en el auditorio Ché Guevara de Ciudad Universitaria o en el teatro Carlos Marx de La Habana, la presidenta mexicana se dejó llevar por el gusto de ser antiyanqui, de gritarle algo a los imperialistas que la deben desde hace tanto años. Por eso dejó de ser presidenta y se disfrazó de Claudia la cubana para darle duro a la consiga antiestadounidense. Le faltó nada más la de "Yankis go home" y la de "No pasarán". Habló de no subordinarse y de que no se confunda "colaboración con sometimiento" y el respeto a la autodeterminación de los pueblos. Un discurso que hubiera emocionado a Fidel Castro. Porque por supuesto había que hablar de los agentes entreguistas, esos malos mexicanos dispuestos a venderse por unos billetes y traicionar a la nación que los vio nacer. Esos gusanos de la derecha mexicana personificados en "Políticos y comentaristas que viajan al extranjero para hablar mal de México; que, desde aquí, solicitan intervención externa; que abren la puertas a agencias extranjeras con tal de recuperar los privilegios que perdieron cuando el pueblo decidió cambiar el rumbo de la nación". "Ese ha sido siempre, a lo largo de la historia, el papel de los conservadores mexicanos". Y tiene razón: los conservadores mexicanos en realidad son conservadores, pero no mexicanos. Y ya en un desplante revolucionario sacó la típica de "la patria no se vende "pero le agregó: ¡La patria se ama y se defiende!". Conmovedor. Nada más le faltó cerrar con "Comunismo sí, cristianismo no" pero prefirió echar vivas "a la dignidad del pueblo de México".

No dejó de sorprender esa faceta militante y entusiasta de la presidenta. Armar todo un evento para increpar a los norteamericanos puede ser una táctica arriesgada. El embajador estadounidense contestó que lo mejor para enfrentar al crimen era no politizar el asunto, en un tono mesurado pero serio. Al parecer la presidenta se dio cuenta de que se pasó de lanza con los vecinos y lo primero que dijo al día siguiente fue no pensaba que Trump encabezara los esfuerzos de la derecha americana contra México. Cosa muy rara pues todos hemos visto que quien encabeza los esfuerzos es precisamente Donald Trump. Uno de sus ejes discursivos ha sido la invasión de los carteles del narcotráfico en la vida política mexicana. Se entiende que la presidenta tuvo que corregir en palacio lo que dijo en la plaza. Y es que no parece ser la mejor época para ponerse de militante revolucionaria como Claudia la cubana. 

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