La última Conferencia de Seguridad de Münich cristaliza tendencias generales que deben asimilarse para definir el juego internacional que la Argentina debe jugar en los próximos años. |
Inmediatamente después de concluida la Conferencia de Seguridad de Münich (CSM) de 2025, escribimos una nota aquí con las resonantes consideraciones de entonces y en el entendimiento de que se trataba de un espacio cuya gravitación comenzaba a otorgarle un protagonismo que hasta entonces desconocía, más allá de la relativa relevancia que siempre tuvo desde su fundación en los años 60s.
Finalizado el evento de este año, la impresión predominante se muestra inequívoca: el orden internacional atraviesa una fase de geopolítica áspera y competitiva, y la puja entre potencias, la división en el terreno tecnológico y la preocupación por la solidez de las cadenas de suministro ya no son conjeturas teóricas, sino rasgos estructurales del escenario internacional en curso y, en especial, por venir.
En los encuentros reservados, la intervención del secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, instó a robustecer el vínculo transatlántico con un discurso que, en los sustancial, continuó la línea del vicepresidente J.D.
Vance del año pasado pero esta vez en un tono y una forma mucho más persuasivo y componedor, fue escuchado con cautela por numerosos líderes europeos. Más allá de matices nacionales, prevalece la idea de que Europa intenta lentamente profundizar su autonomía estratégica y su seguridad.
No se trata necesariamente de un distanciamiento de Washington, sino del convencimiento de que un sistema internacional fragmentado exige mayor capacidad propia en defensa, tecnología y energía.
Las actuales circunstancias que se suceden en el plano internacional han hecho que recientemente el eje del debate mundial se desplace desde foros económicos orientados a la cooperación empresarial, como el Foro Económico Mundial, hacia ámbitos centrados en la estrategia y la seguridad, donde la Munich Security Conference ocupa un lugar destacado.
En estos días (cuando promediamos la redacción de este artículo se desatan las acciones en Irán) se puede afirmar que la CSM ha comenzado a desplazar a Davos como el termómetro real del clima de época. En un mundo en el cual la seguridad se impone sobre la economía como principio ordenador, el comercio y la inversión de securitizan, los flujos dejan de ser puramente económicos para volverse estratégicos. En particular, ciertas cadenas de valor son las que concentran especial atención: tecnología, energía, minerales críticos, datos y economía digital obligan a países y empresas a adaptarse para no morir en este contexto de radical transformación.
Entre las principales conclusiones que dejó Münich sobresale la consolidación de una economía europea orientada de manera sostenida a la defensa tras la guerra en Ucrania. La disputa tecnológica -en áreas como semiconductores, inteligencia artificial, energía nuclear, satélites y ciberseguridad- se perfila como el núcleo del poder en los próximos años.
La transición energética, por su parte, se interpreta cada vez más en clave de seguridad nacional, con énfasis en minerales estratégicos. Se puede observar que es un error considerar a la globalización extinta, pero indudablemente adopta, sin embargo, una lógica más regional, con cadenas de suministro más cortas, alianzas selectivas y diplomacias económicas mucho más activas.
Una nueva oportunidad para para redoblar los esfuerzos del mandato integracionista regional como un imperativo histórico ineludible, más allá de los discursos bolivarianos, las apetencias subimperialistas brasileñas y la perpetua procrastinación argentina a asumir su destino manifiesto y con ello el papel en la región de lo que Castilla y Aragón fueron a España, el Piamonte a Italia o Prusia a Alemania.
En este marco, el difusamente denominado "Sur Global" emerge como un espacio de competencia, contra todo pronóstico. Regiones como África, el Indo-Pacífico y América Latina y el Caribe son percibidas como ámbitos donde se disputan influencia, inversiones y alianzas.
Para América Latina -y para la Argentina en particular- esto plantea una realidad dual. Por un lado, la coyuntura incrementa riesgos, toda vez que la región queda atravesada por la rivalidad entre grandes potencias -principalmente Estados Unidos y China- en un contexto interno marcado por debilidades institucionales y expansión del crimen organizado. Por otro lado, se abren oportunidades significativas.
En efecto, gobiernos y empresas de países centrales procuran reducir su exposición geopolítica, buscando socios alejados de los focos de conflicto y situados en zonas relativamente estables.
Una vez más, la geografía viene en auxilio de la Argentina que tiene la oportunidad de posicionarse como proveedor confiable de energía, minerales críticos, alimentos y, sobre todo, como una base segura para la relocalización de empresas, industrias y millones de personas que verán su situación en Europa y otras regiones cada vez más complicada por diversos factores.
En el futuro inmediato, nuestro país no solo aumenta la demanda, sino también la disposición a percibir un plus por previsibilidad y seguridad de abastecimiento, sin que esta disposición quite a estas ventajas su naturaleza, a la vez, de vector del desarrollo nacional y no de un simple commoditie exportable.
