El discurso público dicta pacificación, pero en los sótanos del ex delegado federal el conflicto de Baja California se opera con fuego amigo. Mientras Jesús Ruiz Uribe asegura públicamente mantenerse al margen y administrar la paz en el choque de trenes entre Marina del Pilar y Jaime Bonilla, la realidad en las mesas de redacción nacionales cuenta una historia de traición táctica.
El detonante de la ofensiva fue la acusación directa de la gobernadora, quien el miércoles señaló sin matices a su antecesor como el artífice de un complot en su contra. Lo que en el papel debió ser el aislamiento definitivo del exmandatario, se transformó milagrosamente en una gira de medios de alto impacto.
Durante todo el miércoles y jueves, Bonilla desfiló por noticieros, portales y espacios de radio de alcance nacional. No fue un rebote orgánico ni un golpe de suerte periodística por la coyuntura; fue una operación quirúrgica orquestada desde la capital del país.
Aquí es donde se asoma la verdadera estructura del conflicto. El encargado de levantar el teléfono, presionar a jefes de información y asegurar las entrevistas para Bonilla fue Miguel Ángel Larre, muy conocido en el ecosistema del poder.
La conexión revela una alianza subterránea. Fue Ruiz Uribe quien sirvió de puente y le cedió la llave de los medios a esta estructura para que el exgobernador tuviera un megáfono nacional, logrando el golpeteo sin dejar sus propias huellas dactilares en la operación local.
Pero el cálculo tuvo un fallo estructural crítico. El problema no fue solo el oxígeno mediático que recibió el exmandatario, sino la dirección de sus misiles. Bonilla no se limitó a golpear a Marina del Pilar; envalentonado por el espacio, lanzó dardos envenenados contra la Presidenta, contra Andrés Manuel López Obrador y contra Omar García Harfuch.
Es una paradoja del tamaño del movimiento: el ex delegado federal habilitó, por debajo de la mesa y a través de operadores de la vieja guardia, un cañón que terminó disparando contra los máximos pilares de la República y la seguridad del país.
Para el cuarto de guerra en Baja California, la lectura es nítida. El golpeteo de Bonilla no es el berrinche de un político aislado, sino una ofensiva auspiciada por facciones que lo utilizan como ariete para desestabilizar la frontera, con la complacencia de quienes juran lealtad en público.
En el análisis profundo, la jugada de abrir la puerta a través de Larre buscaba medir fuerzas y desgastar a la gobernadora, enviando el mensaje de que los controles mediáticos aún responden a los pactos en la sombra y no a la disciplina institucional.
Al final, la estrategia del doble discurso de Ruiz Uribe salió cara. El costo de entregarle el micrófono a un Bonilla vociferante para castigar a Baja California terminó salpicando a la primera línea del país, evidenciando que en esta guerra no hay aliados imparciales.
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