La Estrategia de Seguridad de Donald Trump, lejos de agotarse en el plano discursivo, está delineando un nuevo orden hemisférico cuyas manifestaciones concretas ya son visibles. |
El documento de la National Security Strategy (Estrategia de Seguridad Nacional o ESN), presentado por la administración de Donald Trump en diciembre de 2025, debe leerse como la cristalización de un proceso histórico más largo: el agotamiento del orden internacional surgido tras el fin de la Guerra Fría.
Durante las décadas de 1990 y 2000, la política exterior estadounidense se estructuró sobre la premisa de que el Estado-nación perdería centralidad frente a un sistema internacional basado en principios transnacionales, en el que las democracias serían intrínsecamente pacíficas y las autocracias, por definición, inestables y violentas.
Esa cosmovisión legitimó intervenciones políticas, económicas y militares bajo el paraguas de los derechos humanos y de la expansión del orden liberal, fenómeno que los países emergentes caracterizaron como "imperialismo humanitario", desde Tiananmén hasta Yugoslavia, Ruanda y Medio Oriente. Ese fenómeno también explica la consolidación de la Unión Europea tras la unificación alemana, así como el ingreso de China, promovida por Clinton, a la OMC y con ello el inicio del fin.
Ese consenso comenzó a resquebrajarse a medida que la globalización mostraba sus límites, tanto en términos de desigualdad interna en las sociedades occidentales como de incapacidad para producir estabilidad sistémica. La ilusión noventista del "fin de la historia" y de la "aldea global" fue cediendo ante un retorno progresivo del realismo geopolítico y de la lógica de las esferas de influencia.
En ese contexto histórico se inscribe la ESN de Trump, que explicita lo que ya venía ocurriendo: la renacionalización de la política internacional y la reivindicación del Estado-nación como unidad política fundamental.
La estrategia presentada expresa un realismo descarnado, alineado con la doctrina America First, que se distancia tanto del idealismo liberal -calificado de "utópico" por el Secretario de Guerra Pete Hegseth- como de los compromisos multilaterales que caracterizaron etapas anteriores de la política exterior estadounidense, al menos en su formulación formal.
A diferencia de estrategias precedentes, centradas en la competencia global con China o en el sostenimiento de alianzas en Europa y Medio Oriente, la actual redefine las prioridades del poder estadounidense a partir de una premisa simple: Estados Unidos ya no pretende sostener una hegemonía global indiscriminada, sino identificar intereses vitales, jerarquizarlos y concentrar recursos en aquellos espacios considerados estratégicos.
Ese razonamiento se apoya en la idea de que intentar abarcar todo equivale, en los hechos, a no concentrarse en nada. Por ello, la ESN afirma que los intereses fundamentales de la seguridad nacional estadounidense serán priorizados, reconociendo que ponerlos en riesgo tendría consecuencias graves, sin que ello implque, becesariamente, negar la existencia de intereses secundarios. En coherencia con esta lógica, el documento reafirma principios de no injerencia, no intervención e igualdad soberana, retomando formalmente los postulados fundantes de la Carta de las Naciones Unidas, aunque reinterpretados desde una óptica estrictamente nacional.
El cuadro de situación actual que emerge de la ESN muestra una redefinición nítida de los intereses prioritarios estadounidenses. De manera inequívoca, el documento sitúa en el centro al hemisferio occidental -el continente americano y Europa- y sostiene que la seguridad de Estados Unidos depende de que América del Norte, Centroamérica, Sudamérica y el Caribe permanezcan estables, alineados con Washington y libres de influencias extrahemisféricas hostiles. Se trata de una actualización explícita de la Doctrina Monroe, resignificada como el "Corolario Trump".
Bajo esta lógica, la administración afirma su voluntad de impedir que potencias externas amplíen y consoliden posiciones estratégicas en la región mediante inversiones, cooperación militar o acuerdos económicos que erosionen la influencia tradicional estadounidense.
Lejos de quedar en el plano discursivo, esta orientación ya ha tenido manifestaciones concretas: el refuerzo de la presencia naval y militar en el Caribe y el Atlántico, operaciones contra el denominado "narcoterrorismo", acciones de presión sobre gobiernos considerados adversarios y, de manera descarada, la operación Resolución Absoluta sobre Caracas y la exfiltración del presidente Nicolás Maduro. Todo ello debe interpretarse como el despliegue efectivo del poder estadounidense y la ocupación de hecho del espacio que considera vital.
