Opinión
Xi y Trump cantan "Hey Jude"
Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
Los líderes de las dos superpotencias reafirmaron su rechazo a la capacidad nuclear iraní y defendieron mantener abiertos los estrechos estratégicos. Taiwán es una "línea roja" para China, en un mensaje de Xi dirigido al Partido Demócrata.

Aquel que se disponga a ver Snowpiercer, la extraordinaria película de ciencia ficción dirigida en 2013 por un entonces ignoto Bong Joon-ho -años más tarde consagrado con el Oscar gracias a la tenebrosa Parasite-, encontrará en su escena final una revelación política perturbadora. 

Allí, el idealista Curtis (interpretado por Chris Evans) descubre por boca de Wilford (Ed Harris) el vínculo secreto que éste mantenía con Gilliam (John Hurt), el antiguo mentor de la rebelión impulsada por este joven, ya muerto para entonces. El desconcierto de Curtis es absoluto: el ideólogo que había inspirado el levantamiento que éste conduce era, en realidad, un aliado íntimo del poder. Ambos hablaban a escondidas cada noche para preservar el orden de aquel mundo cerrado y brutal con el que Curtis quería acabar, sin saber que lo reproducía.

El ejercicio de comprensión de la política internacional de hoy presenta una dinámica análoga a esa enseñanza. La coexistencia competitiva entre Estados que rivalizan en múltiples planos, pero que al mismo tiempo coordinan intereses estratégicos para evitar escenarios de ruptura sistémica. 

Los recientes gestos entre Donald Trump y Xi Jinping en ocasión de la reciente visita del presidente de los Estados Unidos a la República Popular China deben interpretarse en ese contexto.

 El huevo de la serpiente

La delegación de tecno-empresarios que acompañó a Trump (casi todos ellos con inversiones en China) nos permiten leer que, si bien Trump parece haber desistido de su promesa inicial de traer de vuelta a territorio norteamericano las fábricas de las empresas estadounidenses "deslocalizadas", también es cierto que la intención del mandamás americano parece haber sido ir a negociar con su par chino sobre puntos concretos de dos economías mucho más entrelazadas entre sí de lo que a los fans de ambos lados les gustaría.

En ese marco, la difusión por parte del PC chino de un video del encuentro entre ambos líderes en la residencia privada de Xi no constituyó un episodio comunicacional menor ni un simple ejercicio de propaganda. Fue una señal geopolítica deliberada. El hecho de que el material fuera traducido a doce idiomas -incluido el farsi- indica que el destinatario principal no era solamente la opinión pública occidental, sino también los centros de decisión iraníes y, por extensión, todo el arco de actores involucrados en Medio Oriente.

El contenido del mensaje es consistente con esa lógica. Trump enfatizó dos cuestiones: la negativa estadounidense a permitir una capacidad nuclear militar iraní y la necesidad de preservar abiertos los estrechos marítimos estratégicos. Seguridad nuclear y garantía de circulación comercial. Los dos pilares fundamentales del orden internacional contemporáneo. 

El contenido del mensaje es consistente con esa lógica. Trump enfatizó dos cuestiones: la negativa estadounidense a permitir una capacidad nuclear militar iraní y la necesidad de preservar abiertos los estrechos marítimos estratégicos. Seguridad nuclear y garantía de circulación comercial. Los dos pilares fundamentales del orden internacional contemporáneo.

 El silencio de Xi a su lado, luego del breve introito realizado y donde mencionó que esos fueron los ambientes en los que Mao recibió a Nixon y que representan la intimidad de los líderes chinos (recordó a Deng, a Jiang y a Hu), por cierto, un episodio mucho más relevante que la pompa desplegada en el ceremonial de Estado en el Palacio del Pueblo, debe interpretarse del modo en que los orientales intepretan el valor del silencio.

La precisión del lenguaje utilizado revela además un dato central: los acuerdos previos entre estructuras permanentes de poder. Paradójicamente, en nuestras sobreideologizadas costas, proliferaron en estos días en programas y streamings de todo tipo, analistas con lecturas que hablaron de la "humillación", la "claudicación" y la "rendición" de Trump, de una supuesta senilidad del presidente americano que explicarían sus yerros y contradicciones, entra otras extravagancias sorprendentes. 

