Opinión
Argentina: estrategia o juguete del destino
Por Lisandro Sabanés y Alfredo Lopez Rita
La crisis orgánica de nuestro país, que en mayor o menor medida compromete a muchas de sus instituciones, debe obligar a enfocar la mirada en la ausencia, por cierto, histórica, de una estrategia de política exterior.

En los ámbitos académicos de estudios internacionales de los Estados Unidos, se ha acuñado hace ya casi un siglo el concepto de "Gran Estrategia", entendida como los imperativos geopolíticos de un país que determinan aquello que necesariamente debe hacer un Estado para conseguir su propósito primario y fundamental en su relación con los otros. Esto es, el interés nacional entendido como acumulación de poder. 

Usualmente, a lo largo de la historia en general, y la historia contemporánea, en particular, estas ideas son elaboradas para un escenario que, inevitablemente, en alguna de sus etapas, preve una colisión frontal. Guerra y diplomacia son cartas que se juegan sucesiva o simultaneamente, según corresponda. En cualquier caso, el interés propio se define, siempre, en términos de poder.

Los principios que deben regir el modo en el que un país afronta los conflictos del escenario internacional y las amenazas existenciales a su seguridad, la coordinación de todos los recursos de la nación para la conducción de la guerra y, más recientemente, la administración de otras variables que se complementan con esos objetivos de supervivencia del Estado, son sopesados y ordenados jerarquicamente a los efectos de este diseño básico que se denomina estrategia.

Se viene la tercera (y no es la copa)

Esta idea descansa sobre una noción inicialmente concebida para los tiempos de guerra a escala media, que evolucionó luego para conservar su vigencia también en tiempos de paz. Rios de tinta se han escrito a fines del siglo pasado a propósito de las transformaciones e innovaciones teóricas y metodológicas en el estudio y el ejercicio de las relaciones internacionales luego de la caída de la Unión Soviética (podemos agregar a esto los atentados del 11/S y la crisis financiera de 2008, entendidos estos tres eventos como un único proceso de aquella etapa que alumbró el actual estado de cosas) y de cómo esa amenaza existencial comunista desparece y con ella todos los marcos teóricos diseñados para ese mundo que entonces deja de existir.

Si bien, como ya hemos dicho en nuestra última nota, no estamos hoy en tiempos de paz, no debe llamar la atención el rebrote de este esquema de pensamiento preexistente a los que se creyó como el "Fin de la Historia", en particular en lo que a menudo se denominan potencias medias: la voluntad de los Estados de poder medio que comienzan a diseñar su política exterior orientando todas las capacidades nacionales hacia la acumulación de poder.

Argentina: estrategia o juguete del destino

Al inicio que cada administración norteamericana, el presidente de los Estados Unidos presenta la Estrategia de Seguridad Nacional en la que brevemente, en no más de cuatro, cinco páginas, sintetiza la orientación de la política exterior y de seguridad nacional que llevará a lo largo de su gobierno. 

No estamos hoy en tiempos de paz, no debe llamar la atención el rebrote de este esquema de pensamiento preexistente a los que se creyó como el "Fin de la Historia", en particular en lo que a menudo se denominan potencias medias: la voluntad de los Estados de poder medio que comienzan a diseñar su política exterior orientando todas las capacidades nacionales hacia la acumulación de poder

Esto es así porque la política exterior de una potencia de este calibre no descansa exclusivamente sobre las agencias estatales (que son muchas y poderosas), sino también en las numerosas organizaciones que participan de este dispositivo. 

El Presidente ordena los lineamientos generales, delimita el campo de acción, sugiere lo esperable, así como lo intolerable, y promueve y estimula la autonomía táctica en tanto esta no pierda de foco los objetivos trazados. 

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Hecho eso, todos los actores, agencias de cooperación, ONGs, Fundaciones, think tanks, funcionarios, empresarios, grandes corporaciones, hombres y mujeres del mundo académico, orientan su capacidad de agencia conforme los lineamientos emanados de la estretgia nacional. Porque los intereses de la nación son permanentes y todos, en mayor o menor medida, están comprometidos con el proceso de acumulación de poder de la unidad autónoma que integran, gobierne quien gobierne.

