La historia pasa por las manos de los presidentes y moldearla es el reto que adquieren. Primero, Sheinbaum destruyó al Poder Judicial y, ahora, busca cambiar el nombre del paso entre los volcanes Popocatépetl e IztaccÃhuatl. |
La tentación de cambiar la historia siempre se hace presente en quienes tienen la presidencia. Consideran que a partir de su llegada al poder todo es diferente y la nación atravesará por grandes momentos de alegrÃa cercana a la gloria gracias a su sabias e innovadoras decisiones. La historia pasa por sus manos y moldearla es el reto que adquieren: hacer una época dorada de los años de su gobierno. Como bien sabemos, eso casi nunca se logra. Todo se les va en planear y arengar para después justificar la imposibilidad de tal o cual cosa o por qué no funcionó esto o aquello.
En el caso de López Obrador y Sheinbaum no solamente está la tentación natural de quien ejerce el cargo. Tanto él como ella han querido demostrar que a partir de su arribo el paÃs es diferente y que todo lo anterior o estaba mal, no funcionaba o simbolizaba abuso y corrupción. Como punto de partida, el proyecto ha consistido en destruir lo inmediato anterior. Lo han conseguido casi en su totalidad. Si López Obrador empezó por cancelar una obra multimillonaria como era el aeropuerto en la CDMX, y logró hacer del gobierno un monumento a la ineptitud, Sheinbaum no se quedó atrás y destruyó el Poder Judicial para dejar en claro que con ella cambió la justicia. Por supuesto lo logrado en esos proyectos están muy lejos de lo planeado. El Poder Judicial está en sus peores momentos, la Suprema Corte es un circo decadente, el aeropuerto capitalino es un desastre y las obras que hicieron se inundan, se incendian o simplemente no sirven. Eso es lo que está quedando en la historia.
Sin embargo, para la presidenta es poca cosa lo hecho en estos dos años de mandato y no basta con poner su parte de lo que ella cree que la historia hablará de ella. Hay que reescribir la historia de la nación. Hay que derrumbar las estatuas de los españoles, las calles de los hombres que participaron en la conquista y resultaron vencedores. Hay que renombrar las avenidas y los parajes que tienen el nombre que recuerde de alguna u otra manera la pavorosa guerra que hubo hace cientos de años en este noble territorio que es México. Es más, ni se llamaba México.
El Paso de Cortés, una ruta entre los simbólicos volcanes Popocatépetl e IztaccÃhuatl que se llama asà a saber desde hace cuento tiempo, cambiará su nombre por el de Paso de los pueblos indÃgenas porque como la presidenta dijo "por aquà pasaron los pueblos indÃgenas mucho antes que él". Caray, de seguir con ese razonamiento podrÃa ser el Paso de Adán y Eva.
No deja de sorprender esta reescritura de la historia nacional. No sabemos hasta donde lo piensa llevar la señora que tiene apellido extranjero y que sus ancestros ni siquiera nacieron aquà y proceden de lugares por donde nunca pasaron los pueblos indÃgenas como son Lituania y Bulgaria. A la mejor piensa usar penacho o pedir que le digan claudiotzin o algo asà que le dé un toque autóctono: Claudia Ilhuicamina Sheinbaum. Hay en esta enfebrecida postura histórica por parte de la presidenta algo de delirio incomprensible en términos de saber qué es lo que pretende con eso: si dar clases de historia, forjar un nuevo espÃritu nacional, o inflamar el amor patrio como una de las formas de ver la historia patria. Se entiende la batalla contra los neoliberales, pero la que trae con la historia más bien muestra un desfase narcisista de sentir que con ella llegó una nueva visión de la historia mexicana y que la gente va a decir con orgullo: "Vamos a pasear a el Paso de los pueblos indÃgenas".
En fin, todo esto en un paÃs en el que una señora de nombre Claudia le ganó las elecciones abrumadoramente a otra señora que se llama Xóchitl.
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