Entre México y Venezuela hay similitudes en un sector petrolero que se encuentra atrapado en un circulo vicioso de ineficiencia y magros resultados operativos. |
El camino para la industria petrolera en Venezuela es largo. Al menos es lo que han expresado, tanto en privado como públicamente, algunos lÃderes de las grandes empresas globales que no hallan cómo darle gusto al presidente Donald Trump en su misión de "rescate" del lastimado paÃs latinoamericano.
Por separado, Patrick Pouyanné, CEO de TotalEnergies, y Darren Woods, mandamás de ExxonMobil, afirmaron que llevar la producción petrolera en Venezuela a la bonanza que prevé Trump tomará muchos más años, y que además no solo requerirán toneladas de dólares, sino reglas claras y un horizonte de gobernabilidad de largo plazo. Vaya, es imprescindible establecer un gobierno firme que pueda respaldar sus inversiones en Venezuela. Sin embargo, por el momento no es asÃ.
La intervención armada de Estados Unidos que derivó en el derrocamiento del dictador Nicolás Maduro, no fue contundente, pues el golpe fue certero en contra de la pareja presidencial, a quienes tomaron presos, pero no asà a la estructura dictatorial venezolana.
Las empresas petroleras lo saben bien. Bastante trabajo han tenido en sortear las tendencias ecologistas de la energÃa verdes, que las han orillado a redefinirse. Por lo que buscarán dar pasos mucho más firmes sobre cimientos que no sean solo promesas de su presidente en turno.
Pero el reto es aún mayor para las llamadas "Big Oil", si consideramos que no hay mucho espacio para dónde hacerse en Latinoamérica. En México, por ejemplo, la promesa de contratos compartidos, incentivados, mixtos, o como cada presidencia les ha querido llamar a coinversiones con empresas privadas, no ha podido materializarse porque, al menos en la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, estos modelos de negocio se contraponen con la polÃtica de soberanÃa energética que forma parte fundamental del morenismo. Aún asÃ, México tiene otros intereses como seguir enviando a Cuba parte del mejor crudo, el más ligero, por alguna clase de deuda histórica que los gobiernos de izquierda sienten por la isla.
Pero lo cierto es que el sector petrolero en México y Venezuela guardan distancia por el contexto polÃtico en el que se han desarrollado. Sin embargo, existen también similitudes en su manejo desde el gobierno, que han dado como resultado un sector deprimido y atrapado en un cÃrculo vicioso de ineficiencia y magros resultados operativos.
A finales de la década de 1990, la industria petrolera venezolana tocó un máximo de producción de crudo de casi 4 millones de barriles diarios. México también logró superar los 3 millones durante los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, pero al igual que en el caso venezolano, la lluvia de petrodólares se desvaneció.
Al igual que Pemex, PDVESA es una empresa altamente politizada. La estatal fue creada en 1976 para la nacionalización del sector petrolero en Venezuela, y ha servido de arma económica, polÃtica, y caja chica para todas las administraciones que han pasado desde entonces en el Palacio de Miraflores. ¿Le suena familiar?
Lo único cierto que tienen las petroleras estadounidenses es que el mundo va a seguir requiriendo grandes cantidades de petróleo cada año. La crisis energética de Europa que ha causado la alta dependencia del gas ruso le ha enseñado al mundo que lo más conveniente es contar con una matriz energética diversificada, apostarle todo a un solo tipo de fuente es riesgoso.
Este precepto lo tienen tan claro en México, que la apuesta está en la autosuficiencia energética, sin embargo, y al igual que en Venezuela, se requiere de una base firme y sólida sobre la cual edificar la industria que el paÃs necesita.
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