Hay veces en que hacer lo correcto no se siente como una victoria. Se siente como castigo.
Carlos Chacón todavía recuerda aquella noche de su infancia en una zona rural de San Quintín, Baja California en la que se quedó mirando cómo unos policías intervenían para salvar a una mujer que estaba siendo golpeada por su esposo. No sabía de leyes, protocolos o reglamentos. Solo vio a unos hombres llegar cuando alguien necesitaba ayuda.
Esa noche nació un sueño: ser policía para hacer justicia.
Años después, ya convertido en agente de la Policía Municipal de San Quintín, Carlos asegura que simplemente hizo eso.
Detuvo al hijo de una alcaldesa durante una riña. Dice que lo hizo porque era lo que correspondía. Incluso recuerda que durante la intervención, el joven le dijo que, de cualquier manera, iba a salir libre.
Carlos no imaginó entonces que aquella detención marcaría el inicio de lo que hoy describe como un viacrucis: nueve cambios de adscripción en siete meses, algunos hacia zonas cada vez más alejadas y conflictivas, además de una posible suspensión derivada de un procedimiento de Sindicatura.
Según su relato, se le cuestiona no haber detenido también a otras personas que participaron en la riña.
No se arrepiente. Pero está decepcionado.
Y cuando termina de compartir su historia, vuelve a la misma frase como si después de tantos meses todavía intentara encontrarle sentido a lo ocurrido: "No me arrepiento... pero es injusto".
La noche que cambió todo
Había caído la noche. Era febrero de 2026 y frente al edificio del Gobierno Municipal de San Quintín, la protesta llevaba horas.
Jornaleros agrícolas, residentes y simpatizantes de distintos partidos mantenían un plantón para reclamar a la alcaldesa Miriam Cano presuntos incumplimientos de compromisos de gobierno, así como señalamientos relacionados con corrupción y deficiencias en los servicios públicos.
En medio de aquella tensión ocurrió la riña.
Carlos recuerda que al llegar vio a dos personas enfrentándose y procedió a separarlas. Entre ellas estaba el hijo de la alcaldesa, Erick Ernesto Massid Cano y uno de los manifestantes.
Pero la escena no terminó ahí.
"Cuando yo llegué miré a dos personas en una riña y los separé. Después llegó otro señor al que le habían dado un puñetazo en la cara. Lo miré todo ensangrentado".
Luego, recuerda que se acercó una mujer.
"Me dijo que el joven (Erick Ernesto) la había golpeado y que la había lastimado en el cuello".
Los manifestantes identificaron al joven como el hijo de la alcaldesa. Él mismo, según Carlos, proporcionó sus datos y corroboró su identidad.
Por un momento se quedo helado y tomó aire. Sabía que aquella detención no sería una más.
Rápido tomo su celular y llamo a su superior y le explicó lo que estaba ocurriendo: había una mujer que aseguraba estar lastimada en el cuello; otro hombre tenía la boca lesionada y una persona más presentaba arañazos.
Y entonces pensó: "La neta no quiero problemas el día de mañana con la presidenta porque lo detuve".
Carlos asegura que lo dijo porque, durante su trabajo, ha visto cómo en algunas detenciones aparecen "el amigo" o "el conocido" de la presidenta municipal.
"Si hay algo que un policía tiene miedo es defender a un influyente", recuerda.
Del otro lado de la llamada solo escuchó una respuesta: "Aguántame poquito, calma a la gente".
Pero afuera la tensión aumentaba.
Los manifestantes estaban enardecidos. Para ellos, que el hijo de la alcaldesa llegara precisamente al lugar donde se realizaba una protesta contra su gobierno era, según Carlos una provocación.
"¡Queremos que lo turne!", gritaban. "¡Túrnelo ya!"
Carlos esperaba. Entonces su teléfono volvió a sonar.
Esta vez, la llamada trajo la respuesta que estaba esperando.
Su superior le informó que había hablado con el secretario de Seguridad en Baja California Laureano Carrillo y que contaba con el respaldo de ambos.
"Ya hablé con el secretario de Seguridad, el general Laureano Carrillo, y tienes todo mi apoyo y el del secretario".
La orden, según su relato, fue directa:
"Dale para adelante y haz lo que tengas que hacer. No va a haber represalias".
Carlos sintió que el piso se acomodaba bajo sus pies. La gente no dejaba de gritar que se llevaran al joven a la delegación.
