La victoria de Donald Trump en la compra de Warner. Se trata, por lo tanto, de saber quiénes somos en el proceso de la comunicación global. |
Febrero terminó con imágenes de misiles y explosiones en Oriente Medio. La Operación "Furia Épica", un ataque masivo y coordinado de Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, y su aliado Israel contra territorio iraní.
El régimen teocrático se defendió y lanzó ataques a bases estadounidenses en países de la región: Baréin, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, por decir algunos. Las imágenes dieron la vuelta al mundo; el odio mutuo se materializó en luces que surcaron los cielos.
Esa es la imagen que Trump quiso enviar al mundo: la furia del Tío Sam cayendo como un mazo contra el terrorismo, contra el islam, contra un régimen que le impide el control estratégico del Golfo Pérsico y de sus reservas petroleras. La historia del siglo XX tiene eco en millones de visualizaciones de reels que capturan la esencia de la guerra en segundos.
Justamente esa lucha -la de la narrativa visual, la de la imaginación de Occidente- también la ganó Trump y su ímpetu conservador unas horas antes, cuando se dio a conocer el acuerdo definitivo entre Paramount Skydance y Warner Bros. Discovery, dejando fuera de la jugada a un gigante del streaming como Netflix.
Si bien la victoria de Netflix, que parecía inminente hasta no hace tanto, representaba un golpe duro para las salas de cine y otorgaba al streaming el control de la narrativa para este segundo cuarto del siglo XXI, el triunfo de Paramount es el triunfo de sus dueños y de su mayor aliado, Donald Trump.
De más está decir que los Ellison, ya mencionados como los "Nuevos Reyes de Hollywood", no sólo se apropiarán de los legendarios estudios Warner o de los contenidos de HBO Max, sino que también tendrán el control de cadenas como CNN, que se había alzado como un espacio de resistencia ante el ascenso de la censura trumpista.
No hace mucho hablábamos de cómo David Ellison intentó bloquear, como nuevo propietario de CBS News, un reportaje sobre el maltrato que sufrieron ciudadanos venezolanos en una cárcel de El Salvador, nación que forma parte del ala derecha de la política continental. Tampoco es necesario ser un genio para intuir que aquello buscaba dar gusto al magnate de Nueva York, ni que ahora podría suceder lo mismo con CNN.
Pero volvamos al cine. Sentémonos en una sala llena para vivir la experiencia del séptimo arte en la era en que Trump se apodera no sólo de los estudios y de los contenidos, sino también de las historias que Hollywood le cuenta al mundo y de la forma en que las cuenta. Nada nuevo bajo el sol.
Preparémonos entonces para observar planos amplios, fotografías luminosas, explosiones y sonidos estruendosos que nos recuerden ya no a Jackie en The Jazz Singer, sino a Ethan Hunt, de Mission: Impossible, marchando sobre un portaaviones al atardecer.
No entran en esta emoción debates sobre intervención imperialista o apropiación de mercados; es el misil en el horizonte galopando en su velocidad y estruendo el heroísmo americano, empaquetado en formato widescreen y producido con los dólares del petróleo árabe. El arco aristotélico puesto en marcha para contar, una vez más, una historia ya conocida.
La lucha por la imaginación de Occidente se parece ahora a Tom Cruise sobre un A400M de la Fuerza Aérea de Estados Unidos; se parece a una bandera ondeando bajo el sol; se parece al Destino Manifiesto abriéndose paso en Venezuela, Irán o Cuba, y a un águila calva volando en plenitud.
El piloto recibe la orden de lanzar un misil teledirigido para acabar con el enemigo. Ese misil resuena en Oriente Medio igual que resuena en la pantalla y en la cosmovisión del público, muchas veces cautivo del espectáculo como sustituto de la Historia.
Los imaginarios se enmarcan en las ideologías imperantes. Donald Trump, luchando contra la opinión de millones de estadounidenses que lo vinculan con Jeffrey Epstein y su depravación, declara la guerra y buscará todas las vías para difundir su relato con miras a las elecciones intermedias de noviembre y a la sucesión de 2028. La mano invisible del mercado da un nuevo golpe contra las películas y las noticias.
La guerra por la imaginación de Occidente tiene un nuevo capítulo y el republicano ganó terreno; corresponderá al Departamento de Justicia y a los supervisores comerciales determinar si la oferta de 110 mil millones de dólares procede y bajo qué términos se concretará la adquisición.
La advertencia para América Latina
El público latinoamericano no será totalmente cautivo en esta captura de la historia. El acceso a redes e información no es el mismo que en 1998, cuando Paramount produjo Saving Private Ryan y exaltó el valor de los soldados estadounidenses en la guerra contra los nazis en Francia.
Hoy la dialéctica -la tesis y la antítesis- está al alcance de quien decide qué información consumir, y esa herramienta es una oportunidad para comprender quiénes somos frente al contenido que se nos presenta.
Se trata, por lo tanto, de saber quiénes somos en el proceso de la comunicación global; tener claro qué papel juega un mexicano fronterizo que consume la épica estadounidense aunque su apariencia, sus sueños y su identidad sean distintos; quién es, frente a la maquinaria cultural de Los Ángeles, un colombiano que atiende turistas en las playas de Cartagena; o un hombre del barrio de La Boca, en Buenos Aires, celebrando un gol en La Bombonera con la misma camiseta con la que Maradona se despidió del balón: una pelota que no se mancha.
La derrota de Netflix como gigante del streaming, la victoria de Paramount, la reconfiguración de Warner Bros., la nueva hegemonía de Trump y los Ellison en la industria de los contenidos -Melania Trump lanzó recientemente su propio documental- son oportunidades para reflexionar, como ya comentamos en este espacio, sobre quiénes somos frente a la pantalla y frente al backstage global detrás de ella: uno que proyecta la imagen de un mundo donde los vientos soplan hacia el Oeste.
Un misil se percibe en el horizonte de Teherán, estridente en una realidad que desborda teléfonos celulares del mundo entero, pero ese estruendo alcanzará también las pantallas de cine, los espacios íntimos de nuestras plataformas y las recomendaciones que se nos presentan como "personales".
Es momento, tal vez, de descubrir lo que se oculta en la sala de proyección, de conocer quién cuenta los cuentos y para qué. Los ciudadanos digitales del siglo XXI somos parte de ese relato y es un derecho asumir el rol que nos corresponde desde cualquier lugar del mundo.
Quizás sea tiempo de cambiar la toma abierta de una ruidosa explosión en el cielo nocturno y hacer un primer plano de quien la mira: ¿Quién es y qué historia es la que decidirá creer?
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.