Opinión
¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?
Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La ausencia de un foro de seguridad regional que sostenga una discusión profesional y constante sobre los desafíos en esta materia dice mucho sobre el estado de América del Sur.

Mientras el mundo multipolar debate su futuro en foros estratégicos que reúnen a gobiernos, empresas y sociedad civil, América del Sur carece de un espacio profesional y permanente para pensar colectivamente sus desafíos de seguridad. 

La fragmentación política, la falta de cultura estratégica y la desconexión entre conocimiento y poder frenan el desarrollo de una voz regional autónoma en un escenario global cada vez más tenso y competitivo.

En diversas regiones del mundo se han consolidado espacios estratégicos donde el presente y el futuro del orden internacional se debaten con amplitud, profundidad y pluralidad. Encuentros como la Conferencia de Seguridad de Múnich, el Club de Valdái en Rusia, el Foro Diplomático de Anatolia, el Encuentro de Beku en Georgia o la Conferencia de Seguridad Hemisférica en Miami reúnen año tras año a diplomáticos, empresarios, académicos, periodistas, militares retirados y representantes de la sociedad civil para reflexionar sobre los grandes desafíos globales. Todos entienden que, en el mundo actual, la seguridad ya no es monopolio de los Estados: compromete a todos los actores de la agenda internacional.

En este tipo de foros, la conversación no gira en torno a un gobierno o a un conflicto puntual, sino a las tensiones estructurales del sistema internacional. La multipolaridad emergente, las disputas tecnológicas, la seguridad en sus múltiples dimensiones, los recursos estratégicos, el cambio climático o la gobernanza digital son temas recurrentes. 

También lo son, por supuesto, las guerras en curso. Estos espacios no son institucionales ni burocráticos: son laboratorios de pensamiento estratégico, herramientas de influencia blanda, arenas de construcción de agenda -y, también, de lobby, presión y persuasión-. Pero lo esencial es que en ellos conversan sectores diversos que comparten la voluntad de pensar en común el destino de sus regiones en un mundo en transición, un proceso que, como ya se ha dicho, llevará décadas.

Munich y la era de la audacia 

Todas las regiones del planeta cuentan con al menos un foro de este tipo. Salvo América del Sur. Un dato, cuanto menos, llamativo. Más aún en una región históricamente atravesada por graves déficits en materia de seguridad: la más violenta del mundo, con pandillas, narcotráfico, trata y tráfico de personas, violencia urbana, injerencias extrarregionales, grupos armados irregulares, violaciones sistemáticas a los derechos humanos, migraciones forzadas. Todo esto -y más- en una sola región.

Las causas de esta omisión pueden ser múltiples. Pero hay al menos cuatro elementos que no deberían ser soslayados. Primero, una notoria falta de creatividad y coordinación regional en el pensamiento estratégico. 

Segundo, el desinterés de ciertos países cuyo posicionamiento internacional no depende de instituciones representativas ni de agendas transparentes, por lo que prefieren evitar discusiones incómodas. 

Tercero, la resistencia de actores estatales a debatir temas sensibles como la seguridad en foros con participación de sociedad civil o academia -fundamentales, aunque a veces con posiciones maximalistas o representatividades discutibles-. Y cuarto, la posible reticencia de grandes compañías proveedoras de servicios de seguridad que, ante la eventual emergencia de competidores regionales con capacidades tecnológicas, podrían ver amenazados sus intereses.

La fragmentación política, la falta de cultura estratégica y la desconexión entre conocimiento y poder frenan el desarrollo de una voz regional autónoma en un escenario global cada vez más tenso y competitivo

Existen, claro, cumbres de jefes de Estado como la CELAC, la Comunidad Andina, la Alianza del Pacífico o el intento inconcluso de revivir UNASUR. Pero no están enfocadas en esta problemática. Tal vez con la excepción de las reuniones de ministros del Interior y Seguridad del MERCOSUR, instancias cada vez más burocratizadas, que parecen haber perdido toda gravitación real.

 También hay think tanks relevantes -como el CARI en Argentina o el CEBRI en Brasil- y centros académicos con producción destacada, aunque ninguno con el volumen, la jerarquía o la proyección internacional de los foros mencionados. Todos ellos podrían integrarse a un nuevo esfuerzo regional, aún por diseñar y promover.

Cumbre Celac-China.

Resulta sorprendente que, transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, no se haya avanzado en la conformación de un ámbito profesional y estable de reflexión estratégica, que trascienda coyunturas electorales, alineamientos ideológicos, simpatías personales y fronteras nacionales. Un espacio que permita pensar con autonomía y profundidad los desafíos de seguridad de América del Sur, en un mundo en guerra.

