La candidatura a secretario general de la ONU del embajador argentino simboliza la idea de que el multilateralismo solo conservará legitimidad si continúa ofreciendo resultados concretos en los asuntos más sensibles. |
La elección del sucesor de António Guterres al frente de las Naciones Unidas está en marcha y en esta oportunidad tiene especial relevancia ya que constituye un buen termómetro del estado del orden internacional y su futuro inmediato. Si bien el proceso cuenta con una instancia de audiencias públicas que se están llevando adelante, combina además negociaciones diplomáticas de alta polÃtica y una decisión final en la que el Consejo de Seguridad conserva su poder de veto antes de que la Asamblea General formalice la designación del candidato.
El escenario, sin embargo, es muy distinto al de 2016, cuando Guterres fue elegido. Diez años después el mundo atraviesa un nivel de fragmentación geopolÃtica inédito en décadas. Las rivalidades entre las grandes potencias se han profundizado, los conflictos armados se multiplican y el consenso multilateral atraviesa una de sus etapas más frágiles, al menos en los términos en los que lo conocemos. El proceso de elección comenzó 2026 con cuatro candidatos, cada uno con su historia y sus particularidades.
Tal es el caso de Macky Sall, quien tras doce años como presidente de Senegal y un papel relevante en la representación africana, buscó posicionarse como la voz del difuso "Sur Global", impulsando una reforma del Consejo de Seguridad que otorgue mayor peso a los paÃses en desarrollo. Sin embargo, su candidatura nunca logró consolidar un respaldo unificado dentro del continente africano, atrasvesado por el interés de las grandes potencias que lo desgajan, reflejando de este modo las agudas divisiones regionales. Esa fragmentación terminó debilitando sus posibilidades y fue el primero en declinar su candidatura.
Michelle Bachelet llega con una de las trayectorias polÃticas e institucionales más sólidas. Dos veces presidenta de Chile, fue posteriormente directora ejecutiva de ONU Mujeres y alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Bachelet representa, en muchos aspectos, el multilateralismo de la globalización de las últimas décadas, combinando experiencia polÃtica con una firme defensa de los derechos humanos.
Macron recibió a Bachelet y sugiere apoyo para la ONU
Sin embargo, su candidatura también enfrenta resistencias. La llegada al poder en su paÃs del presidente José Kast implicó automáticamente la pérdida del respaldo oficial, un hecho que suele ser letal para este tipo de candidaturas. Si bien es cierto que la agenda global que Bachelet representa goza hoy de un importante respaldo, no sólo de los gobiernos y organizaciones vinculadas al Global Progressive Movilisation, sino en sectores de la opinión pública, no es menos cierto que esa misma agenda está hoy en abierta discusión y parte del respaldo inicial de Bachelet se va licuando con la derrota de los gobiernos que inicialmente empujaban su candidatura, caso del mencionado Chile y más recientemente Colombia.
Además, en China y Rusia (miembros del Consejo de Seguridad) todavÃa recuerdan los informes crÃticos de la entonces comisionada para los Derechos Humanos de la ONU. Aún asÃ, conserva apoyos significativos entre gobiernos progresistas de Iberoamérica, como España, Mexico y Brasil, y comparte con Rebeca Grynspan, y sobre todo con MarÃa Fernanda Espinosa, otra de las candidatas, un elemento de significativo peso simbólico: el respaldo de un fuerte lobby internacional (como es el caso de GWL Voices presidida por la ex canciller argentina Susana Malcorra) que entiende que, por primera vez en la historia de la organización, la SecretarÃa General debe ser ocupada por una mujer.
Por su parte, Rebeca Grynspan, se presenta como una constructora de consensos en tiempos de creciente desgaste institucional. Economista, ex vicepresidenta del gobierno de José MarÃa Figueres en Costa Rica (quien entre los años 2000 y 2004 dirigirÃa nada más y nada menos que el Foro de Davos) y actual jefa de la UNCTAD, fue secretaria general adjunta de Ban Ki Moon, desempeñándose además en organismos como la CEPAL y el BID. Grynspan propone una ONU más ágil, orientada al desarrollo, los resultados y menos condicionada por la propia burocracia que integra e integró.
Su discurso combina una firme defensa del multilateralismo al estilo Mark Carney, con una fuerte sensibilidad social y un compromiso sostenido con la igualdad de género. Uno de sus principales objetivos, afirmó, será consolidar el liderazgo femenino en el centro de la gobernanza global.
Pero el caso de la candidata costarricense presenta sutiles diferencias con el de Bachelet que al observador superficial pueden pasarsele por alto. Si bien ambas figuras parecen reunir coincidencias muy marcadas (mujeres, progresistas liberales, latinoamericanas, una ex presidenta y otra ex vicepresidenta, trayectorias previas en altos cargos en la ONU, etc.), Grynspan representa la busqueda de una mayor eficiencia en la gestión de los organismos del sistema.
