Editorial
El globalismo de Milei: tres temas de análisis de su política exterior
Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La política exterior del Presidente pone a prueba los supuestos límites que como resultado de sus extravagancias parecen mucho más flexibles de lo que inicialmente se hubiera esperado.

A menudo las percepciones que se suelen tener de alguien aparentemente loco no permiten reconocer los elementos verdaderamente innovadores u originales de sus actos, sobre todo cuando determinadas conductas resultan rupturistas respecto de ciertas prácticas que hasta entones las preceden como lo normal. El caso del presidente Javier Milei es un ejemplo de esto, habiéndose puesto sus aptitudes y estabilidad emocional en tela de juicio reiteradamente a los fines del ejercicio de la primera magistratura del país. El Presidente ha respondido a estas acusaciones, creativamente, que la diferencia entre un loco y un genio es el éxito.

En ese sentido, desde su asunción al frente del Poder Ejecutivo Nacional, la política exterior ha estado bajo análisis permanentemente, tanto como otras áreas de su administración. Pero mientras la decisiones de política doméstica atañen, en definitiva, al propio sistema político integrado no sólo por el dispositivo estatal, sino también por "las fuerzas vivas de la Nación", la política exterior, por el contrario, está sujeta a la autoridad unipersonal del jefe supremo de la Nación que debe desempeñar esas funciones respetuoso de las estructuras que la comunidad internacional se ha dado, el orden basado en reglas, así como los añejos códigos de conducta que siempre se sugiere observar en materia diplomática.

A este respecto, no puede dejar de considerarse el hecho de que la política exterior del actual gobierno argentino está poniendo a prueba los supuestos límites que como resultado de las extravagancias del presidente parecen mucho más flexibles de lo que inicialmente se hubiera esperado. Exabruptos por cierto repudiables han transitado desde el inconcebible insulto ad hominem con otros jefes de Estado; pasando por improcedentes apreciaciones sobre los sistemas políticos adoptados por las grandes potencias globales; luego el acercamiento forzoso, cuando no contra natura, a países verdaderamente marginales del sistema internacional en detrimento de relaciones con basamento exclusivo en el interés nacional; para finalizar en un confuso cuando no riesgoso desempeño en el ámbito multilateral en el que, históricamente, la Argentina ha sido escrupuloso de su estricta observancia.

Napoleón decía que bajo ninguna circunstancia el enemigo debe ser subestimado o tratado de tonto, prejuicio éste que para el estratega que se dispone a enfrentarlo puede presentar riesgos potencialmente catastróficos. Naturalmente, nada más lejos de estas líneas analizar la conducta del enemigo en la persona del Presidente de la Nación, sino, por el contrario, desplegar un breve ejercicio de identificación de tres tendencias que destacan de la política exterior del actual gobierno argentino y que, si bien en apariencia extravagantes (mas no por ello menos audaces), deben analizarse.

Si bien podríamos extendernos más, se identificarán tres aspectos de una política internacional netamente "globalista", en principio inconcebible por parte de un gobierno representativo y aliado de las "Nuevas Derechas" y tan crítico de la Agenda 2030. Las incontables contradicciones, tanto de concepto como de argumento, del Presidente de la Nación en múltiples materias se observan aquí, en su desempeño internacional, igualmente manifiestas.

En efecto, desde 1648 el Tratado que estableció la Paz de Westfalia definió la práctica diplomática y las relaciones internacionales entre países, al menos en sus rudimentos básicos, tal como la conocemos hoy. Desde entonces, la personería para ejercer capacidad de agencia en el orden internacional es entre Estados solamente y el principio activo en el que descansa esa capacidad es el ejercicio de la soberanía nacional. Al amparo de esta noción, los individuos o grupos de individuos, por más poderosos y sobresalientes que sean, no son un actor en el orden internacional. Sólo lo son aquellas unidades autónomas de poder cuyas fronteras delimitan territorios nacionales mutuamente excluyentes. Hacia adentro, el gobierno de estas organizaciones administrativas observa la Constitución, las leyes y la seguridad interior (la policía vela por el orden de la polis), y hacia afuera lucha por sobrevivir y defender su interés acumulando poder en un contexto de anarquía entre Estados jurídicamente (mas no materialmente) iguales, cuyo fin último es sobrevivir en un entorno siempre hostil. Y si bien, desde cierto punto de vista, tal como hemos dicho, estos principios westfalianos aún continúan vigentes, desde otra perspectiva menos reñida con las transformaciones de la época, no puede negarse que mucho de todo esto efectivamente cambió.

