Editorial
Argentina y su lugar en el nuevo orden internacional

La visita del portaaviones a propulsión nuclear norteamericano USS George Washington a Suramérica en ocasión del ejercicio militar Southern Seas 2024 es, en realidad, la continuidad de las maniobras que se desarrollan en el marco del ejercicio conjunto Gringo-Gaucho II, iniciados en el año 2010 durante la administración de Cristina Fernández de Kirchner. Es decir, nada nuevo.

Este capítulo, impensable por fuera de una relación de amistad y confianza entre los países participantes, tiene su historia propia, pero permite a su vez reforzar el punto de partida de un análisis mayor que asigna sentido a las sucesivas visitas de la General Laura Richardson motivada por tensiones entre los Estados Unidos y China. Algunos, conjeturan, adelantando movimientos, un desenlace militar entre estas potencias. Escuelas de pensamiento chinas comienzan a teorizar la hipótesis de un conflicto armado frontal con los Estados Unidos.

La mirada del mundo que tienen los chinos, del mundo como cosmogonía y no (sólo) como planeta Tierra, es lo que otorga una paradojal ventaja a la Argentina ante su actual administración de gobierno, circunstancia que bien puede ser vista por la potencia asiática como un lapsus salvable en el corto plazo. En efecto, sean cuatro u ocho años que dure el gobierno de Javier Milei, para los chinos siempre es el corto plazo.

Los nostálgicos de la Australia que la Argentina nunca fue, probablemente no lean los diarios australianos. La reciente preocupación demostrada por sectores de la opinión pública y el alto nivel de gobierno por la Estación del Espacio Profundo en Neuquén, en uno más de sus interminables capítulos, no hace mención alguna a las tres similares que los chinos tienen, nada más ni nada menos que en la isla de Oceanía, uno de los países del Commonwealth. Haz lo que yo digo y no lo que yo hago.

Con la aparición de China como potencia hace aproximadamente treinta años, en su célebre "Choque de civilizaciones" Samuel Huntington preanuncia las zozobras a las que en breve se enfrentaría Australia, viendo inevitable el trabajo por delante a los fines de contener su influencia en la región. Pero también tenía algo en claro, y desde ahí se debía partir forzosamente: no iba a poder escapar de su geografía. En este mundo nadie elige su ubicación ni sus vecinos. El gigante asiático y el gigante oceánico iban a tener que convivir si no en el mismo barrio, en el de al lado cruzando la vía. Parafraseando a Augusto Monterroso, los australianos podrían decir: "cuando despertamos, China todavía estaba allí".

Esa historia de tensiones encuentra capítulos del tiempo presente. En información que es de dominio público medios internacionales hablan de un empeoramiento de las relaciones sino-australianas a partir de 2017, cuando Camberra puso de manifiesto la injerencia china en la política local y al año siguiente prohibió la implementación de las redes de telefonía 5G de empresas chinas por motivos de seguridad, todo esto en una batería de medidas legislativas que se denominaron "contra la injerencia extranjera". Embalentonado, en 2020, el entonces primer ministro australiano, Scott Morrison, solicitó una investigación internacional sobre el origen del COVID-19, acto que terminó de enfurecer a China, su principal socio comercial, que reaccionó incrementando los aranceles a productos australianos. Con el cambio de gobierno en Australia y la llegada del Partido Laborista en 2022, las relaciones comenzaron a mejorar y en 2023 las autoridades asiaticas retrotrayeron algunas de esas medidas. Por supuesto que China nunca justificó aquellas decisiones como respuestas a los actos inamistosos de las sucesivas administraciones australianas, enmarcandolas en los procesos previstos al interno de la OMC. Sin embargo, el contexto, la oportunidad y la conveniencia de las decisiones hacen sospechosos estos argumentos y existe un consenso bastante generalizado en torno a que las respuestas en cuestión buscaron reciprocar la actitud australiana.

Por su parte, si hacemos zoom out en la Oceanía de este último lustro, vamos a tomar nota de la iniciativa AUKUS, y luego, del contexto más amplio dentro del cual esta se inserta.

