Opinión
Más que un partido
Por Carlos Vijnovsky Zenteno
Claudia Sheinbaum no viajó a Estados Unidos para ver un partido. Viajó para disputar la política que se jugaba alrededor de él.

 La final de la Copa del Mundo fue el acontecimiento deportivo más importante del año, pero también uno de los escenarios con mayor exposición internacional. En el palco no solamente coincidieron autoridades deportivas: estuvieron presentes los mandatarios de México, Estados Unidos y Canadá, los tres países responsables de organizar el primer Mundial compartido por tres naciones. 

La presencia de Sheinbaum junto al presidente estadounidense, Donald Trump, y el primer ministro canadiense, Mark Carney, tuvo un significado que rebasó ampliamente los 90 minutos de fútbol. Fue una imagen diplomática en medio de una relación trilateral marcada por diferencias comerciales, migratorias y políticas. 

Por eso cayó como un balde de agua fría para quienes, durante meses, apostaron por una ruptura entre México y Estados Unidos. 

La oposición mexicana intentó instalar la narrativa de que Claudia Sheinbaum estaba aislada, que Trump no la respetaba y que México había perdido relevancia ante Washington. Cada diferencia fue presentada como una derrota; cada declaración del mandatario estadounidense fue utilizada para anunciar una supuesta crisis terminal. No era análisis político. Era deseo. 

La invitación de Trump y la coincidencia de los tres mandatarios de América del Norte en la final no significan que hayan desaparecido las diferencias ni que México deba renunciar a defender sus intereses. Tampoco representan una concesión ideológica al gobierno estadounidense. Significan que México tiene un lugar propio en la relación regional.

También fue el cierre de un Mundial que permitió mostrar otra imagen de nuestro país. Desde la planeación del torneo, el Gobierno mexicano sostuvo que la competencia representaba una oportunidad para compartir con el mundo la riqueza cultural, la hospitalidad y el momento histórico que vive México, además de fortalecer los vínculos entre las tres naciones anfitrionas. Y México cumplió. 

Durante semanas, nuestro país recibió a personas de distintas nacionalidades y volvió a demostrar que no puede ser reducido a la caricatura de violencia y caos que algunos sectores han intentado imponer desde el extranjero y que la propia oposición mexicana reproduce con entusiasmo. 

El Mundial mostró un país alegre, organizado, hospitalario y profundamente orgulloso de sus raíces. Mostró a un pueblo capaz de recibir sin distinciones y de hacer de una competencia internacional una auténtica fiesta popular. 

La oposición quería un fracaso porque necesitaba convertirlo en argumento político. Quería estadios vacíos, incidentes, desorganización y una mala imagen internacional. Necesitaba que al país le fuera mal para poder decir que tenía razón. 

Pero México no fracasó. Y Sheinbaum llegó a la final representando precisamente a ese país que recibió al mundo con los brazos abiertos. Sin embargo, el mensaje más importante de su viaje no ocurrió dentro del estadio. 

A su llegada a Manhattan, la presidenta fue recibida por migrantes mexicanos con banderas, música de mariachi, flores y muestras de afecto. El gesto podría parecer protocolario, pero ocurrió en uno de los momentos más difíciles para la comunidad migrante en Estados Unidos. 

Frente a una política de persecución, redadas y detenciones, saludar a los connacionales antes de asistir a la final representó una forma simbólica de decirles: no están solos. 

México ha denunciado la muerte de 17 connacionales durante operativos o bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. El Gobierno mexicano ha impulsado protestas diplomáticas, denuncias ante autoridades estadounidenses y acciones ante organismos internacionales; incluso las cartas entregadas por el embajador mexicano para exigir el cese de actos que pudieran poner en riesgo a los migrantes fueron devueltas por el Departamento de Estado. Ese era el contexto en el que Claudia Sheinbaum pisaba territorio estadounidense. 

No llegaba únicamente como aficionada ni como invitada a un evento deportivo. Llegaba como presidenta de una nación con millones de compatriotas viviendo en Estados Unidos.

 Su presencia tenía, por tanto, una dimensión política inevitable. 

Además, cabe destacar que mientras Sheinbaum saludaba a los migrantes y daba ese mensaje de que México no los abandonaría, Ricardo Salinas Pliego amplificaba en redes sociales un mensaje que pedía que "ICE hiciera lo suyo" contra quienes celebraban la llegada de la mandataria. 

El contraste no puede ser más revelador. Por un lado, una presidenta que utiliza su llegada a Estados Unidos para reconocer a los mexicanos que viven bajo el temor de ser detenidos, separados de sus familias o deportados. Por el otro, uno de los principales referentes de la ultraderecha mexicana celebrando la posibilidad de que una agencia extranjera persiga a nuestros propios compatriotas. Después preguntan por qué no conectan con el pueblo. 

La oposición acusa al Gobierno de no defender suficientemente a México frente a Estados Unidos, pero una parte de esa misma oposición guarda silencio ante los abusos del ICE o, peor todavía, los celebra cuando las víctimas simpatizan con el proyecto de la 4T. 

Su supuesto patriotismo termina exactamente donde comienza su odio político. No les preocupa la dignidad de los mexicanos. Les preocupa que esos mexicanos apoyen un proyecto que ellos detestan. 

Por eso el viaje de Sheinbaum fue más que asistir a un partido. Fue la oportunidad de demostrar que la relación con Estados Unidos puede sostenerse mediante el diálogo sin renunciar a la soberanía. 

Fue una imagen que desmintió el supuesto aislamiento internacional de México. Fue el cierre de un Mundial en el que nuestro país mostró al mundo su capacidad, su cultura y su hospitalidad. Y fue, sobre todo, un mensaje para los migrantes mexicanos que enfrentan uno de los momentos más hostiles de los últimos años: México sabe que están ahí, reconoce lo que aportan y no está dispuesto a abandonarlos. En la cancha se disputaba una final de la Copa del Mundo. Fuera de ella, México disputaba algo todavía más importante: su lugar en América del Norte, la dignidad de sus migrantes y el derecho a relacionarse con Estados Unidos sin subordinación. 

Por eso, para Claudia Sheinbaum, nunca fue solamente un partido. 

QUE VIVA MÉXICO QUE VIVAN NUESTROS MIGRANTES 

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