Economía
Banxico, el choque de universos de AMLO
Por Andrés Wainstein
Institución garante de la estabilidad o protectora de los intereses neoliberales, la primer definición ideológica de la 4T. Confusión en el mercado.

El debate sobre la bancarrota de México resultó bastante interesante entre politólogos, militantes, periodistas y opositores, aunque en rigor mostró cierta esterilidad frente a la verdadera pelea de fondo que ya se desató en la arena económica del inminente gobierno de Andrés Manuel López Obrador. ¿Cuál será el rol del Banxico? Ese es el primer gran interrogante que intentan despejar los mercados.

Durante la campaña, AMLO repitió hasta el hartazgo que respetaría la autonomía del Banco de México, pero reabrió -¿sin querer?- este debate al culpar anticipadamente por cualquier desajuste macro a la institución que conduce Alejandro Díaz de León. Lo dijo apenas unos días después de reunirse con el banquero. ¿Casualidad?

LPO reveló que, en ese encuentro reservado en la casona de Roma, Díaz de León le explicó personalmente al tabasqueño por qué sus proyecciones son tan pesimistas. El itamita le planteó las dificultades que tendría para cumplir con sus promesas: entre otros cálculos, le dijo que debería crecer al menos al 4% y recaudar un 27% más, metas bastante ambiciosas para un entorno internacional que podría descomponerse.

En ese diálogo emergió un choque de universos políticos. Esperable, por otra parte, si se considera que Banxico se convirtió en el bastión fundacional de la tecnocracia que AMLO repudia desde sus entrañas. El respeto por Zedillo es la excepción que confirma la regla. Apenas un detalle.

Pero las tensiones entre gobiernos y bancos centrales no son nuevas, ni exclusivas de México. La discusión sobre las funciones de los bancos centrales llevan décadas en el mundo, y generan roces muy comprensibles. Le pasa a Trump con Jerome Powell, sólo por citar un ejemplo emblemático. Lo interesante es que en este punto empiezan a verse las grietas de un movimiento que ensanchó su espectro ideológico. Llegó el momento de administrar esas diferencias, como se pedía en estas líneas.

Para gran parte de la izquierda, germen de la militancia de Morena, la independencia de los bancos centrales es sólo un diseño institucional neoliberal para defender los intereses del establishment, de la banca privada, fondos de inversión y grandes empresarios transnacionales. En efecto, la autonomía fue implementada en más de una treintena de países entre fines de los 80 y principios de los 90, apogeo de esta doctrina económica.

Por eso Benjamin Robles -diputado aliado del PT- ya salió a anunciar que presentaría una iniciativa para modificar la Ley del Banxico y ampliar sus funciones. "Ahora también tendría que velar por el desarrollo y el crecimiento económico", expuso en diversas entrevistas. Sus palabras no fueron bien recibidas en agencias calificadores y bancos, quienes interpretaron esta movida como una nueva presión a Díaz de León.

Hay antecedentes muy recientes en la región de líderes que avanzaron sobre la autonomía. Cristina Kirchner, por ejemplo, reformó la carta orgánica de su banco central justo con el mismo argumento que Robles. Lo propio hizo Rafael Correa en Ecuador. Referencias que se contraponen a Lula Da Silva, quien optó pragmáticamente por el ejecutivo de BankBoston, Henrique Meirelles, para dar certezas al sistema financiero de Brasil.

"Es una barbaridad. No sé qué le pasó a Benjamín. Es imposible, una locura hacer eso. Sería tirar la economía por la borda", respondió rápido Mario Delgado, el economista itamita de AMLO. Al mismo tiempo, Carlos Urzúa y Gerardo Esquivel filtraban en el Wall Street Journal que su hombre para reemplazar a Ramos Francia es Jonathan Heath. Otro mensaje de paz.

Heath es un hombre respetado por la banca, e incluso colaboró durante muchos años como asesor del HSBC, entidad que auspició las juntas de presentación de Urzúa ni bien fue anunciado como futuro titular de la Secretaría de Hacienda. Un hombre que se sale del manual ortodoxo -defiende un alza en el salario mínimo porque, dice, no impactaría en precios- pero que también defiende sin matices la autonomía del Banxico.

El desconcierto en los mercados por el rumbo que tomará López Obrador, en uno u otro sentido, empieza a desgastar una relación que recién comienza. Un riesgo también para la imagen presidencial, engolosinarse con el juego de mensajes contradictorios, muy efectivo en campaña. Quizás ya sea tiempo de definiciones. 

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