Editorial
Gracias, Capitán!!!
Por Marcelo Leguizamón
Algún día las copas se llenarán de polvo, los récords serán superados y las estadísticas quedarán guardadas en los libros. Pero el ejemplo permanecerá cada vez que un padre le cuente a su hijo quién fue Lionel Messi.

Algún día, cuando alguien dentro de muchos años me pregunte por esta Selección, no voy a empezar hablándole de los Mundiales, de las Copas América ni de las finales que ganó. Le voy a hablar de un hombre. De un chico nacido en Rosario que durante años cargó sobre sus hombros las ilusiones, las frustraciones y las esperanzas de todo un país. De alguien al que criticaron, insultaron, silbaron e hicieron llorar, pero que, cuando cualquiera habría entendido que era momento de irse, eligió hacer exactamente lo contrario: volver. Y esa decisión, vale mucho más que cualquier copa.

Con el tiempo entendí que Lionel Messi no cambió solamente la historia del fútbol argentino y mundial. También cambió la manera en que muchos entendimos el éxito. Nos enseñó que las críticas no siempre se responden con palabras, sino con trabajo; que la verdadera grandeza no necesita hacer ruido; que el más grande puede seguir siendo el más humilde y que un verdadero capitán es el primero en asumir las derrotas y el último en apropiarse de los elogios. Su legado no está solamente en los goles que convirtió, sino en la forma en que recorrió el camino para llegar hasta ellos.

Pero Messi nunca estuvo solo. A su alrededor apareció una generación extraordinaria encabezada por Lionel Scaloni, un entrenador que demostró que los grandes líderes no se imponen, sino que inspiran. Junto a él hubo un cuerpo técnico y un grupo de jugadores que dejaron el ego de lado para convertirse en una verdadera familia. En una época en la que tantas veces se premia el individualismo, esta Selección eligió el compañerismo, el respeto, el sacrificio y la confianza mutua como su verdadera identidad. Por eso logró algo mucho más difícil que ganar títulos: consiguió que millones de argentinos volvamos a sentirnos orgullosos de vernos reflejados en esta Selección.

La Scaloneta terminó representando valores que trascienden cualquier resultado deportivo. Nos recordó que los sueños nunca se cumplen por casualidad, sino gracias al esfuerzo silencioso, a la disciplina cotidiana y a las renuncias que casi nadie ve. Nos enseñó que jugar en equipo significa hacer mejor al que tenemos al lado; que pedir perdón engrandece; que agradecer nunca pasa de moda; que la familia sigue siendo el refugio más importante y que la fe puede convivir naturalmente con la competencia de más alto nivel. En definitiva, nos hizo volver a creer que el "nosotros" siempre es más fuerte que el "yo".

Si este llegara a ser el último partido de Lionel Messi con la camiseta de la Selección, no quiero despedir solamente al mejor futbolista de todos los tiempos. Quiero darle las gracias al hombre que hizo que millones de argentinos nos abrazáramos con desconocidos, que volvió a llenar las calles de banderas y que les regaló a nuestros hijos recuerdos que van a conservar durante toda la vida. Gracias por no rendirte cuando muchos dejaron de creer, por elegir siempre a la Argentina y por demostrarnos que la gloria no consiste solamente en ganar, sino también en nunca dejar de intentarlo.

Y cuando dentro de muchos años alguien me pregunten quién fue Lionel Messi, no voy a responder únicamente que fue el mejor jugador de la historia. Voy a decir que tuve el privilegio de verlo jugar, que lo vi caer, levantarse y responder con fútbol cuando otros respondían con palabras. Voy a decir que mientras llevaba la cinta de capitán también llevaba en el corazón a millones de argentinos, y que pocas veces un deportista representó tan bien a un país.

Algún día las copas se llenarán de polvo, los récords serán superados y las estadísticas quedarán guardadas en los libros. Sin embargo, el ejemplo permanecerá. Permanecerá cada vez que un padre le cuente a su hijo quién fue Lionel Messi, cada vez que un chico se ponga la camiseta número 10 para salir a jugar a un potrero, a una plaza o a un club de barrio, en la Argentina o en cualquier rincón del mundo. Porque hubo una generación entera que quiso jugar como Messi, pero ojalá también haya querido parecerse a Lionel: un hombre que jamás se creyó por encima de nadie y que entendió que representar a la Argentina era un privilegio.

Los títulos hacen grandes a los futbolistas. Los valores hacen eternos a los hombres. Por eso, el día que Lionel Messi deje definitivamente la camiseta celeste y blanca, la número 10 seguirá entrando a cada cancha donde un chico vuelva a soñar con una pelota en los pies. Mientras exista alguien dispuesto a perseguir ese sueño con la misma humildad, el mismo esfuerzo y el mismo amor por la Argentina con los que él recorrió su camino, Messi nunca dejará de jugar para todos nosotros.

Gracias por todo, Leo. Gracias, Capitán. Y gracias por haber vuelto a hacernos sentir orgullosos de ser argentinos.

Marcelo Leguizamón
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