Víctor Hugo Lobo Rodríguez fue expulsado del Congreso de la Ciudad de México, luego de que su "juanito" Gerardo González García regresó a reclamar lo que por ley le correspondía: su curul como diputado propietario.
No fue una salida decorosa ni negociada: fue un desalojo político provocado con un mensaje brutal: el apellido ya no impone, ya no asusta y ya no manda.
El verdadero golpe no fue para el joven, sino para el padre. Víctor Hugo Lobo Román, viejo cacique de Gustavo A. Madero, quien recibió una descalabrada que lo dejó tambaleando y prácticamente fuera del juego.
Con un grupo político reducido a su mínima expresión, sin curules, sin aliados sólidos y sin territorio, Lobo Román está prácticamente borrado de la vida política de la Ciudad de México. Para Morena, se volvió un estorbo: no suma votos, no controla estructuras y sólo arrastra el descrédito de prácticas que el partido intenta, al menos en el discurso, dejar atrás.
Perdió el poco control que aún conservaba en la alcaldía y quedó exhibido como un político en decadencia, aferrado a prácticas que Morena presume erradicar, pero que él sigue usando como si estuviéramos en los años del PRD más rancio.
En las elecciones pasadas, Lobo Román creyó que podía repetir la jugada de siempre. Escondió a su hijo en la lista de diputados plurinominales suplentes, apostando a que nadie se atrevería a romper el acuerdo. Un acto de nepotismo descarado, de esos que se hacen con la soberbia del que se siente intocable. Desde el primer día de la Tercera Legislatura, obligaron a Gerardo González García a dejar la curul apenas después de rendir protesta. Un "Juanito" al viejo estilo, con sello familiar y cinismo institucional.
Pero esta vez el plan se les reventó en la cara. González García no aceptó el papel de tapete ni de prestanombres. Se cansó del abuso, regresó y reclamó lo que le pertenecía por derecho. Con ese movimiento dejó fuera a Lobo Rodríguez y con él se vino abajo una de las últimas maniobras de supervivencia del clan Lobo en la Ciudad de México.
Una escena que en otros tiempos habría sido impensable, pero que hoy marca el ocaso de un estilo de hacer política basado en el abuso, la imposición y el "porque yo digo".
La expulsión del diputado suplente no es un simple trámite legislativo: es el derrumbe de una estructura basada en el control, la imposición y el parentesco. Durante años, Víctor Hugo Lobo convirtió la política en un asunto familiar, repartiendo cargos, posiciones y candidaturas como si fueran herencia. Hoy, esa maquinaria está oxidada, sin fuerza y sin operadores dispuestos a dar la cara por él.
El caso Lobo es una advertencia clara para quienes siguen creyendo que el poder se hereda y que las curules se prestan. Esta vez no hubo "juanito", no hubo imposición y no hubo pacto que aguantara. A los Lobos se les acabó la manada, el colmillo no alcanzó... y el apellido tampoco.
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