En efecto, en 2021, Australia, Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS, anagrama de Australia, United Kingdom and United States), anunciaron la creación de esta alianza estratégica militar que busca contrarrestar la influencia china en el Indo-Pacífico. El pacto también incluye la cooperación en capacidades cibernéticas, en inteligencia artifical, en tecnologías cuánticas y capacidades submarinas. Los territorios y aguas territoriales que estos países tienen en sus zonas geográficas, incluyendo las reclamaciones que Australia y Reino Unido tienen sobre la Antartida, debieran tener encendidas todas las alarmas en el Palacio San Martín y el Edificio Libertador. La filtración del hallazgo por parte de Rusia de la reserva de petróleo más grande el mundo en la zona de la Antartida que reclama el Reino Unido como propia no hace más complicar el escenario en la zona, fortalecer las ilegítimas pretensiones británicas sobre las Islas Malvinas y zonas circundantes por la fuerza, ratificar que la Antártida será una de las principales geografías en disputa del presente siglo y que las posibles revisiones del Tratado Antártico en unos años abrirían una caja de pandora de impredecibles consecuencias; todo esto frente a nuestras narices.

Estas breves consideraciones permiten volver al Indo-Pacífico para identificar tendencias de una posible secuela más cerca de nosotros. En aquella zona la mayor tensión se encuentra en el denominado conflicto territorial en el Mar de la China Meridional. Aquí, la importancia de esta reivindicación china reside en que, en caso de consumarse, convertiría al Mar de la China en aguas territoriales de ese país perdiendo su actual condición de internacionales. A partir de este nuevo escenario, China pasaría a controlar la mitad del tránsito comercial mundial que actualmente pasa por ese corredor, al igual que la mayoría de los barcos petroleros con destino a las plazas de producción industriales del sudeste asiático. Actualmente son más de 62 las reclamaciones territoriales que China mantiene con países de la zona como Singapur, Vietnam, Filipinas, Malasia y Brunei. Estados Unidos auspicia naturalmente las reclamaciones de estos países y aspira a que en esas aguas se garantice la libre circulación del tránsito comercial.

De este modo, la presencia reiterada de la General Richardson se suma a las visitas que desde la asunción del presidente Milei realizaron autoridades norteamericanas de altísimo nivel, entre ellos Anthony Blinken (Secretario de Estado), William Burns (Número 1 de la CIA), Marisa Lago (Subsecretaria de Comercio) y Brent Neiman (Homólogo de Finanzas, dependiente del Departamento del Tesoro), con la clara intención de neutralizar la "maligna", según palabras textuales de la Jefa del Comando Sur, presencia china en la región. La política cambia el significado de los mapas y la relevancia de los territorios (sean estos terrestres, marítimos, fluviales, aéreos, espaciales y ciberespaciales). Y así como el Mediterráneo dejó lugar al Atlántico y este, actualmente en fase avanzada, al Pacífico, en esta transición del centro del poder global el Atlántico Sur adquiere una renovada importancia.

La sobrecarga ideológica del gobierno de Milei muestra a la fecha la prevalencia de un perfil dogmático, con un interés volcado exclusivamente en demostrar la propia razón y en dar por todos los medios una batalla cultural antiglobalista, enarbolada por una secta minoritaria marginal, con modos de agitación y golpes de efecto que todos los días ponen a prueba la capacidad de consternación de líderes internacionales y gobiernos. Este dogmatismo implica, inevitablemente, una conducta rígida, ausencia casi total de capacidad crítica y, como resultado de la suma de estas dos, la asunción de posturas ilusas en un orden internacional en que ni a un lado ni al otro del meridiano de Greenwich hay santos. Este comportamiento, que realmente en este caso hace volar las bibliotecas por el aire, sin embargo, ha sido muy recurrente en la política exterior argentina y se revela cuando los gobiernos optan por posturas y propósitos maximalistas, inmediatistas, ideologizados e inflexibles, que hacen que se terminen pagando costos inevitablemente.

Este tipo de transiciones como las que estamos atravesando generan un periodo de tiempo indefinido de redistribución de poder material. Periodos en los que, parafraseando a Gramsci, surgen los monstruos. La aparición de otro centro de poder en el mundo trae, naturalmente, otro orden de cosas, de reglas, de símbolos. La naturaleza del proceso de transición va a tensionar un buen tiempo estos temas, hasta que se consolide la nueva hegemonía. El orden internacional basado en reglas, la defensa y la promoción de los derechos humanos y de la democracia, es de suponer que, siendo valores muy caros a los sistemas políticos occidentales, comiencen gradualmente a ser discutidos. Algo de esto se está viendo en todos lados y las elecciones europeas de la semana pasada refuerzan esta mirada de las cosas.