La estrategia nacional articula, entonces, los intereses permanentes de la nación con sus acciones e interacciones con el mundo y la agenda global. Se diseña para prever posibles escenarios, así como opciones de posibles respuestas y así reducir los riesgos reales de ser sorprendidos por hechos imprevistos que puedan motivar una reacción a menudo intempestiva e irracional. Establecer con claridad objetivos y procurar por todos los medios su cumplimiento. Cuando corresponde se establecen ajustes. La idea es no correr detrás de los acontecimientos.

Estamos en un contexto que ya hemos descrito de transición de poder y en el que una de esas expresiones es lo que se denomina el poder dual; de distribución geográfica tradicional, por un lado; de funcionalidad asignada o adquirida, por el otro. Esto último debe identificar a aquellos actores con capacidad agencial cierta en el escenario global, sean estatales o no estatales, sean sujetos de derecho del sistema internacional o no. 

En otro de los andaribeles de este proceso de mutación, y contra lo que algunos a menudo creen, no es tanto la perdida de poder que experimentan los Estados Unidos como superpotencia (un caso si se quiere distinto que el de Europa) cuanto la emergencia de otras potencias, sobre todo en el Indo-Pacífico, protagonizado por China e India, entre otros, que lo que muestran es más bien un poder más distribuido mas no necesariamente la pérdida de poder de uno. Es decir, no es tanto la redistribución del poder sino el crecimiento de la torta del poder.

Argentina: estrategia o juguete del destino

Este fenómeno identificado y parcialmente descrito que hemos denominado de transición de poder, que por alguna razón no del todo explicada (e inexplicable), genera un entusiasmo bastante incomprensible en ciertos sectores que abordan el análisis internacional con una cuota de ideologización y excitación, lejos de significar una buena noticia per se, trae implícitas otras problemáticas cuyas consecuencias estamos viendo y que incluso pueden resultar potencialmente peligrosas para el país. 

Se produce, en efecto, un escenario desagregado y de alta complejidad en la que se multiplican los jugadores globales con capacidad para la toma de decisión, complejizando de manera significativa el cuadro de situación general y el local, en particular, en función de un cuadro de parálisis en materia de respuesta a los desafíos en materia de relaciones internacionales.

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Esta inexplicable satisfacción frente a esta merma del poder relativo de los Estados Unidos descansa en la idea que pueden tener algunos, errada por la trampa de la paradoja, en la que una supuesta mayor democratización del sistema internacional lo que produce es una distorsión y una disfuncionalidad del mismo y de su proceso de toma de decisiones. A lo que se suma otro elemento a tener en cuenta que tiene que ver con una cada vez más difusa idea de lo externo y lo interno; entre las amenazas externas y aquellas que son, por decirlo de alguna manera, intrínsecas al mundo global en el que ese clivaje desaparece. 

¿Se pueden diseñar estrategias que permitan influir espacios multilaterales? Y algo más polémico: ¿Existe capacidad para influenciar las estructuras nacionales de otros Estados? El mundo es grande y peligroso y cuando la conducción estrategica del Estado argentino no hace un uso de su talento humano este se dedica a cosas más mundanas, casi como un pasatiempo de aprendiz de brujo

En los últimos años, esa falta de creatividad, así como la pérdida del recuerdo constante del interés nacional entendido como acumulación de poder que debe guiar toda acción de gobierno, propició la adopción posicionamientos que, si bien de fondo parecieran persuasivos, produjeron una retroversión de la corriente de influjos en la que en lugar de usar los espacios multilaterales para incidir en -y llegado el caso torcer- determinadas agendas, se adoptó una lógica más bien "cortesana" de acompañamiento complaciente al que se acostumbra llamar, en la jerga de "los organismos" "liderazgo".