La irrupción de la tecnología ha producido una transformación del espacio-tiempo y, en términos políticos, de la distancia-tiempo. Ya no son extraordinarios los Libros de las Maravillas que relataban los viajes de Marco Polo o La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne; el mundo otrora desconocido se volvió una aldea en la que todos vivimos el tiempo presente. Sufrimos en nuestros países lo que ocurre en Ucrania, en Gaza, en Haití o Israel. Con la globalización tenemos stress de China y de calentamiento global. El mundo se achicó. Cualquiera con un ahorro o un ingreso extraordinario puede conseguir pasajes en oferta y veranear en las Islas Maldivas. Los acontecimientos más y menos trascendentes transcurren en vivo, se puede ver todo en Instagram o X.

Por lo tanto, así como varios de los pilares de Westfalia sobreviven, muchos otros emergen como novedades. La estructura de poder que ordena el escenario internacional cambió, y la personería que años atrás era privativa de los Estados hoy resulta que son más variados los actores que gravitan, alteran y condicionan la real capacidad de agencia estatal en las relaciones internacionales. Esta diversificación de actores con más capacidad de incidencia diluye a su vez la presencia relativa de los Estados nación que llegan a la capa superior de esa misma estructura de poder ahora compartida. Hay organizaciones formales e informales (desde la FIFA hasta aquellos que administran el narcotráfico o el tráfico de personas), grupos económicos concentrados (desde Unilever a Wallmart), organismos del sistema internacional (los que integran la Organización de las Naciones Unidas o la OTAN), bancos y operadores financieros (desde JP Morgan hasta la Reserva Federal), redes de presión (desde Black Rock hasta Amnesty International), mercados y agencias reguladoras de crédito como Moody´s, por citar sólo un ejemplo, que con la publicación de un paper en Reuters tiene la capacidad inmediata de hacer colapsar sin más la Bolsa de San Pablo.

Esta proliferación de agentes para o supraestatales parecieran abrevar perfectamente en la concepción del confuso marco teórico del presidente Milei que identifica, sin embargo, pareciera entender su verdadera incidencia y pretende ir a su encuentro de manera muy original. A su comentado desinterés por los temas que hacen a la administración diaria de los temas de gobierno, se le puede incorporar una mirada postestatal de las relaciones exteriores que, según este enfoque, transmutan en relaciones internacionales. En los viajes que el presidente ha realizado hasta el momento, las visitas a jefes de Estado son accesorias de los "principales" objetivos de los mismos, orientados en primer término a vincularse con otro tipo de agentes.

Para comprender el viaje que Milei realizara a Israel el 6 de febrero pasado, a los ojos de muchos incomprensible como primera visita a una contraparte de gobierno para un presidente argentino y sólo explicable por su mística fe religiosa, tal vez se pueda interpretar mejor si se presta atención a algunas de las consideraciones que John Mearshimer y Stephan Walt, dos gigantes del internacionalismo norteamericano, realizaron en su The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (2007), en particular en un escenario que hoy más allá de las preferencias que se puedan tener, las elecciones previstas en Estados Unidos para el mes de noviembre próximo no permiten ver con claridad quién accederá finalmente a otros cuatro años en el Salón Oval, si Joe Biden o el favorito del gobierno argentino, Donald Trump. Hasta tanto el panorama electoral norteamericano no se esclarezca (y hay que reconocer que teniendo la misma simpatía Biden que Pedro Sánchez por la ya referida Agenda 2030, el presidente argentino se ha cuidado de dispensarle al Demócrata un trato ni remotamente parecido que al español). Para esta mirada, por el momento, lo más inteligente seguramente sea ingresar a Washington vía Tel Aviv a través de vínculos y relaciones que no descansan, en absoluto, en las superficiales relaciones bilaterales sino de una comunidad. Indagar en algunos actores que integran estas redes de poder, así como en sus trayectorias puedan respaldar, aunque más no sea frágilmente, algo de esta tesis, otorgándole a la iniciativa presidencial su cuota de racionalidad.