Asimilar este cambio de era resulta esencial para mitigar riesgos y capitalizar oportunidades. La nueva geopolítica demanda planificación estratégica, profesionalismo en política exterior, dinamismo productivo y un Estado altamente eficaz.
Es probable que los frutos del crecimiento se perciban con mayor intensidad en el interior de la geografía nacional -especialmente en provincias vinculadas a la minería, la energía, el agua y la agroindustria-, lo que vuelve indispensable invertir en ambiciosos planes de infraestructura integral y educación para asegurar un desarrollo equilibrado, al tiempo que, por una vez en la vida, pensar una política de integración territorial, armoniosa distribución demográfica y ocupación de grandes espacios vacíos con la promoción de ciudades pequeñas y medianas. Es en estos momentos de desorientación donde los liderazgos no deben ponerse límites y deben convocar al pueblo a grandes cosas.
Mientras tanto, un desafío pendiente para América Latina, y para la Argentina en particular, es comunicar con mayor precisión la complejidad de su identidad internacional, no sólo en el ámbito internacional y multilateral, sino especialmente en el plano doméstico, donde, como en casi todos los temas centrales de la agenda nacional, ese consenso aún no parece estar definido.
En Europa, por ejemplo, persiste la tendencia a ubicar a la región dentro de un "Sur Global" homogéneo, siendo ese intersticio una confusión infundada que Argentina, nuevamente, pueda capitalizar y, con ello, maximizar su posición en el proceso de transición de poder en curso.
Sin embargo, aunque los vínculos económicos con Asia -y especialmente con China- se hayan intensificado y deban profundizarse aún más (sobre todo en la inteligencia de que Asia no es solo China), la tradición histórica, institucional y jurídica argentina forma parte del mundo occidental y mantiene afinidad con la comunidad transatlántica.
Reconocer esa dualidad, desprovista de ideologismos, es clave para diseñar una política exterior realista, ya que las circunstancias actuales le otorgan al país, quizás como pocas veces en su historia, la oportunidad de convertirse en un actor de mayor envergadura dentro de ese espacio y dejar atrás la histórica irrelevancia estratégica a la que su geografía lo confinó, con todos los desafíos que ello implica y frente a los cuales las élites nacionales no parecen estar muy preparadas.
A su vez, más allá de quién ocupe la Casa Blanca -sea Donald Trump, un dirigente demócrata u otro republicano-, ciertos lineamientos generales de Estados Unidos parecen haber llegado para quedarse, en particular la prioridad asignada al hemisferio occidental y, por ende, a nuestra región. La competencia con China, la protección de rutas marítimas, el acceso a energía, la gestión de la migración y la seguridad de suministros obligan a Washington a revalorizar su entorno inmediato, lo que para la nuestro país y la región supone tanto mayores presiones como una ventana de oportunidad para redefinir su inserción global por las próximas décadas.
Ampliar el horizonte estratégico también supone mirar más allá de los socios tradicionales -Estados Unidos, China y la Unión Europea- e incorporar actores con los que el vínculo ha sido limitado, o bien porque el momento histórico no era propicio, por desencuentros o prejuicios.
Es el caso de los países del Golfo (que puede que salgán fortalecidos luego del conflicto actualmente en curso en la zona), por ejemplo, que pueden convertirse en inversores decisivos gracias al peso de sus fondos soberanos y a la complementariedad entre sus necesidades -seguridad alimentaria, energía, infraestructura- y las ventajas comparativas argentinas. Del mismo modo, el Sudeste Asiático aparece como destino prioritario para exportaciones en un contexto de creciente demanda de recursos y reorganización de cadenas productivas por motivos estratégicos (un caso a seguir especialmente es el de Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo y creciendo).
Detectar a tiempo estas oportunidades y consolidar relaciones políticas, comerciales y logísticas sólidas será un reto central para la política exterior argentina y, en particular, para el Ministerio de Comercio Exterior, Apertura de Mercados y Promoción de Inversiones que deberá formar parte de un gabinete que priorice la producción y el trabajo como uno de los elementos constitutivos de los intereses permanente de la Nación, de lo que los "yankees" denominan "la seguridad nacional" en sentido amplio.
En definitiva, la experiencia de Münich deja una conclusión muy clara: en un mundo atravesado por una competencia estructural, contar con una estrategia es imprescindible, algo sobre lo que, por cierto, insistimos sin descanso.
La Argentina debe articular pragmatismo económico con definición política, profundizando vínculos cuando resulte conveniente sin abandonar sus responsabilidades en materia de seguridad internacional, así como las líneas rojas del centro de gravedad en el que orbite. Solo sobre esa base podrá recuperar protagonismo internacional, ganar autonomía y contribuir a la estabilidad de un orden global cada vez más exigente, inestable y peligroso.
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