Lo que viene para la Argentina y el mundo requerirá de autoridad y prestigio. Autoridad y prestigio que no sólo se construyen en el ámbito internacional y multilateral, en una mirada completamente errada que ya hemos visto muchas veces asumen ciertos líderes locales que entienden que su propio prestigio se sobrepone por sobre el que la República Argentina tiene construido a lo largo de décadas como Estado libre, aquel al que el ex canciller y premio nobel de la paz, Carlos Saavedra Lamas llamara la "noble tradición internacional" de nuestro país. Esto no sólo pone de manifiesto la ingenuidad de estos lideres en materia de política exterior, sino que, casi peor aún, denotan la creencia de una personalidad que, al dar por hecho el propio prestigio por encima de aquél del Estado que conducen, enajenan la propia fuerza real en materia de política exterior con la que contamos. 

En circunstancias de este tipo debieran resonar aquellas palabras que en su hora pronunciara el ex Presidente francés Charles De Gaulle: "En lo que hace a Francia yo siempre actué ¨como si¨: ¨como si fueramos más fuertes¨, ¨como si estuvieramos más unidos¨...". Nadie puede gobernar exitosamente un país que no ama.

Ahora bien, es completamente imposible una política exterior eficaz si esta no es, en cierto modo, la proyección internacional del éxito de la política doméstica. Si previamente no está consolidada una cierta "densidad nacional", en palabras del pensador argentino Aldo Ferrer, ya que nadie toma en serio a alguien que no cuida de su famila, no mantiene el orden en su hogar, no es respetado por su vecindario, no representa garantías e, incluso, un relativo nivel de fuerza que legado el caso está dispuesto a usar. Porque, a pesar de lo que algunos crean, nadie quiere hacer negocios con menesterosos, ni deja la familia al cuidado de un desahuciado.

Argentina: estrategia o juguete del destino

De este modo, la estrategia de política exterior argentina no puede ser el resultado de una sobremesa, desde ya, sino que debe ser el producto de un trabajo que ha de comenzar de inmediato, sobre todo en un momento histórico nacional y global de fuertes transformaciones, un momento de quiebre en todo sentido. 

Así, se debe prever el diseño y puesta en acción de una institucionalidad (desde hace poco comenzó a resonar la expresión nueva estatalidad) que orienta sus funciones en este sentido, con institutos dentro del esquema de nuestra política exterior que tengan una clara comprensión de la situación internacional; de cuáles son los intereses y líneas rojas en cada uno de los temas; cuáles son los desafíos más urgentes; cuáles las oportunidades actuales por capitalizar y aquellas que se preven se configuren en lo inmediato. 

¿Se pueden diseñar estrategias que permitan influir espacios multilaterales? Y algo más polémico: ¿Existe capacidad para influenciar las estructuras nacionales de otros Estados? El mundo es grande y peligroso y cuando la conducción estrategica del Estado argentino no hace un uso de su talento humano este se dedica a cosas más mundanas, casi como un pasatiempo de aprendiz de brujo. No se puede tener un lobo en el linving de casa, hay que soltarlo en el bosque.

Naturalmente, el recurso económico y el apoyo político es indispensable. Y el Estado debe aprender que cada vez más presupuesto debe inyectarse en la política real. Esto no debe ser la decisión de coyuntura de un gobierno de turno sino el consenso de todo el sistema político y dirigencial de país (dirigencial en sentido amplio: empresas y empresarios, academia, los tres niveles del Estado, los tres poderes del Estado -determinante es la importancia del Congreso en su rol de apoyo de la política exterior del país, lo que se conoce como "diplomacia parlamentaria" y que no puede quedar librada a "los viajes de los diputados"-, etc.) que permita darle la continuidad en tanto intereses permanentes de la Nación.

Argentina debe terminar de actualizar y finalmente impulsar su política exterior para la Defensa, la que, es de esperar y así debe ser, tensionará con la del palacio San Martin, la que es parte integral y constitutiva de la política exterior de la Nación, por la importancia de su rol global en el Atlántico Sur, por tener ocupado parte del Territorio Nacional por una potencia extranjera que explota recursos que son propios y que sabe perfectamente que las capacidades militares del país no representan riesgo alguno, y por la presencia que debe mantener, reforzar y expandir en la Antártida, sobre todo en este siglo, que todo indica se trata de un territorio atravesado por el incremento de las tensiones entre los Estados con intereses allí. 