Xi y Trump cantan "Hey Jude"

Por el contrario, una mirada desprovista del casi unánime consenso de "desprecio" a propósito del aspecto kitsch del líder estadounidense permitiría a los "expertos" ver que detrás de cada declaración, existió un trabajo técnico destinado a evitar interpretaciones desestabilizantes por parte de mercados financieros, complejos militares, cadenas energéticas o actores regionales que siguieron esta cumbre con la importancia que efectivamente tuvo. Los actores involucrados son perfectamente conscientes de que la diplomacia contemporánea debe funcionar cada vez más como administración preventiva de riesgos sistémicos, y así quedó demostrado en esta relevante cumbre.

¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?

Nuevamente, la decisión china de exhibir imágenes de cercanía personal y familiaridad dentro de la residencia de Xi tiene un significado cultural y político profundo. En Oriente, la construcción de confianza entre liderazgos posee un valor estratégico superior al estrictamente institucional, si a eso se le suma la edad de Trump (que en un Occidente moderno gerontofóbico se ve inversamente a la sustancia que los orientales ven en los hombres añosos) y su condición de hombre duro o "big man", como teorizó en su momento el antropólogo francés Maurice Godelier, arribamos a la conclusión de que China siempre se entenderá mucho más con hombres como Trump antes de hacerlo con líderes como Kamala Harris o Gavin Newsom, sólo por citar casos hipotéticos.

En términos más concretos y materiales, el dato más relevante parece encontrarse en el acuerdo energético entre Washington y Beijing. El entendimiento por 900 mil barriles diarios de petróleo que Estados Unidos se compromete a suministrar a China de inmediato, modifica parcialmente el esquema de dependencia de este último respecto del crudo iraní. Esto parecería no implicar, necesariamente, un abandono de Teherán por parte de Beijing, pero sí introduce un mecanismo de flexibilidad que reduce la capacidad iraní de convertirse en proveedor crítico excluyente. 

La decisión china de exhibir imágenes de cercanía personal y familiaridad dentro de la residencia de Xi tiene un significado cultural y político profundo. En Oriente, la construcción de confianza entre liderazgos posee un valor estratégico superior al estrictamente institucional, si a eso se le suma la edad de Trump (que en un Occidente moderno gerontofóbico se ve inversamente a la sustancia que los orientales ven en los hombres añosos) y su condición de hombre duro o "big man", como teorizó en su momento el antropólogo francés Maurice Godelier, arribamos a la conclusión de que China siempre se entenderá mucho más con hombres como Trump antes de hacerlo con líderes como Kamala Harris o Gavin Newsom, sólo por citar casos hipotéticos

La señal es importante porque expone una característica central de la política china actual: evitar alineamientos absolutos y reducir los riesgos de dependencia. Beijing busca sostener simultáneamente vínculos con Irán, Rusia, Estados Unidos y el Golfo Pérsico sin quedar atrapado en ninguna lógica binaria. Su prioridad no es la confrontación ideológica, sino la estabilidad del abastecimiento energético y la continuidad del crecimiento económico, dos temas realmente urgentes atento a los complejos desafíos que se les presentan en ambos frentes.

Algo similar ocurrió en el terreno tecnológico. La continuidad operativa de NVIDIA entre China, Taiwán y Estados Unidos sugiere que, detrás del discurso de desacople económico, subsiste una interdependencia estructural imposible de desmontar completamente. La cuestión taiwanesa sigue moviéndose dentro de la lógica inaugurada por Nixon y Kissinger: reconocimiento de una sola China, ambigüedad estratégica y postergación indefinida de una resolución definitiva que la China continental sabe inexorable, por lo que no tiene apuro en resolver en los inmediato. 

Que la contraparte en vivo y en directo de esa mención de "línea roja" haya sido Donald Trump no significa en modo alguno que sea él el destinatario último de ese mensaje. Por intermedio del presidente de los Estados Unidos, China advierte a todo el sistema político de ese país que no volverá a tolerar nunca más episodios como el protagonizado en 2022 por la entonces líder del belicoso Partido Demócrata, Nancy Pelosi.