Un segundo aspecto en la que, presumimos, puede ser la mirada de Javier Milei a propósito de algunas nociones de política exterior (seguramente lejos de sistematización alguna), tiene que ver con prescindir de la pompa, los protocolos y las ceremonias de Estado también tributarios, por cierto, de la época westfaliana. Las instituciones de Estado o aquellas burocracias nacionales, hoy también supranacionales o internacionales, no entran en el radar del jefe de Estado argentino, pero suelen hacer resaltar, a menudo, una supuesta "exitosa gira internacional". Mientras que cualquiera de sus predecesores seguramente orientaría sus intenciones a ser recibido con los honores de jefe de Estado en Washington, Nueva York, París o Beijing, sin descartar por ello la posibilidad de un trato análogo en cualquier otro destino, el presidente argentino no repara en formalismos y es él mismo quien se ha acercado en sucesivas visitas completamente informales a Estados Unidos a obtener su fotografía con Sam Altman (OpenAI), Tim Cooke (Apple), Sundar Pichai (Google), Mark Zuckerberg (Meta / Facebook / Instagram / Whatts app) y Elon Musk (Tesla y X), entre otros. Todos estos hombres al frente de las empresas entre las diez de mayor capitalización bursátil del planeta que están transformando el mundo con mucha más determinación y eficacia que la que tienen cientos de presidentes y primeros ministros de gobierno, condicionados por mil factores exógenos incontrolables. A este respecto, sólo Apple es, en términos económicos, más grande que los PIBs de países como Canadá, Corea del Sur, España o Australia.

Estos hombres no son inquilinos del poder como lo puede ser un primer Ministro o un burócrata de las Naciones Unidas o de la Unión Europea. De hecho, no creemos estar equivocados si, en esta línea de razonamiento, nos permitimos interpretar que la motivación que impulsa los peligrosos coqueteos entre el gobierno argentino y la administración de Taiwán pretenden en realidad llamar la atención de Jen-Hsun Huang, CEO de Nvidia, la empresa de mayor crecimiento del mundo en 2023 y proveedora de aceleradores de inteligencia artificial de todas las compañías más arriba mencionadas, nacido hace 61 años en la isla. El primer viaje como presidente de la Nación de Milei al Foro Económico Mundial de Davos, así como su estrafalario discurso en aquella oportunidad, abría el camino de lo que estamos analizando.

Finalmente, los liderazgos streamer, como lo hemos llamado en otra ocasión, en este mismo medio, plantean nuevos vínculos de solidaridad política que, contrario a los usos y costumbres en materia de relaciones exteriores entre Estados, donde los intereses de los mismos solían primar sobre análogos particulares de las facciones que, circunstancialmente, ocupaban temporariamente el gobierno, la irrupción hoy de una construcción política identitaria y tribalista, luego competitiva y victoriosa electoralmente, se proyecta como hecho nuevo de lo internacional. Esa misma lógica profundamente sentimentalista, con terreno de acción en las emociones, se transforma en una tribuna global de ampliación de voces, discursos y sobre todo estéticas comunes. En ese sentido, la visita de un presidente de un país G20 como Argentina a El Salvador sólo se explica por la dimensión global que ha asumido la figura de Nayib Bukele, más allá del éxito en materia de seguridad que se decida atribuirle a su gobierno. Los índices de desarrollo económico y humano en ese país que genera interés y pocos conoces siguen siendo los más bajo del continente, pero la figura de un inteligente presidente influencier se proyecta con fuerza en todo el mundo. Algo parecido ocurre (por su puesto que en otra dimensión) con la primera ministra italiana Giorgia Meloni o sus camaradas de Vox, todos ellos cruzados de una internacional de "Nuevas Derechas" con una serie de atributos (carisma, oratoria y juventud) y lealtades horizontales compartidas, más importantes de alimentar y reproducir para estas experiencias que los intereses permanentes de los Estados nacionales.

Por lo tanto, de momento podemos concluir que la política exterior del gobierno argentino se orienta al tendido y fortalecimiento de lazos con actores del poder global, escenario animado, según el marco de análisis del primer gobierno liberal libertario de la historia, por grupos de interés que hacen incidencia a los más altos niveles estatales y supraestatales mediante un poderoso lobby; por emprendedores schumpeterianos del mundo de las grandes empresas tecnológicas promotoras de un cambio radical cognitivo de los pueblos por intermedio del desarrollo de la inteligencia artificial y, por último, por una comunidad política partidista de fuerzas hasta hace algunos años marginales, de poder relativo pero instrumental, cuyo campo de operaciones son los sentimientos, que han iniciado un espectacular recorrido desde los márgenes de los sistemas políticos nacionales hasta lo más alto de sus administraciones de gobierno. 

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