La consigna es de activa defensa del territorio nacional ampliado y proyectado a partir de la incorporación de la nueva delimitación de la Plataforma Continental, que da a la Argentina la séptima posición entre los países más grandes del mundo. 

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Las Operaciones para el Mantenimiento de la Paz (OMP) y la asistencia humanitaria deben ser institutos fundamentales de nuestra política exterior, sobre todo en escenarios donde la bandera celeste y blanca debe tener presencia. Finalmente, se debe incluir en todo este dispositivo el diseño de una política regional de Defensa en la que por razones que esgrimir aquí sería imposible, haría de nuestro país (y no de Brasil) un actor obligado a ejercer el liderazgo regional.

Cooperación internacional, integración regional, la identificación exacta de los espacios multilaterales en las que la Argentina debe tener un rol activo y altivo deben acompañar estos movimientos, a los que se deben incorporar una política exterior para la ciencia y la tecnología; una diplomacia cultural de poder inteligente o smart power, vector en el que la potencialidad argentina está subexplotada, una diplomacia acuífera, nucelar, de provincias y regiones, entre otras posibilidades. 

Cooperación internacional, integración regional, la identificación exacta de los espacios multilaterales en las que la Argentina debe tener un rol activo y altivo deben acompañar estos movimientos, a los que se deben incorporar una política exterior para la ciencia y la tecnología; una diplomacia cultural de poder inteligente o smart power, vector en el que la potencialidad argentina está subexplotada, una diplomacia acuífera, nucelar, de provincias y regiones, entre otras posibilidades

Y una discusión a parte tiene que ver con la política de comercio exterior, inversiones y apertura de mercados que deben impulsar las áreas primarias, como agricultura, comercio, industria y alimentos. Esas oportunidades, ya lo hemos dicho, están en países en los que Argentina apenas tiene presencia y que requieren de una especial experticia para lograr exitos concretos que excedan la organización de seminarios o misiones comerciales. Urge la apertura de embajadas y oficinas de promoción comercial (así como la ampliación y el referzo de muchas que ya se encuentran en países emergentes cuyo rol en el siglo XXI se da por descontado con funcionarios procedentes de las carteras de agricultura, comercio, industria, alimentos) que multipliquen mercados y maximiacen recursos y capacidades.

La crisis del monopolio histórico de los ministerios de asuntos exteriores en el ejercicio de la política exterior abre oportunidades que no se analizan debidamente. Actualmente, y esto no es algo que es propio de nuestro país, ni las cancillerías alcanzan a cumplir sus roles por la dimensión de las tareas y la multiplicidad de agendas, sobre todo porque, además, suelen ser carteras de Estado mucho más pequeñas de lo que se cree.

 Las misiones argentinas en el exterior deben ser más, más grandes, conformadas por funcionarios procedentes de diversas áreas de gobierno, liderada sí, por la cancillería argentina. Esperamos poder dedicar algunas líneas en las columnas venideras a este importante aspecto.

Así, la diplomacia tradicional debe ser fragmentada para ser más efectiva, abriendo de este modo el interrogante legítimo a propósito de qué otros actores no estatales coadyuvan a los objetivos de la estrategia de política exterior con objetivos tangibles. Se deben multiplcar organizaciones no estatales que reciban apoyo estatal a trabajen en el marco de la estrategia de política exterior. ONGs, fundaciones, incluso la creación de un ámbito que contenga y siga de cerca la labor de la diáspora argentina, que es algo fundamental y donde descanse parte del soft power vernáculo. Debe transitarse de manera gradual, pero sin pausa de un rol de monopolio estatal a uno de coordinación.

En la Argentina de hoy el único consenso básico es que todo está para ser repensado.

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