Opinión
Se venden niños por Amazon
Por Jorge Luis Preciado
Vientres subrogados y el límite que el derecho no puede cruzar.

La decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de establecer que los contratos de gestación subrogada deben ser revisados y validados por jueces no es un simple ajuste procedimental. Es, en realidad, un punto de inflexión ético, jurídico y civilizatorio frente a una práctica que, bajo el discurso de la libertad contractual y el avance tecnológico, ha abierto la puerta a formas contemporáneas de explotación, cosificación y mercantilización del ser humano.

Desde el punto de vista estrictamente jurídico, la Corte parte de un principio elemental del constitucionalismo moderno: no todo lo que se pacta entre adultos es automáticamente legítimo, menos aún cuando el objeto del contrato involucra derechos indisponibles, como la dignidad humana, la integridad corporal y, de manera central, los derechos de niñas y niños. La subrogación no es un contrato cualquiera; involucra a una tercera persona que no puede consentir: el menor por nacer. Por ello, la intervención judicial no es una intromisión indebida del Estado, sino una obligación constitucional de protección reforzada.

El derecho civil clásico se construyó sobre una premisa que parecía incuestionable: las personas no son objetos de comercio. Sin embargo, la gestación subrogada -sobre todo en su modalidad comercial- tensiona ese principio hasta un punto peligroso. Aunque formalmente se hable de "prestación de servicios reproductivos", lo que realmente está en juego es la gestación, el nacimiento y la entrega de un ser humano, mediados por incentivos económicos que distorsionan radicalmente la supuesta libertad de las partes.

Desde la perspectiva de la mujer gestante, el debate suele simplificarse con la consigna de la autonomía corporal: "mi cuerpo, mi decisión". Pero ese argumento, aislado de la realidad social, es incompleto. En la práctica, la mayoría de las mujeres que subrogan su vientre lo hacen en contextos de vulnerabilidad económica, con información médica limitada, asesoría legal deficiente y bajo presión emocional. La libertad contractual, en estos casos, es muchas veces una ficción jurídica sostenida sobre la desigualdad estructural.

Los riesgos físicos son conocidos: embarazos de alto riesgo, tratamientos hormonales invasivos, cesáreas innecesarias, afectaciones permanentes a la salud reproductiva. Los riesgos psicológicos son aún más invisibilizados: vínculos afectivos forzados a romperse, duelos no reconocidos, ansiedad, depresión postparto. La lógica contractual exige que la mujer "entregue" al bebé como si se tratara de un bien, negando una dimensión humana que ningún documento legal puede suprimir.

Sin embargo, el núcleo del problema -y la razón más poderosa para la intervención judicial- está en los derechos del menor. El niño nacido mediante subrogación no es el "resultado" de un contrato: es un sujeto pleno de derechos. Sin controles estrictos, estos esquemas pueden derivar en escenarios graves: abandono si el niño nace con una discapacidad, disputas de filiación, apatridia, tráfico internacional de menores y prácticas que, sin eufemismos, se acercan peligrosamente a la venta de niños, prohibida de manera absoluta por el derecho internacional.

Aquí el debate deja de ser técnico y se vuelve profundamente moral y político. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando normalizamos que el origen de una persona esté ligado a una transacción económica? ¿En qué momento el legítimo deseo de ser madre o padre se transforma en una supuesta prerrogativa a obtener un hijo, incluso pagando por él? El deseo, por legítimo que sea, no crea derechos sobre el cuerpo ajeno ni sobre la vida de un menor.

Si el Estado renuncia a estos controles judiciales, el siguiente paso es evidente: la creación de mercados reproductivos digitales, donde vientres de mujeres pobres se oferten como catálogo y los niños se asignen como productos, con filtros de genética, nacionalidad o tiempo de entrega. Amazon no es una metáfora exagerada: es el símbolo de una lógica que, llevada al extremo, convertiría la gestación y el nacimiento en un proceso logístico global. Plataformas, intermediarios, tarifas y "garantías" para consumidores.

Ese escenario no es progreso. Es regresión moral. Más aún: es una forma sofisticada de deshumanización que supera incluso a la esclavitud clásica, porque ya no se limita a explotar la fuerza de trabajo, sino que mercantiliza el origen mismo de la vida humana bajo el lenguaje amable de la tecnología y la libre elección.

Desde una mirada académica y comparada, los países que han permitido la subrogación comercial sin controles estrictos han terminado enfrentando escándalos de explotación, "granjas de mujeres", intermediarios sin escrúpulos y circuitos internacionales de compraventa de bebés. No es casualidad que muchas democracias consolidadas hayan optado por prohibir o restringir severamente estas prácticas.

Por ello, la decisión de la Suprema Corte no debe leerse como un ataque a la libertad individual, sino como un acto de responsabilidad constitucional. El juez no sustituye la voluntad de las partes: verifica que esa voluntad no viole derechos fundamentales, que no se construya sobre la necesidad extrema y que el interés superior del menor no sea un eslogan vacío.

En el fondo, la pregunta no es si la tecnología lo permite ni si el mercado puede organizarlo. La pregunta es qué límites éticos está dispuesto a defender el derecho. La revisión judicial de los contratos de gestación subrogada es hoy una línea de contención mínima frente a una deriva peligrosa: la normalización de la venta encubierta de seres humanos.

Cuando el derecho interviene aquí, no lo hace por moralismo ni por conservadurismo. Lo hace para recordar algo elemental que la historia ya nos enseñó con suficiente dolor: no todo tiene precio, y la dignidad humana no se firma, no se entrega y no se envía en un contrato.

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