Por otra parte, la mención de Xi a la trampa de Tucídides, un ejemplo utilizado en concordancia con el horizonte intelectual que los analistas occidentales demuestran, oculta que la mención esconde un mensaje que los analistas de la burocracia de Washington saben interpretar muy bien por la referencia implícita al pensamiento de una "vaca sagrada" de este grupo, como es el caso de Graham Allison, a quien, de resultar necesaria una decodificación más detallada, podrían visitar en su retiro de Carolina del Norte. Hay mucho para discernir a ese respecto, pero por lo pronto, pareciera oportuno ubicar el ejemplo histórico invocado circunscrito al caso Taiwán.

Xi y Trump cantan "Hey Jude"

En este sentido, la dirigencia china está convencida, tal como se lo anunciara Mao a Kissinger hace más de 50 años, de que el tiempo juega a su favor, cosa que Xi reforzó implícitamente al recalcar que los árboles que fascinaron al presidente de los Estados Unidos "llevan aquí 490 años". China no necesita precipitar una crisis militar sobre Taiwán si el equilibrio económico y tecnológico continúa ampliando gradualmente su influencia regional.

 La paciencia estratégica sigue siendo uno de los principales activos de Beijing, un atributo por sobre todo psicológico, que Occidente, en las condiciones actuales, no puede contrapesar, menos aún cuando la enfermedad de la época de este lado del mundo, es la ansiedad.

Más significativo resultó el aparente entendimiento en materia de inteligencia artificial aplicada al ámbito militar (y solamente militar). Si efectivamente Washington y Beijing coincidieron en limitar el control de estos sistemas exclusivamente a estructuras estatales, en un mensaje que también deben receptar aquellos que se desgañitan por posicionar a los Estados nación (o Estados civilización) como parte del pasado, el dato revela una transformación conceptual profunda: las grandes potencias empiezan a considerar que ciertas tecnologías críticas no pueden quedar bajo dominio privado o descentralizado, por más sofisticadas que sean las elaboraciones teóricas que desde Barrio Parque, en la ciudad de Buenos Aires, realicen los dueños de Palantir.

Más Mahbubani y menos Varoufakis

La discusión ya no gira únicamente alrededor de la supremacía tecnológica, sino del monopolio legítimo de capacidades estratégicas. En otras palabras, los Estados centrales buscan evitar que corporaciones, actores transnacionales o países periféricos accedan a herramientas capaces de alterar los balances militares globales.

Los 23 acuerdos firmados anunciados por Trump -muchos de ellos todavía no divulgados- parecen formar parte de esa arquitectura de estabilización competitiva. Incluso la fecha prevista para la próxima reunión bilateral posee una dimensión política evidente. Realizar un encuentro cuarenta días antes de las elecciones de medio término estadounidenses, que todos creen que el oficialismo perderá, permite al Presidente de ese país exhibirse como actor capaz de negociar directamente con China desde una posición de liderazgo global. Una pregunta que no debiera quedar sin hacerse es cómo Xi acepta el convite para ese momento de plena campaña electoral. ¿Alguien lo acusará de injerencista?

Finalizada la cumbre se anunció una visita de Vladimir Putin a Beijing prevista para las próximas semanas, y la expectativa de un eventual encuentro entre Trump y el líder ruso durante la próxima reunión del G20 en el mes de noviembre en Miami (que sin dudas revestirá importancia histórica y será para alquilar balcones), hechos que indican que el sistema internacional se encamina hacia una dinámica de concertación restringida entre grandes potencias (tal vez en el mediano plazo con Europa e India como variables de ajuste del equilibrio de poder). Mientras que los expertos locales, sobre todo hombres y mujeres de la academia, denuncian la destrucción del supuesto orden internacional basado en reglas, el nuevo orden tiende previsiblemente a un escenario de competencia estratégica más o menos estable, acompañado de coordinación selectiva. 

Xi y Trump cantan "Hey Jude"

Las almas nobles siguen invocando el discurso del ex Director del Banco de Inglaterra y actual primer ministro canadiense, Mark Carney, en la última reunión del Foro de Davos, en el que invita a las potencias medias a una asociación que dé sobrevida a un orden internacional que, si miramos bien, se extendió tan sólo 70 años en el curso de la historia. Inserto dentro del marco teórico del concepto del "fin de la historia", muchos "pensadores críticos" parecerían considerar ese lapsus el punto final de la evolución histórica de la política internacional. Omiten considerar que, en una disputa de potencias como la que se produce hoy a todas luces, la autonomía relativa de esas potencias medias se reduce sensiblemente.