La carencia no es menor, y revela una de las grandes fragilidades estructurales de nuestra región: la falta de una cultura estratégica regional. Por más que esa expresión se repita como mantra en seminarios y documentos oficiales, la realidad es otra. El pensamiento sobre el poder, los conflictos globales, las tendencias tecnológicas o los recursos estratégicos queda relegado a márgenes académicos o institucionales, sin conexión con políticas públicas medianamente coordinadas. Estas suelen improvisarse sobre la marcha, poco antes de las reuniones multilaterales de siempre -la OEA, por caso, sigue deambulando como un cadáver insepulto-.

La fragmentación política e ideológica sigue siendo un obstáculo estructural que impide consolidar miradas comunes, incluso sobre problemas compartidos: la crisis climática, la inseguridad alimentaria, la presión migratoria en la frontera colombo-panameña, la dependencia tecnológica, la acción de grupos armados. Las iniciativas de integración de los años '80, '90 y 2000, con todos sus límites, al menos expresaban una voluntad política de proyectar en común. Hoy ni eso: los liderazgos regionales parecen haber reducido sus vínculos a afinidades personales o gestos de oportunidad. 

El pensamiento sobre el poder, los conflictos globales, las tendencias tecnológicas o los recursos estratégicos queda relegado a márgenes académicos o institucionales, sin conexión con políticas públicas medianamente coordinadas. Estas suelen improvisarse sobre la marcha, poco antes de las reuniones multilaterales de siempre -la OEA, por caso, sigue deambulando como un cadáver insepulto-.

Además, la región sigue observando el debate internacional con una actitud insular. En la mayoría de nuestros países, los marcos de análisis siguen siendo anglosajones. Los enfoques "críticos" o "desde el Sur" no logran ganar legitimidad, salvo honrosas excepciones. Se analizan los movimientos de las grandes potencias, pero rara vez se formula una voz propia, desapasionada, basada en datos, tendencias y evidencias. Tal vez porque hay demasiados "internacionalistas" y muy pocos "geógrafos": sobran los diagnósticos ideológicos, faltan mapas mentales.

Las autoridades políticas y burocráticas que no articulan la producción académica con el diseño de política exterior terminan reaccionando tarde, mal y con escasos recursos. La producción de inteligencia existe, pero no se aprovecha. Y mientras tanto, los recursos estratégicos que posee la región -litio, agua dulce, biodiversidad, cobre, energías renovables y nuclear, capacidad alimentaria, tierras raras- no se traducen en mayor influencia ni densidad regional. Que América del Sur ocupe un lugar central en los mapas del futuro es tan estimulante como amenazante.

La ausencia de un espacio como el que aquí se propone habla no sólo del estado de la región, sino también del de sus élites. Y no sólo de la dirigencia política, sino también empresarial, intelectual, académica, diplomática, militar. Mientras algunos se frotan las manos por las oportunidades que se abren, pareciera que la única expectativa es que la ecuación energética y la balanza comercial mejoren por inercia. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿quién va a proteger esa nueva configuración geoeconómica?

Por un lado, persiste la falta de una cultura regional de pensamiento estratégico, capaz de orientar decisiones de largo plazo. Las respuestas siguen siendo reactivas, tecnocráticas y coyunturales. Por otro lado, las iniciativas de integración están desarticuladas por rivalidades ideológicas o simples caprichos presidenciales. Y en tercer lugar, se observa el mundo sin voz propia: América del Sur asiste como espectadora a la disputa global, sin articular una agenda común en materia de seguridad.

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Finalmente, el capital humano está disperso. Muchos talentos regionales -diplomáticos, estrategas, investigadores- trabajan en el exterior o en burbujas académicas con lógicas tribales, que no articulan visiones nacionales ni mucho menos regionales. Las capacidades existen, pero están fragmentadas y autogestionadas. Las preferencias personales, el amiguismo y la ideologización siguen condicionando cualquier iniciativa que -considerando el contexto global- ya no admite más demoras.

La creación de un foro sudamericano de reflexión estratégica no es una cuestión de prestigio simbólico. Es una necesidad urgente si la región aspira a desempeñar un rol relevante -o al menos a garantizar su seguridad común- en un mundo cada vez más volátil, fragmentado y peligroso. O Sudamérica encuentra el modo de pensarse en común, o seguirá siendo apenas una geografía rica con pensamiento importado y decisiones ajenas.

¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?
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  • 1
    loleiva
    31/08/25
    16:08
    A los señores articulistas: respetuosamente, parece que han dejado pasar la aplicación de un adjetivo en el título de la misma, para saber de qué "seguridad" iban a desarrollar en el mismo, porque aún sin dejar de abordar la seguridad exterior estratégica de las naciones, no se mencionan o profundizan temas de otros tipos de "seguridad" que pueden afectar las relaciones internacionales. Si coincido plenamente que no hay organizaciones serias en nuestra región (mucho menos en nuestro pais) para analizar holísticamente los temas de seguridad que deberían preocupar a los gobiernos, especialmente al argentino..
    Responder
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