Estas acciones han generado críticas y debates sobre su legalidad y sus consecuencias de largo plazo, incluso dentro de la propia institucionalidad estadounidense. Sin embargo, la indignación de muchos analistas mediáticos suele pasar por alto el principio fundante del realismo político formulado por Tucídides en su monumental Historia de la Guerra del Peloponeso: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles aceptan lo que deben. En este marco, la indignación moral no modifica la correlación de fuerzas, tal como entendió perfectamente Carlos Escudé, ahora reivindicado post-mortempor los mismos que lo denostaron en vida.
Aunque la ESN no abandona frentes tradicionales como el Indo-Pacífico, la lucha contra el terrorismo o la proliferación de armas de destrucción masiva, estos aparecen subordinados al "espacio interior" estratégico hemisférico. Con un movimiento relativamente simple, como si se tratase de un quiebre de cintura de Ariel Arnaldo Ortega, se consolida así una transformación estructural: Iberoamérica deja de ser el "patio trasero" para convertirse en prioridad geopolítica de primer orden. Ye hemos dicho que hay que tener cuidado con lo que se desea.
En paralelo, el documento formula críticas explícitas a los aliados europeos, a quienes acusa de no compartir las prioridades de seguridad de Washington, en continuidad con el discurso pronunciado por el vicepresidente J. D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025. Allí se sugiere que Europa atraviesa una crisis civilizatoria producto de políticas migratorias y económicas fallidas, pérdida de identidad, censura normalizada, baja natalidad, sobrerregulación y debilitamiento cultural. Según esta mirada, el continente estaría ingresando en una fase de debilidad estructural que podría llevarlo a dejar de existir en los términos en que se lo ha conocido.
En cuanto a la evolución probable del fenómeno, resta determinar si el repliegue estadounidense es más retórico que efectivo. Las críticas a la ESN no provinieron solo del arco Demócrata o líberal -expresadas en think tanks como Brookings Institution o Stimson Center-, sino también de figuras republicanas como John Bolton, ex consejero de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump y ebajador de Bush ante las Naciones Unidas. Bolton sostiene que el presidente no conoce en detalle la estrategia y que el documento refleja la influencia de una línea aislacionista minoritaria del Departamento de Estado, lo que lo vuelve, según él, incoherente y contradictorio.
La contradicción aparece cuando la ESN afirma que Estados Unidos no impondrá sus valores a China o Rusia, pero adopta un tono severamente crítico hacia Europa. Del mismo modo, mientras proclama una reducción de la intervención internacional, el propio Trump ha reconocido operaciones en África y Asia, además de acciones de presión ejemplificadoras sobre Panamá, ni que hablar de Venezuela y ahora Groenlandia, a la que el presidente considera estratégicamente más próxima al Estado de Maine que a la ciudad de Copenhague.
La ESN enumera finalmente los activos que, desde una perspectiva morgenthauana clásica, sostienen el poder estadounidense: un sistema político "ágil"; la principal economía mundial; los mercados financieros y la moneda de reserva global; el ejército más poderoso del planeta; una extensa red de aliados; una geografía privilegiada; un poder blando cultural significativo; y el patriotismo del pueblo estadounidense. A ello se suman prioridades como el control de cadenas de suministro clave y el liderazgo en inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica, junto con la reindustrialización, el crecimiento económico y el fortalecimiento de la clase media como base del poder nacional.
En este contexto, la ESN introduce una cláusula que no debería pasar desapercibida: Estados Unidos no debe ignorar a gobiernos con perspectivas diferentes, con los cuales, no obstante, comparte intereses y que desean cooperar. Allí se abre un intersticio estratégico que la Argentina debería saber leer.
La redefinición del hemisferio occidental como prioridad implica riesgos, pero también oportunidades, siempre que el país logre articular una estrategia propia que integre seguridad y defensa, integración territorial -Malvinas, islas del Atlántico Sur, espacios marítimos y proyección antártica-, comercio, inversiones y desarrollo científico-tecnológico e industrialización.
El documento cierra sintetizando su enfoque bajo el principio de "la paz a través de la fuerza", retomando la máxima de Vegecio: si vis pacem, para bellum. En línea con las interpretaciones de Emmanuel Todd, la descomposición del orden internacional tiene su raíz en las tensiones internas de las sociedades occidentales y en la crisis de sus élites dirigentes. En semejante escenario, equivocarse en la lectura del tablero internacional puede tener un costo no solo político, sino existencial.
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