¿Qué es un indicio? ¿Un reporte bancario? ¿Un movimiento atÃpico? ¿Un depósito inesperado? ¿Una denuncia sin sustento? Todo cabe. Y cuando todo cabe, el poder decide. |
No es una metáfora exagerada ni un arrebato retórico. Es exactamente lo que acaba de validar la Suprema Corte, un mecanismo para dejarte sin dinero, sin defensa inmediata y sin margen de maniobra mientras el gobierno decide si eres culpable o no de lavar dinero, AsÃ, sin juez, sin sentencia y con base en algo tan elástico como "indicios suficientes".
El fallo del 6 de abril sobre el congelamiento de cuentas bancarias no inventa nada nuevo, pero sà termina de quitarle el último freno real a una herramienta peligrosÃsima. La Unidad de Inteligencia Financiera ya podÃa bloquear cuentas, pero existÃa un contrapeso que funcionaba en la práctica, el amparo. Te bloqueaban y un juez podÃa devolverte el acceso rápidamente mientras se resolvÃa el fondo. Hoy eso se acabó. La Corte decidió blindar el mecanismo y convertir la defensa en un trámite lento, incierto y, en muchos casos, inútil.
Antes, la Corte consideraba inconstitucional congelar cuentas sin orden judicial cuando no habÃa un componente internacional, porque afectaba derechos como la propiedad, el debido proceso y la presunción de inocencia. Por eso los jueces concedÃan amparos, suspendÃan y desbloqueaban rápido. Lo que cambió ahora es el criterio. La Corte decidió que el congelamiento no es una sanción, sino una "medida preventiva". Con ese simple cambio de etiqueta, justificaron que no se necesite juez. El problema es que en la realidad sà castiga desde el primer momento, pero ahora con respaldo constitucional.
Toda cuenta bancaria es susceptible de ser congelada si, a criterio de la UIF, existen "indicios suficientes" de lavado de dinero. Ese nivel de ambigüedad es una puerta abierta a la discrecionalidad. ¿Qué es un indicio? ¿Un reporte bancario? ¿Un movimiento atÃpico? ¿Un depósito inesperado? ¿Una denuncia sin sustento? Todo cabe. Y cuando todo cabe, el poder decide.
Ahà es donde el riesgo deja de ser teórico y se vuelve brutalmente concreto. Basta un señalamiento sin pruebas para que te congelen las cuentas y tengas que demostrar que no hiciste nada. Basta que recibas un depósito inusual, incluso sin haberlo solicitado, para que te bloqueen y tengas que explicar un dinero que ni siquiera generaste. Basta un error del sistema o de un funcionario para que te dejen fuera del sistema financiero mientras intentas arreglar lo que ellos rompieron.
El procedimiento es grotesco en su lógica. Primero te congelan. Después te enteras. Luego tienes unos dÃas para defenderte ante Hacienda y la UIF, la misma autoridad que ya decidió bloquearte. Puedes recurrir a un juez, pero a uno que responde al mismo gobierno que te bloqueó la cuenta, porque ese mismo gobierno lo colocó en el cargo tras la elección del Poder Judicial. Es decir, el que te acusa también termina decidiendo tu destino.
Mientras tanto, no puedes pagar renta, médico, servicios, nada. Tu vida financiera queda paralizada. Si quieres recuperar tu dinero, tendrás que litigar semanas o meses, tal vez años. Y sin garantÃa de nada.
Eso tiene nombre y no es justicia. Se está invirtiendo la carga de la prueba. El Estado sospecha y tú tienes que demostrar que eres inocente. Se acabó la presunción de inocencia. Aquà primero te castigan y luego, si te va bien, te dejan defenderte.
Claudia Sheinbaum dice que no hay nada que temer si actúas conforme a la ley. La frase suena bonita, pero es profundamente ingenua o cÃnica. En un paÃs donde el gobierno usa el aparato de poder para perseguir adversarios, donde la justicia se dobla según la conveniencia polÃtica y donde la corrupción alcanza niveles nunca antes vistos, darle a la autoridad la capacidad de asfixiar financieramente a cualquiera es, simple y llanamente, una invitación al abuso.
Porque no nos hagamos, esto no es solo contra el crimen organizado, es contra cualquiera que incomode. Un empresario que no se alinea, un opositor que levanta la voz, un periodista que investiga o un ciudadano vÃctima de la arbitrariedad. Basta activar el mecanismo y listo, te quedas sin dinero, sin operación, sin capacidad de reacción. Asfixia inmediata.
Y el incentivo perverso es evidente. Si un burócrata puede congelarte la cuenta con un concepto ambiguo, también puede "ayudarte" a destrabarla. Corrupción institucionalizada. Extorsión con respaldo legal. Un arma perfecta en un sistema donde el poder rara vez se ejerce con lÃmites.
López Obrador pasó años repitiendo el sonsonete de la honestidad valiente y presumiendo que en su movimiento no eran iguales. Hoy su legado es un aparato que concentra facultades, elimina contrapesos y normaliza el abuso bajo el discurso de combatir la corrupción. Y ahora Sheinbaum no solo lo hereda, lo profundiza.
Lo más grave es que muchos celebran esto. Aplauden porque creen que solo le pasará a "los malos". Ese es el error de siempre. Las herramientas sin control no distinguen. Hoy es contra el lavado, pero mañana puede ser contra cualquiera. Y cuando te toque, no habrá juez que te rescate rápido, no habrá dinero para defenderte, no habrá margen para reaccionar.
Estamos frente a un rediseño del equilibrio entre el ciudadano y el poder. Es quitarle protección al individuo y entregarle al Estado la capacidad de intervenir directamente en su vida sin control previo. Es, en pocas palabras, cambiar las reglas del juego en favor del gobierno.
Es congelar para someter, ese es el verdadero fondo de esta resolución. Porque cuando el Estado puede dejarte sin un peso con base en sospechas, ya no está combatiendo el crimen, está construyendo una herramienta de control. Y eso, en cualquier democracia que se respete, serÃa considerado un gravÃsimo retroceso autoritario.
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