Opinión
Davos y México: la oportunidad que no admite improvisación
Por Jorge Luis Preciado
En Davos quedó claro que el nearshoring es una realidad en curso. Fondos de inversión y gobiernos ven a México como parte estructural de la solución frente a China.

El Foro Económico Mundial de Davos suele ser acusado de irrelevante o elitista. Sin embargo, su verdadero valor no está en los acuerdos que anuncia -pocos y generalmente ambiguos- sino en lo que revela: hacia dónde se mueve el poder, qué temas preocupan realmente a quienes toman decisiones y qué países están siendo observados con interés... o con cautela.

Davos 2026 confirmó algo que México no puede darse el lujo de ignorar: el orden económico internacional está dejando atrás la lógica del libre comercio abstracto para entrar en una etapa de seguridad económica, relocalización productiva y competencia tecnológica. En ese nuevo tablero, México no es un actor marginal. Es una pieza estratégica. Pero también vulnerable.

La discusión central ya no es ideológica. Estados Unidos y Europa discrepan sobre cómo organizar el multilateralismo, pero coinciden en algo esencial: las cadenas de suministro deben ser confiables, cercanas y políticamente alineadas. En ese contexto, México aparece como un socio natural de Estados Unidos, no por afinidad política, sino por interdependencia productiva.

Davos dejó claro que el nearshoring no es una narrativa optimista, sino una realidad en curso. Empresas, fondos de inversión y gobiernos ven a México como parte estructural de la solución frente a China. Pero esa percepción tiene fecha de caducidad si no se acompaña de decisiones internas claras.

El problema no es la falta de oportunidades, sino la incertidumbre. En Davos, México es observado con interés económico y con cautela política. La pregunta no es si el país puede atraer inversión, sino si puede sostenerla. Certidumbre jurídica, reglas claras en energía, infraestructura suficiente y una relación funcional con Estados Unidos no son demandas ideológicas, son condiciones básicas de competitividad.

La inteligencia artificial y la transición energética -dos de los ejes centrales del Foro- también colocan a México ante una disyuntiva. Puede integrarse a estas transformaciones como productor de valor, o quedar reducido a un eslabón barato en cadenas más sofisticadas. Davos fue explícito: sin inversión en talento, capacitación y regulación inteligente, la brecha tecnológica se ampliará.

En términos políticos, el mensaje es igualmente claro. En un mundo fragmentado, la política exterior no puede ser testimonial ni reactiva. México no necesita alineamientos automáticos, pero sí una estrategia. Neutralidad no es ausencia de postura; es capacidad de interlocución con objetivos definidos. Y hoy, esos objetivos deberían ser proteger la integración productiva con Norteamérica y maximizar su valor agregado.

Davos 2026 no ofreció recetas mágicas, pero sí una advertencia: la ventana de oportunidad para México existe, pero no será permanente. En la economía global que se está reconfigurando, los países que improvisan quedan fuera; los que deciden con claridad, permanecen.

México aún está a tiempo. Pero el margen se está estrechando.


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