Los lÃderes de las dos superpotencias reafirmaron su rechazo a la capacidad nuclear iranà y defendieron mantener abiertos los estrechos estratégicos. Taiwán es una "lÃnea roja" para China, en un mensaje de Xi dirigido al Partido Demócrata. |
Aquel que se disponga a ver Snowpiercer, la extraordinaria pelÃcula de ciencia ficción dirigida en 2013 por un entonces ignoto Bong Joon-ho -años más tarde consagrado con el Oscar gracias a la tenebrosa Parasite-, encontrará en su escena final una revelación polÃtica perturbadora.
AllÃ, el idealista Curtis (interpretado por Chris Evans) descubre por boca de Wilford (Ed Harris) el vÃnculo secreto que éste mantenÃa con Gilliam (John Hurt), el antiguo mentor de la rebelión impulsada por este joven, ya muerto para entonces. El desconcierto de Curtis es absoluto: el ideólogo que habÃa inspirado el levantamiento que éste conduce era, en realidad, un aliado Ãntimo del poder. Ambos hablaban a escondidas cada noche para preservar el orden de aquel mundo cerrado y brutal con el que Curtis querÃa acabar, sin saber que lo reproducÃa.
El ejercicio de comprensión de la polÃtica internacional de hoy presenta una dinámica análoga a esa enseñanza. La coexistencia competitiva entre Estados que rivalizan en múltiples planos, pero que al mismo tiempo coordinan intereses estratégicos para evitar escenarios de ruptura sistémica.
Los recientes gestos entre Donald Trump y Xi Jinping en ocasión de la reciente visita del presidente de los Estados Unidos a la República Popular China deben interpretarse en ese contexto.
La delegación de tecno-empresarios que acompañó a Trump (casi todos ellos con inversiones en China) nos permiten leer que, si bien Trump parece haber desistido de su promesa inicial de traer de vuelta a territorio norteamericano las fábricas de las empresas estadounidenses "deslocalizadas", también es cierto que la intención del mandamás americano parece haber sido ir a negociar con su par chino sobre puntos concretos de dos economÃas mucho más entrelazadas entre sà de lo que a los fans de ambos lados les gustarÃa.
En ese marco, la difusión por parte del PC chino de un video del encuentro entre ambos lÃderes en la residencia privada de Xi no constituyó un episodio comunicacional menor ni un simple ejercicio de propaganda. Fue una señal geopolÃtica deliberada. El hecho de que el material fuera traducido a doce idiomas -incluido el farsi- indica que el destinatario principal no era solamente la opinión pública occidental, sino también los centros de decisión iranÃes y, por extensión, todo el arco de actores involucrados en Medio Oriente.
El contenido del mensaje es consistente con esa lógica. Trump enfatizó dos cuestiones: la negativa estadounidense a permitir una capacidad nuclear militar iranà y la necesidad de preservar abiertos los estrechos marÃtimos estratégicos. Seguridad nuclear y garantÃa de circulación comercial. Los dos pilares fundamentales del orden internacional contemporáneo.
El silencio de Xi a su lado, luego del breve introito realizado y donde mencionó que esos fueron los ambientes en los que Mao recibió a Nixon y que representan la intimidad de los lÃderes chinos (recordó a Deng, a Jiang y a Hu), por cierto, un episodio mucho más relevante que la pompa desplegada en el ceremonial de Estado en el Palacio del Pueblo, debe interpretarse del modo en que los orientales intepretan el valor del silencio.
La precisión del lenguaje utilizado revela además un dato central: los acuerdos previos entre estructuras permanentes de poder. Paradójicamente, en nuestras sobreideologizadas costas, proliferaron en estos dÃas en programas y streamings de todo tipo, analistas con lecturas que hablaron de la "humillación", la "claudicación" y la "rendición" de Trump, de una supuesta senilidad del presidente americano que explicarÃan sus yerros y contradicciones, entra otras extravagancias sorprendentes.
Por el contrario, una mirada desprovista del casi unánime consenso de "desprecio" a propósito del aspecto kitsch del lÃder estadounidense permitirÃa a los "expertos" ver que detrás de cada declaración, existió un trabajo técnico destinado a evitar interpretaciones desestabilizantes por parte de mercados financieros, complejos militares, cadenas energéticas o actores regionales que siguieron esta cumbre con la importancia que efectivamente tuvo. Los actores involucrados son perfectamente conscientes de que la diplomacia contemporánea debe funcionar cada vez más como administración preventiva de riesgos sistémicos, y asà quedó demostrado en esta relevante cumbre.
¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?