Mientras tanto, el poder se está moviendo de Occidente a Oriente, no sólo a China, sino todo el sudeste asiático e India, que en 2023 se transformó en el país más poblado del mundo con 1400 millones de habitantes, prevé tasas de crecimiento del orden del 8% anual los próximos diez años y una curva demográfica que recién comenzaría a bajar en la década del 60 del presente siglo, cuando cuente con más de 1700 millones de personas dentro de sus fronteras nacionales. En 2022, año en el que más exportaciones hubo en la historia de la Republica Argentina, ocho de cada diez dólares que ingresaron al país provinieron de países no occidentales. Esto nos debe hacer tener presente que nadie define su política exterior por oposición a alguien sino por promoción de los propios intereses.

Si bien es improbable que esto ocurra dentro del presente cuatrienio, la Argentina debe avanzar de inmediato con un esquema de seguridad hemisférica en el Atlántico Sur en alianza con Brasil y Chile (con especial atención en las relaciones de este país con el Reino Unido luego del reciente acuerdo firmado en mayo de 2023, atinente, entre otras cosas, a litio, defensa y cooperación antártica). Esta será la única manera de responder a los movimientos que se están llevando a cabo antes de que los actuales condicionamientos externos se tornen, en realidad, determinantes.

En ese ABC del Siglo XXI, Estados Unidos puede ser un socio dentro de una iniciativa que salvaguarde los intereses regionales de los tres actores más importantes del Cono Sur y sus áreas de dominio, iniciativa que, naturalmente, deberá contar con el respaldo del resto de los gobiernos de la región. Países como Argentina y Brasil deben sacar a relucir su talla regional, luego global y volver a la diplomacia activa y altiva. El acuerdo de seguridad hemisférica, donde los países del Sur hagan valer su poder relativo y su presencia en el Atlántico Sur, debe contemplar las transformaciones del orden internacional que ya se han mencionado y que se aceleran a ritmos vertiginosos.

Es obvio que un país como la Argentina, cuya salida de la crisis estructural que atravesó toda la segunda mitad del siglo pasado hasta hoy es, entre otras cosas, producto del deterioro de los términos de intercambio, el comercio exterior es fundamental. Las relaciones comerciales de productos con valor agregado, con tecnología aplicada, jamás encontrará en los mercados europeos o estadounidense demanda suficiente. El comercio es con los países del denominado Sur Global, con aquellos que presentan las tasas de crecimiento demográfico más altas (India, China, Bangladesh, Indonesia, Nigeria), desafío que a su vez requerirá un significativo salto de calidad en la inteligencia comercial que actualmente realizan las áreas técnicas de la cancillería, en ocasiones con un repertorio analógico y acotado relativo a "la semana del Malbec", la carne, el dulce de leche y la yerba mate. La tremenda potencia del poder blando nacional, de los intangibles culturales, poco explorados y peor explotados, es un activo fundamental que tiene que ir en auxilio de estos objetivos estratégicos de desarrollo y la seguridad nacional.

En los últimos años, Vietnam, el cuarto socio comercial de nuestro país y un actor importante en el sudeste asiático, desplegó una doctrina de política exterior que, orientada y dirigida por el Partido Comunista que gobierna el país (un aliado norteamericano en la zona que recientemente recibió la visita de la canciller Mondino quien, inteligentemente, se abstuvo de hacer valoraciones respecto del sistema político de partido único) acuñó el término de "diplomacia bambú", consistente en "tener raíces profundas y ramas flexibles". Mientras los intereses permanentes estén claros, toda martingala táctica en pos de su consecución está permitida.

En atención al actual estado de cosas, las fuerzas políticas con real vocación de gobierno deben activar las conversaciones que desde siempre condicionan la política exterior argentina y ponerse a discutir sobre los pilares fundamentales y las líneas rojas que no deben traspasarse; esto es, las raíces profundas de la política exterior argentina. Luego, cada espacio en el gobierno, hará más o menos énfasis en algunos puntos de interés particular, elevando y disminuyendo intensidades, pero conscientes de su importancia siempre. Estas variaciones, adaptaciones de coyuntura, serán como las ramas del bambú. En Argentina, habitualmente, se discute todo para no discutir nada; o, más bien, se hace que se discute mucho por los temores de muchos dirigentes en mostrarse de acuerdo en muchas más cosas de las que a menudo se piensa.

Hasta entonces ¿qué sería hoy, en el actual estado de cosas en nuestro país, una política exterior exitosa? La que cometa menos errores, la que se equivoque menos, la que sepa capitalizar oportunidades. De hecho, hoy, el verdadero problema de Argentina en materia de política exterior no es perder oportunidades, sino avanzar con decisiones que, en un futuro no muy lejano, sean muy difícil de revertir. 

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