El policía tenía una instrucción. Tenía el respaldo de su mando. Y, sobre todo, estaba convencido de que estaba haciendo lo correcto.
El hijo de la alcaldesa fue detenido y trasladado a la comandancia.
El trayecto era corto. Apenas unos metros separaban el lugar de la protesta de las instalaciones de la comandancia.
Pero ese momento para Carlos parecía interminable.
Recuerda haber escuchado al joven decir:
"Llévenme de todas formas. Como quiera voy a regresar y voy a regresar más bravo".
El agente también trasladó a cuatro personas que se encontraban en la protesta para tomarles declaración. Se realizaron entrevistas y certificaciones médicas y Carlos asegura que conservó los documentos relacionados con la intervención.
Aquella noche regresó a casa con una sensación que hoy recuerda con claridad: estaba orgulloso de su trabajo. Creía que había hecho lo correcto. Creía que tenía el respaldo de sus superiores.
No imaginaba que aquella decisión terminaría persiguiéndolo durante los meses siguientes.
Después vino el silencio... y los cambios
Después de aquella noche, el oficial Chacón dice que su vida laboral dio un giro.
Han transcurrido siete meses.
Hoy, asegura, fue retirado de funciones tácticas y ha enfrentado nueve cambios de adscripción, varios de ellos hacia delegaciones lejanas y zonas que considera conflictivas.
Para él, no se trata de una simple reorganización. Y confiesa que se siente como castigo.
El primer destino fue la delegación Vicente Guerrero. Pasó aproximadamente un mes cuando recibió un nuevo oficio. Ahora debía presentarse en Cataviña. Carlos miró el documento con sorpresa. Cataviña, en medio del desierto, es uno de esos puntos donde las distancias se sienten más largas y la comunicación celular puede desaparecer.
Llegó a trabajar. Y encontró otra dificultad: según relata, la patrulla asignada no tenía gasolina y además se encontraba descompuesta.
Dos semanas después recibió una nueva adscripción. El Rosario. Después, Jesús María, uno de los últimos poblados de Baja California antes de llegar al límite con Baja California Sur.
Y cada vez que preguntaba por qué, asegura, recibía la misma respuesta: "Son ordenes del director".
Nueve movimientos después, Carlos dice sentirse desgastado. No solo por las distancias. También por la sensación de que aquella noche todavía está presente en cada oficio que recibe.
El Gobierno Municipal evita responder y remite el caso a Transparencia
Para conocer la postura del Gobierno Municipal sobre el procedimiento que enfrenta el agente Carlos Chávez, se solicitó una entrevista en la oficina de comunicación social y se enviaron preguntas específicas sobre la conducta que se le atribuye, la posible sanción, la etapa del proceso y las garantías que tiene para defenderse.
La respuesta fue breve: "ese tema le corresponde a Sindicatura". Se pidió dejar los datos para la consulta y, posteriormente, se señaló que la información debía revisarse en la página de Transparencia sobre el caso.
No hubo entrevista ni respuesta directa a los cuestionamientos planteados.
Así, en un caso que involucra a un agente que asegura haber actuado respaldado por sus superiores, la postura del Gobierno Municipal quedó remitida a los canales institucionales de Sindicatura y Transparencia, sin atender de manera directa las preguntas formuladas para este reportaje.
El niño que decidió ser policía
Era la tarde un caluroso verano en el 2007. Carlos tenía 13 años.
Las calles estaba en silencio pero desde una casa cercana llegaban los gritos. Los perros ladraban con fuerza. Salió a mirar qué ocurría y frente a él encontró una escena que nunca olvida. Su vecino golpeaba a su esposa.
Carlos se quedó parado. Mirando. Sin saber muy bien qué hacer.
Entonces llegaron los policías.
Los vio intervenir, separar al hombre y ayudar a la mujer. Ella tenía el rostro lleno de sangre.
Para aquel niño no existían reglamentos ni protocolos que entender. Solo había una imagen poderosa: alguien estaba siendo lastimado y otros llegaron para detenerlo.
Esa noche volvió a su humilde casa. No podía dormir. Y mientras la noche avanzaba tomó una decisión que se quedaría con él durante años: Quería ser policía.
Quería vestir aquel uniforme que había visto de cerca. Quería ser uno de esos hombres que llegaban cuando alguien necesitaba ayuda. Quería, simplemente, hacer justicia.
Camino a la escuela, entre los zapatos cubiertos de polvo, miraba a los policías de San Quintín y se imaginaba algún día siendo uno de ellos.