Nuevamente, la decisión china de exhibir imágenes de cercanÃa personal y familiaridad dentro de la residencia de Xi tiene un significado cultural y polÃtico profundo. En Oriente, la construcción de confianza entre liderazgos posee un valor estratégico superior al estrictamente institucional, si a eso se le suma la edad de Trump (que en un Occidente moderno gerontofóbico se ve inversamente a la sustancia que los orientales ven en los hombres añosos) y su condición de hombre duro o "big man", como teorizó en su momento el antropólogo francés Maurice Godelier, arribamos a la conclusión de que China siempre se entenderá mucho más con hombres como Trump antes de hacerlo con lÃderes como Kamala Harris o Gavin Newsom, sólo por citar casos hipotéticos.
En términos más concretos y materiales, el dato más relevante parece encontrarse en el acuerdo energético entre Washington y Beijing. El entendimiento por 900 mil barriles diarios de petróleo que Estados Unidos se compromete a suministrar a China de inmediato, modifica parcialmente el esquema de dependencia de este último respecto del crudo iranÃ. Esto parecerÃa no implicar, necesariamente, un abandono de Teherán por parte de Beijing, pero sà introduce un mecanismo de flexibilidad que reduce la capacidad iranà de convertirse en proveedor crÃtico excluyente.
La señal es importante porque expone una caracterÃstica central de la polÃtica china actual: evitar alineamientos absolutos y reducir los riesgos de dependencia. Beijing busca sostener simultáneamente vÃnculos con Irán, Rusia, Estados Unidos y el Golfo Pérsico sin quedar atrapado en ninguna lógica binaria. Su prioridad no es la confrontación ideológica, sino la estabilidad del abastecimiento energético y la continuidad del crecimiento económico, dos temas realmente urgentes atento a los complejos desafÃos que se les presentan en ambos frentes.
Algo similar ocurrió en el terreno tecnológico. La continuidad operativa de NVIDIA entre China, Taiwán y Estados Unidos sugiere que, detrás del discurso de desacople económico, subsiste una interdependencia estructural imposible de desmontar completamente. La cuestión taiwanesa sigue moviéndose dentro de la lógica inaugurada por Nixon y Kissinger: reconocimiento de una sola China, ambigüedad estratégica y postergación indefinida de una resolución definitiva que la China continental sabe inexorable, por lo que no tiene apuro en resolver en los inmediato.
Que la contraparte en vivo y en directo de esa mención de "lÃnea roja" haya sido Donald Trump no significa en modo alguno que sea él el destinatario último de ese mensaje. Por intermedio del presidente de los Estados Unidos, China advierte a todo el sistema polÃtico de ese paÃs que no volverá a tolerar nunca más episodios como el protagonizado en 2022 por la entonces lÃder del belicoso Partido Demócrata, Nancy Pelosi.
Por otra parte, la mención de Xi a la trampa de TucÃdides, un ejemplo utilizado en concordancia con el horizonte intelectual que los analistas occidentales demuestran, oculta que la mención esconde un mensaje que los analistas de la burocracia de Washington saben interpretar muy bien por la referencia implÃcita al pensamiento de una "vaca sagrada" de este grupo, como es el caso de Graham Allison, a quien, de resultar necesaria una decodificación más detallada, podrÃan visitar en su retiro de Carolina del Norte. Hay mucho para discernir a ese respecto, pero por lo pronto, pareciera oportuno ubicar el ejemplo histórico invocado circunscrito al caso Taiwán.
En este sentido, la dirigencia china está convencida, tal como se lo anunciara Mao a Kissinger hace más de 50 años, de que el tiempo juega a su favor, cosa que Xi reforzó implÃcitamente al recalcar que los árboles que fascinaron al presidente de los Estados Unidos "llevan aquà 490 años". China no necesita precipitar una crisis militar sobre Taiwán si el equilibrio económico y tecnológico continúa ampliando gradualmente su influencia regional.
La paciencia estratégica sigue siendo uno de los principales activos de Beijing, un atributo por sobre todo psicológico, que Occidente, en las condiciones actuales, no puede contrapesar, menos aún cuando la enfermedad de la época de este lado del mundo, es la ansiedad.
Más significativo resultó el aparente entendimiento en materia de inteligencia artificial aplicada al ámbito militar (y solamente militar). Si efectivamente Washington y Beijing coincidieron en limitar el control de estos sistemas exclusivamente a estructuras estatales, en un mensaje que también deben receptar aquellos que se desgañitan por posicionar a los Estados nación (o Estados civilización) como parte del pasado, el dato revela una transformación conceptual profunda: las grandes potencias empiezan a considerar que ciertas tecnologÃas crÃticas no pueden quedar bajo dominio privado o descentralizado, por más sofisticadas que sean las elaboraciones teóricas que desde Barrio Parque, en la ciudad de Buenos Aires, realicen los dueños de Palantir.