En esta línea de razonamiento, América Latina tampoco queda fuera de este reajuste. Las referencias de Trump momentos antes de subirse al Air Force 1 de regreso a DC sobre Cuba y los movimientos recientes de Washington respecto de La Habana sugieren que la política hemisférica de pies de plomo continuará. 

La combinación entre ayuda humanitaria que el Secretario de Estado Marco Rubio anunció en simultáneo a la negativa del gobierno del presidente cubano Miguel Diaz-Canel a aceptarla (en un evidente gesto de intentar quebrar el frente interno cubano), la presión diplomática y mediática incesante y los contactos reservados con sectores históricos del poder de la isla luego de la visita que días atrás efectuó el director de la CIA, John Ratcliffe, indica que Estados Unidos busca ampliar márgenes de influencia ante un eventual escenario de transición interna.

En conjunto, todos estos movimientos revelan un cambio de época. El mundo no parece dirigirse hacia una fragmentación absoluta, sino hacia un sistema de administración compartida del conflicto entre potencias. Estados Unidos, China y Rusia continúan disputando poder, influencia y supremacía tecnológica, pero simultáneamente reconocen que ciertos niveles de coordinación son indispensables para evitar un desorden global incontrolable. 

Los mignons (y no tan mignons) del sistema internacional están tomando nota de esta realidad y comienzan a actuar en consecuencia, por más que les pese a analistas que relatan un partido que no se está jugando en la cancha que están mirando, lo que prolonga, en el complejo caso argentino, el terrible déficit que la dirigencia política presenta en materia de comprensión efectiva de la realidad política internacional y del papel de nuestro país en este delicado contexto. Para estas damas y caballeros, como decía Albert Einstein, resulta más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

La verdadera discusión ya no es quién dominará el sistema internacional, sino bajo qué reglas mínimas las grandes potencias aceptarán convivir, al menos durante el proceso de transición en curso. Hasta entonces Xi y Trump (¿y Putin?) parecieran cantar para escucha de las élites norteamericanas: "Don't carry the world upon your shoulders".

Publicar un comentario
Para enviar su comentario debe confirmar que ha leido y aceptado el reglamento de terminos y condiciones de LPO
Comentarios
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellas pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algun comentario violatorio del reglamento de terminos y condiciones será eliminado e inhabilitado para volver a comentar.
Más de Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita

El huevo de la serpiente

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La última Conferencia de Seguridad de Münich cristaliza tendencias generales que deben asimilarse para definir el juego internacional que la Argentina debe jugar en los próximos años.

El que avisa no traiciona

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La Estrategia de Seguridad de Donald Trump, lejos de agotarse en el plano discursivo, está delineando un nuevo orden hemisférico cuyas manifestaciones concretas ya son visibles.
Sierra Maestra en Oslo

Sierra Maestra en Oslo

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
Las últimas semanas han sido testigo del ordenamiento de un dispositivo de presión y acción psicológica no sólo sobre el gobierno venezolano, sino sobre la opinión pública internacional, a fin de predisponerla a hechos que parecen inminentes.

El centro de gravedad y la torre de Juan González

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
El anunció de un "Acuerdo marco" de comercio e inversiones entre Estados Unidos y Argentina se inserta en un proceso más amplio de reordenamiento hemisférico, en el cual Washington busca recuperar control estratégico ante la presencia china y la creciente competencia global.

Entre Alaska y Tianjin. Realismo o irrelevancia

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
El análisis que siguió a las cumbres recientes en Alaska y Tianjin pasó prácticamente desapercibido en Argentina. La mirada insular de nuestros medios y analistas es pobre y evidencia una peligrosa desconexión con procesos que impactan de forma directa en nuestro porvenir como nación.

¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?

Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La ausencia de un foro de seguridad regional que sostenga una discusión profesional y constante sobre los desafíos en esta materia dice mucho sobre el estado de América del Sur.