Pero la vida tenía otros planes y a los 18 años tuvo que poner el sueño en pausa. Necesitaba trabajar para ayudar a su familia.
En San Quintín encontró en el mar su sustento.
Mientras aquella tierra fértil producía berries, tomates y cebollas Carlos salía a pescar. Jurel, langosta, jaiba o calamar.
El mar le dio trabajo. Pero nunca le quitó el sueño. Durante años dejó aquella ilusión para después.
La mujer que lo ayudó a cumplir su sueño
Por esas vueltas que da la vida, Carlos conoció a una mujer policía. Se enamoraron. Se casaron. Ella terminó convirtiéndose también en el impulso que necesitaba para volver a mirar hacia aquel sueño que había dejado pendiente.
Con su apoyo, lo intentó. Y finalmente llegó el día que había esperado durante años: se graduó como policía.
Recuerda aquel momento con orgullo.
El niño que una noche había visto desde la calle cómo unos agentes intervenían para salvar a una mujer, finalmente estaba del otro lado del uniforme.
El día que creyó estar haciendo exactamente aquello para lo que se preparó
Aquella noche. El día de la detención del hijo de la alcaldesa, Carlos no sintió que estaba haciendo algo extraordinario.
Sintió que estaba haciendo su trabajo.
Según recuerda la instrucción de proceder llegó a través de su mando después de que el propio secretario de Seguridad en Baja California respaldara la intervención.
Para ra él, aquello significaba que estaba actuando dentro de sus funciones y que no estaba solo.
Hoy, sin embargo, mira aquella noche desde otro lugar.
"Mi trabajo es algo que me gusta mucho. Desde hace muchos años quería ser policía. Me duele mucho por lo que estoy pasando. Es injusto y todos lo saben: mis compañeros y la gente en la calle lo saben", dice.
Carlos no se opone a que su actuación sea investigada. Lo que pide es que la investigación se haga correctamente.
"No me niego a que se investigue. Solo pido que hagan bien su trabajo, porque estoy seguro de que yo no caí en ninguna omisión".
También habla del poder. Sabe que los gobiernos cambian. Que los funcionarios llegan y se van. Que las administraciones terminan y otras comienzan.
"Yo espero que la próxima administración que venga sí tenga ganas de trabajar y hacer las cosas bien", dice.
Pero antes de llegar a ese futuro, Carlos enfrenta el presente.
Un procedimiento en la Sindicatura Municipal que podría terminar en una suspensión. Una serie de cambios de adscripción que asegura comenzaron después de aquella detención. En su cabeza da vueltas una y otra vez la misma pregunta ¿por qué aplicar la justicia lo coloca en esta situación?
La postura de la alcaldesa
A través de sus declaraciones públicas, la alcaldesa de San Quintín, Miriam Cano, ha rechazado que las decisiones dentro de la corporación respondan a criterios personales o represalias.
En una respuesta publicada en redes sociales, la presidenta municipal sostuvo que los procedimientos disciplinarios corresponden a reglamentos y a los órganos de control, y afirmó que su gobierno tiene la responsabilidad de garantizar la legalidad, los derechos humanos y el bienestar de la población.
Por su parte, su hijo Masip ha llamado a la ciudadanía a esperar los resultados de la investigación oficial y mantener un diálogo respetuoso. De acuerdo con la publicación del periódico local Frontera consideró el caso como una oportunidad de aprendizaje personal y social.
"No me arrepiento, pero es injusto"
Joel no pide que nadie deje de investigar. No exige que se cierre el expediente. No dice que su actuación deba quedar fuera de revisión.
Pide algo que para él debería ser un derecho, que se investigue con claridad y sin favoritismos.
Y es que aquella noche cuando recibió la orden de proceder a través de su mando, creyó que tenía el respaldo de quienes estaban por encima de él. Y actuó.
Hoy espera que quienes revisan aquella decisión hagan también su trabajo.
Su voz cambia cuando habla de aquello que alguna vez soñó. Ser policía todavía le gusta. Todavía siente orgullo por el uniforme. Pero ese mismos uniforme ya no pesa igual. Quizá porque en el fondo ya no solamente esta aquel niño quería ayudar a una. Mujer golpeada. También esta el hombre que años después realizó una detención y hoy enfrenta las consecuencias de aquella noche.
Después de contar su historia vuelve a la misma frase con la que parece resumir meses de dudas, incertidumbre, miedo decepción y cambios: "No me arrepiento pero es injusto".
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