El interés de Donald Trump por evitar que Netflix compre Warner Bros. Una estrategia de control de la narrativa política, y la censura de un reportaje sobre la megacárcel de Bukele en El Salvador. |
En 1927, los hermanos Warner contaron la historia de Jackie Rabinowitz, un joven judío de Nueva York que sigue sus instintos y abandona la tradición familiar de ser rabino cantor para convertirse en una estrella del jazz, música que encarnaba la espontaneidad y libertad. Así, el estudio fundado apenas cuatro años atrás en Los Ángeles, California, marcó un hito al crear la primera película con sonido y dar fin a la era del cine mudo.
La película The Jazz Singer, de casi 100 minutos (y disponible en el sitio de Wikipedia de la misma), pone al espectador frente al dilema de Jackie: la carrera o la fe. Finalmente, Jackie elige la fe y canta en la celebración del Día del Perdón del judaísmo. Es, pues, un retrato de asimilación cultural de los inmigrantes en el Estados Unidos del segundo cuarto del siglo XX: la lucha entre las tradiciones del Viejo Mundo y las libertades y oportunidades del Nuevo Mundo.
Casi un siglo después, el estudio de esos hermanos, Warner Bros, es protagonista de una historia, esta vez macroeconómica, política y cultural, que determinará quién diseñará el imaginario colectivo en el Occidente del siglo XXI. Se trata de la disputa entre Netflix, el gigante del streaming, y Paramount, uno de los estudios más antiguos y tradicionales de Estados Unidos, por comprar Warner.
Más allá de las explicaciones sobre adquisiciones hostiles, leyes antimonopolio (tanto la de California como la federal), y demás conceptos que derivarán en resoluciones judiciales este enero, es relevante comprender las claves políticas y culturales de dicha disputa. Preguntas que vale la pena hacernos como espectadores, o entrando en el lenguaje del streaming, como usuarios.
Netflix, el gigante del algoritmo
La historia de Netflix tiene uno de los giros de guion más fascinantes del mundo empresarial, ya que pasó de ser una pequeña empresa de alquiler de películas por correo a convertirse en la empresa de streaming más grande e importante a nivel global. Fue fundada en 1997 por Reed Hastings y Marc Randolph luego de que al primero de ellos en Blockbuster le cobraran 40 dólares por devolver tarde una película.
Es bien conocida la anécdota de cómo John Antioco, CEO de Blockbuster, se rio de los fundadores de Netflix cuando intentaron venderle su compañía para convertirse en el brazo digital de la entonces líder de la renta de películas.
En esos mismos días se unió Ted Sarandos, quien entendió que no solo debería ser una biblioteca, sino que Netflix debería crear sus propias series; también comprendió que el algoritmo debería mostrar recomendaciones personalizadas a sus usuarios. Dos innovaciones que marcaron lo que se convertiría en la identidad de la plataforma.
En 2013, el drama político House of Cards se convirtió en la primera producción original de Netflix. Resulta curioso cómo la intriga política es otro ingrediente de esta lucha financiera, ya que el propio Sarandos se habría presentado en la oficina de Donald Trump en noviembre de 2025 para hablar sobre su interés de comprar Warner Bros, la mayor biblioteca de películas y series en el mundo, siendo de alguna manera el archivo más grande de Hollywood.
Trump y la mano conservadora de los medios
Es innegable el interés de Donald Trump por evitar que Netflix compre Warner Bros. La respuesta al porqué de ello es clave: la amistad del republicano con la familia Ellison, propietaria de Paramount, el temor a un Netflix que incremente su cuota de mercado de 300 a 430 millones de productores y otro factor clave: el control de CNN.
El presidente Trump ve en Warner Bros no sólo como un estudio de cine, sino también como una estrategia de control de la narrativa política. La cadena CNN, de amplia influencia entre los estadounidenses y crítica del trumpismo, quedará bajo el control de Netflix o de los Ellison al final, lo cual es muy importante para el discurso de Trump, que busca para 2028 dejar el legado del movimiento MAGA en la presidencia, ya sea a través de Marco Rubio o de JD Vance.
El posible control de CNN por parte de Trump no resulta descabellado. Este 2025 marcó la censura al presentador Stephen Colbert, quien vio cancelado su show en la cadena CBS (propiedad de Paramount) luego de que éste criticara un acuerdo legal entre Paramount y Donald Trump. La mano de los Ellison (David y su padre Larry), figura ligada a los republicanos, se miró clara, como se vio con nitidez en la censura de un reportaje que mostraba el abuso de ciudadanos venezolanos en la megacárcel de Nayib Bukele en El Salvador.
La guerra por la subjetividad
Sin embargo, la guerra de los valores del siglo XXI está implícita y va más allá de factores económicos o políticos. Netflix representa la individualización, la eficiencia, la velocidad y las emociones inmediatas para mantener considerado al usuario. Las recomendaciones personalizadas alejan al usuario de lo colectivo. ¿Cuántas veces no nos hemos quedado revisando las sugerencias que el algoritmo nos hace antes de ver una serie o película?
El verdadero rival de Netflix no son el resto de las plataformas de streaming, sino las redes sociales como Youtube, donde el valor de un "contenido" se mide por el tiempo de visualización, y no por su impacto cultural o estético.
En la otra esquina está Paramount, que representa un mito colectivo, la nostalgia y la identidad de Estados Unidos. Paramount es Ethan Hunt salvando al mundo trepando un avión con las barras y las estrellas detrás, es el reato de los héroes con una dirección moral clara para unificar al continente.
¿Qué retos tiene eso para el consumo de valores de esta era? Lo que ambas compañías buscan es el control de la memoria histórica, el canon cinematográfico y el legado simbólico: es un Batman cuyos valores heroicos se adapten al consumo, es el mundo mágico de Harry Potter masificado para las nuevas generaciones. El control de Warner Bros es la administración del archivo simbólico del último siglo.
Lo que está en juego es la privatización de las emociones occidentales, con una memoria colectiva difusa en el que el algoritmo individual definirá las identidades como usuario, más allá de las historias que marcaron a generaciones enteras reunidas alrededor de la pantalla. ¿Cómo organizar a las juventudes con intereses y valores cada vez más desagregados?
El éxito se traslada de la épica comunitaria, de ser el héroe de la comunidad, a tener la atención y ocupar el tiempo en la pantalla, a dejar una marca la arena unos segundos antes de que el mar algorítmico las borre. La arquitectura del ser (como lo conciben los filósofos) de las siguientes décadas está en juego.
En América Latina se tiene claro que el consumo cinematográfico se ha alzado como una herramienta de aspiración, que en ocasiones sustituye al Estado, por lo que habría que preguntarnos desde aquí si la digitalización del colonialismo nos acerca o nos aleja de quienes somos.
La pregunta es si seguiremos viviendo la imaginación del imperio o si nos convertiremos en sujetos pasivos de un algoritmo que determina patrones de consumo: ¿nos definirán las visiones matemáticas del narcotráfico, la pobreza o el amor latino?
En síntesis, la disputa por Warner es el inicio de la construcción del sujeto occidental para la siguiente era. Mientras el gigante del streaming pone a temblar a las salas de cine creando la figura del usuario algorítmico, el estudio Paramount busca recuperar la nostalgia con una épica que acerca la producción cinematográfica al nacionalismo conservador que enciende la era de Trump.
Lo que está en el centro de la cancha es la capacidad de desarrollar una imaginación propia y, especialmente para América Latina, es una oportunidad de reflexionar si seguiremos importando identidades ajenas o si somos capaces de consumir a partir de tomar conciencia de quiénes somos frente a la pantalla.Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.