Opinión
Activistas de cristal
Por Juan Ignacio Zavala
Seis mexicanos sintiéndose relevantes en la vida internacional querían entrar con otra bola de idiotas de diversos países -la estupidez es universal- a una zona de guerra sin que nada les pasara y les rindieran homenaje.

Ya nada es como antes. No es queja, simple observación. Algo que ya no es como antes, son los activistas. Antes eran mujeres y hombres entregados a una causa en la que ponían en riesgo su vida. Hacían de su causa una aventura, una película de acción. Es el caso del malogrado y famosísimo Che Guevara que precisamente en estos días cumplió años de muerto. ¿Cómo murió ese activista? Fusilado por sus enemigos en Bolivia. No en balde es un héroe transgeneracional. No solamente arriesgó la vida, sino que la perdió al ir tras sus causas. El Che sigue siendo el ícono del activismo que cruza fronteras. Desde entonces la cárcel, los golpes, las detenciones arbitrarias, las canciones de protesta, los encontronazos con la policía, las técnicas de resistencia, todo eso formaba parte de la vida del activistas.

Claro, ya no son los tiempos de El Che. Son tiempos más light en ese sentido. Los tiempos mandan. Pero no deja de llamar la atención que ahora la rebeldía internacional que personificaba el argentino de la boina degenerara en una actividad personificada por miedosos incapaces de asumir las consecuencias de sus actos. Para muestra está el patético tema de los mexicanos que participaron en la llamada Flotilla Sumud que querían intervenir en la guerra Israel-Palestina.

Es un asunto muy penoso. Seis mexicanos sintiéndose relevantes en la vida internacional querían entrar con otra bola de idiotas de diversos países -la estupidez es universal- a una zona de guerra sin que nada les pasara y les rindieran homenaje. Parece que la travesía en el yate que iban tenía mucho ambiente: canciones pacíficas, consignas baratas y seguramente mucha risa y desmadrito. Hasta que se apareció el ejército israelí y con toda razón los empacó, y los detuvieron para que regresaran a sus casas y dejaron de fantasear. A los frívolos les pareció algo terrible ¿ahora qué harían? Ellos iban a acabar con la matazón y a convencer al mundo de que los de Israel son malos y los palestinos buenos. Gran reto, sin lugar a dudas.

Es evidente que estamos ante unos mexicanos quizá de buena fe pero verdaderamente inútiles, unos buenos para nada que tuvieron que solicitar que el gobierno mexicano los trajera de regreso. Resulta increíble que estos aventureros de plastilina se sientan con derecho a que el estado mexicano tenga que rescatarlos de su propia estupidez. Acudieron en su ayuda los embajadores mexicanos en Israel y Jordania. Cumplieron con su misión de ayudar al grupo de atarantados y tuvieron que ponerlos en un avión de regreso de su fallido periplo. Como si el país estuviera para gastar en sujetos que rebozan superficialidad y no guardar ese dinero para algunos de los millones de paisanos que sufren en Estados Unidos acoso y persecución.

En el colmo de la superficialidad acudió a recibir al grupo de cretinos el frivolazo del momento: Juan Ramón de la Fuente, el canciller siempre listo para desplazarse en un escenario y salir en alguna foto. Los recibió como si se tratara de héroes. Un evento penosísimo que recuerda como este gobierno es sensible no a las causas nobles sino a las oportunidades mediáticas.

Al final queda en claro que el activismo ya no es como antes, que los activistas de hoy son frágiles, de cristal, que sus causas son blandengues porque no les da para soportar las consecuencias de enarbolarlas y que el Che ya nada más es una camiseta.


@juanizavala

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