Más Mahbubani y menos Varoufakis
La discusión ya no gira únicamente alrededor de la supremacÃa tecnológica, sino del monopolio legÃtimo de capacidades estratégicas. En otras palabras, los Estados centrales buscan evitar que corporaciones, actores transnacionales o paÃses periféricos accedan a herramientas capaces de alterar los balances militares globales.
Los 23 acuerdos firmados anunciados por Trump -muchos de ellos todavÃa no divulgados- parecen formar parte de esa arquitectura de estabilización competitiva. Incluso la fecha prevista para la próxima reunión bilateral posee una dimensión polÃtica evidente. Realizar un encuentro cuarenta dÃas antes de las elecciones de medio término estadounidenses, que todos creen que el oficialismo perderá, permite al Presidente de ese paÃs exhibirse como actor capaz de negociar directamente con China desde una posición de liderazgo global. Una pregunta que no debiera quedar sin hacerse es cómo Xi acepta el convite para ese momento de plena campaña electoral. ¿Alguien lo acusará de injerencista?
Finalizada la cumbre se anunció una visita de Vladimir Putin a Beijing prevista para las próximas semanas, y la expectativa de un eventual encuentro entre Trump y el lÃder ruso durante la próxima reunión del G20 en el mes de noviembre en Miami (que sin dudas revestirá importancia histórica y será para alquilar balcones), hechos que indican que el sistema internacional se encamina hacia una dinámica de concertación restringida entre grandes potencias (tal vez en el mediano plazo con Europa e India como variables de ajuste del equilibrio de poder). Mientras que los expertos locales, sobre todo hombres y mujeres de la academia, denuncian la destrucción del supuesto orden internacional basado en reglas, el nuevo orden tiende previsiblemente a un escenario de competencia estratégica más o menos estable, acompañado de coordinación selectiva.
Las almas nobles siguen invocando el discurso del ex Director del Banco de Inglaterra y actual primer ministro canadiense, Mark Carney, en la última reunión del Foro de Davos, en el que invita a las potencias medias a una asociación que dé sobrevida a un orden internacional que, si miramos bien, se extendió tan sólo 70 años en el curso de la historia. Inserto dentro del marco teórico del concepto del "fin de la historia", muchos "pensadores crÃticos" parecerÃan considerar ese lapsus el punto final de la evolución histórica de la polÃtica internacional. Omiten considerar que, en una disputa de potencias como la que se produce hoy a todas luces, la autonomÃa relativa de esas potencias medias se reduce sensiblemente.
En esta lÃnea de razonamiento, América Latina tampoco queda fuera de este reajuste. Las referencias de Trump momentos antes de subirse al Air Force 1 de regreso a DC sobre Cuba y los movimientos recientes de Washington respecto de La Habana sugieren que la polÃtica hemisférica de pies de plomo continuará.
La combinación entre ayuda humanitaria que el Secretario de Estado Marco Rubio anunció en simultáneo a la negativa del gobierno del presidente cubano Miguel Diaz-Canel a aceptarla (en un evidente gesto de intentar quebrar el frente interno cubano), la presión diplomática y mediática incesante y los contactos reservados con sectores históricos del poder de la isla luego de la visita que dÃas atrás efectuó el director de la CIA, John Ratcliffe, indica que Estados Unidos busca ampliar márgenes de influencia ante un eventual escenario de transición interna.
En conjunto, todos estos movimientos revelan un cambio de época. El mundo no parece dirigirse hacia una fragmentación absoluta, sino hacia un sistema de administración compartida del conflicto entre potencias. Estados Unidos, China y Rusia continúan disputando poder, influencia y supremacÃa tecnológica, pero simultáneamente reconocen que ciertos niveles de coordinación son indispensables para evitar un desorden global incontrolable.
Los mignons (y no tan mignons) del sistema internacional están tomando nota de esta realidad y comienzan a actuar en consecuencia, por más que les pese a analistas que relatan un partido que no se está jugando en la cancha que están mirando, lo que prolonga, en el complejo caso argentino, el terrible déficit que la dirigencia polÃtica presenta en materia de comprensión efectiva de la realidad polÃtica internacional y del papel de nuestro paÃs en este delicado contexto. Para estas damas y caballeros, como decÃa Albert Einstein, resulta más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.
La verdadera discusión ya no es quién dominará el sistema internacional, sino bajo qué reglas mÃnimas las grandes potencias aceptarán convivir, al menos durante el proceso de transición en curso. Hasta entonces Xi y Trump (¿y Putin?) parecieran cantar para escucha de las élites norteamericanas: "Don't carry the world upon your shoulders".
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