Además, hay otro dato importante con el que le saca una ventaja relativa a Bachelet, y es que puede mostrar un logro diplomático muy concreto al reconocersele un papel relevante en las negociaciones del Black Sea Grain Initiative, el acuerdo que permitió durante un tiempo (el mismo en el que el presidente Alberto Fernandez sostenÃa que era inmoral sacar ventaja) reanudar las exportaciones de granos desde Ucrania en plena operación militar especial rusa. Esa experiencia le permite a Grynspan presentarse como una negociadora de crisis más que como una figura polÃtica tradicional, como es el caso de Bachelet.
Además, la ex vicepresidenta de Costa Rica ha sumado recientemente al apoyo de Brasil, más interesado en impedir la victoria del tercer candidato, el argentino Rafael Grossi, poniendo en evidencia no sólo la conducta histórica y contumaz de Itamaraty respecto de los contextos en los que Argentina logra una ventaja circunstancial, sino el papel de Lula III (que no es Lula I y II) convertido en una figura de culto para el progresismo internacional y ciertas universidades norteamericanas de élite.
Una deuda del gobierno con la ONU complica la candidatura de Rafael Grossi
En efecto, el caso del embajador Rafael Grossi, el que pareciera pagar menos en las apuestas, resulta especialmente interesante porque construyó su proyección internacional aprovechando la ventana de oportunidad que inauguró este nuevo momento histórico en base a la más rigurosa tradición diplomática (muy distinto de aquél en el que el gobierno argentino, al mando de la presidenta Cristina Kirchner, muy inteligentemente lo promovió, primero como embajador de nuestro paÃs en Austria, para luego posicionarlo como candidato a la dirección adjunta de la Agencia que hoy dirige).
Al frente del Organismo Internacional de EnergÃa Atómica desde 2019, Grossi debió desenvolverse en algunos de los escenarios más delicados de la polÃtica internacional de los últimos años, garantizando en el terreno la seguridad de la central nuclear de Zaporiyia en Ucrania o inspeccionando in situ el programa nuclear iranÃ. Si bien su perfil es esencialmente técnico, supo hacer de la necesidad virtud, desplegando una intensa capacidad polÃtica: negociación con las principales potencias, administración de crisis complejas, mantenenimiento de canales de diálogo con actores enfrentados.
Grossi goza hoy en paÃses como China, Rusia y Estados Unidos, de una alta consideración, al tiempo que practica una diplomacia muy cara este tipo de actores. El mayor desafÃo a su candidatura lo presenta el veto británico, paÃs con el cual Brasil ha firmado recientemente un acuerdo estratégico en seguridad y defensa, en una de las maniobras más agresivas de este último contra nuestro paÃs de las que se tenga memoria histórica.
La candidatura de Grossi simboliza la idea de que el multilateralismo solo conservará legitimidad si continúa ofreciendo resultados concretos en los asuntos más sensibles, especialmente en el marco de las agendas de seguridad internacional que interesan hoy más que nunca a las grandes potencias.
Con un Estados Unidos harto de financiar mayoritariamente una organización que, según el gobierno de ese paÃs, es abiertamente antinorteamericana, y con paÃses como Rusia y China reclamando reformas que reflejen los nuevos equilibrios de poder, el mandato original de la Carta y, como los llama el canciller ruso Sergei Lavrov, el espÃritu de los "padres fundadores", la figura de Grossi parece representar mejor los consensos existentes entre los protagonistas del proceso de transición en curso, que las candidatas progresistas.
Quien resulte elegido no tendrá únicamente la tarea de administrar la mayor organización internacional del mundo después de la FIFA. Deberá, probablemente como ningún otro secretario general desde la creación de la ONU, liderar la redefinición del papel de la institución y recuperar una relevancia que hoy aparece profundamente erosionada. Con guerras abiertas, crisis humanitarias en todos los continentes y un Consejo de Seguridad paralizado por el uso del veto, Naciones Unidas no tiene hoy la legitimidad necesaria para cumplir su mandato.
Si esta oportunidad se desaprovecha, la organización podrÃa ingresar en una etapa de declive comparable al de la Sociedad de las Naciones. Pero el verdadero desafÃo trasciende a la propia ONU. Lo que está en juego no es únicamente el futuro de una institución que no existe sino por decisión de los Estados nación, sino la vigencia del principio que le dio origen y justifica su existencia: la convicción de que, aun en un mundo atravesado por rivalidades y conflictos que escalan, el multilateralismo es la mejor forma de ofrecer soluciones duraderas a los problemas de la seguridad internacional.
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