El análisis que siguió a las cumbres recientes en Alaska y Tianjin pasó prácticamente desapercibido en Argentina. La mirada insular de nuestros medios y analistas es pobre y evidencia una peligrosa desconexión con procesos que impactan de forma directa en nuestro porvenir como nación. |
La política exterior no es terreno propicio para quienes le otorgan a la ideología una importancia que no tiene. Cuando la ideología choca con la realidad, la única perjudicada es siempre esta última.
Los riesgos de proyectar preferencias personales o colectivas sobre la realidad -en este caso, sobre la política internacional- revelan no solo ingenuidad y rigidez intelectual, sino también el drama de no alinear los intereses nacionales con las transformaciones globales en curso. En ese error, la Argentina corre el riesgo de quedar, una vez más, en una posición de exposición crítica.
Las "mochilas" que arrastra nuestro país -como decisiones de política exterior justificadas ex post arguyendo una supuesta tradición nacional en ese campo- se acercan peligrosamente a actitudes propias de gente supersticiosa.
La participación argentina en la Guerra del Golfo durante la presidencia de Carlos Menem, por caso, no dista demasiado del intento de Juan Perón, en 1950, de enviar tropas a Corea para recomponer el vínculo con Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.
¿Quién piensa la seguridad en Sudamérica?
En ambos casos se trató de gestos para alinearse con la potencia vencedora -en la posguerra y en la posguerra fría, respectivamente-, buscando con ello maximizar los márgenes de autonomía. Hoy, sin embargo, la posición de debilidad relativa de nuestro país reduce significativamente cualquier margen de maniobra, sin contar la aparente falta de interés del gobierno en aprovechar esta ventana de oportunidad.
El análisis que siguió al reciente encuentro entre Donald Trump y Vladimir Putin en Alaska pasó prácticamente desapercibido en Argentina. La mirada insular de nuestros medios y analistas no solo es muy pobre: evidencia una peligrosa desconexión con procesos que impactan de forma directa en nuestro porvenir nacional.
Predomina, de este modo, un enfoque superficial, casi estético, que se detiene en gestos más que en aspectos de fondo. Mientras se discutía la presencia de Putin en suelo estadounidense y la alfombra roja que el anfitrión desplegó ante él, pocos repararon en el sobrevuelo de un bombardero B-2 sobre el lugar del encuentro.
La reunión, originalmente prevista a solas entre ambos mandatarios, acabó incluyendo a asesores clave y empresarios rusos, extendiéndose a lo largo de dos horas. Ucrania fue solo uno de los temas abordados. No se preveía conferencia de prensa, pero terminó con una breve declaración conjunta de doce minutos.
De lo dicho allí por Trump se desprende que habría tomado nota de dos errores clave. El primero: haber asumido como propias las líneas rojas de seguridad europea que le habían transmitido los líderes del Viejo Continente. El segundo: proponer un cese del fuego en lugar de un acuerdo de paz, como exige Rusia y en detrimento de lo planteado por los anteriores. Ambos puntos fueron rectificados después, cuando Trump los recibió en Washington pocos días más tarde, mostrándoles un mapa de Ucrania con zonas ocupadas coloreadas y dejando claro el verdadero estado de situación.
Trump también dejó entrever que no puede satisfacer todas las exigencias europeas, quizás por considerarlas desproporcionadas ante su debilidad relativa y su creciente aislamiento. De Alaska emerge así un principio de acuerdo: no habrá cese del fuego. En el mejor de los casos, se negociará un acuerdo de paz. En caso contrario, Rusia no tiene reparos en resolver el conflicto en el campo de batalla.
En este contexto, resuenan las palabras que el papa Francisco dirigió a Zelensky: "Tenga valor para firmar la paz", una exhortación ignorada por las élites occidentales, no sin antes amonestar la "irreverencia" del Santo Padre.
La posición estadounidense también se tensiona con otros actores clave. Tras afirmar que no habría "sanciones secundarias" contra Rusia, Trump impuso aranceles del 50% a India por su compra de petróleo ruso. Esta medida contradice la aparente solidez de la relación bilateral, aún reciente, entre EE. UU. e India.
La imagen de Modi tomado de la mano con Putin en la reciente cumbre de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) plantea interrogantes. Algunos analistas hablan de un error de cálculo del gobierno republicano; otros, de un repliegue deliberado de Estados Unidos, alejándose de lo que Halford Mackinder llamó la "isla-mundo" en esta reasignación de zonas de influencia.
En este nuevo orden internacional, orientado hacia el Pacífico, Europa se convierte en una península periférica del Heartland euroasiático. Voces como García-Margallo o Emmanuel Todd ya lo anticipan: el continente europeo se aproxima a una irrelevancia estratégica semejante a la que históricamente se ha asignado a África o América Latina, que pueden ver ahora resignificado su papel si cuentan con estadistas a la altura de la llamada histórica.
Un conflicto entre Rusia y Europa podría quedar circunscripto a una disputa regional interna, bajo la esfera de influencia rusa. Esto explica la insistencia de Trump en retirar a EE. UU. de la OTAN, su interés en Groenlandia, en el Canal de Panamá (incluso en el Estrecho de Magallanes) y en lograr acuerdos estratégicos en América del Sur, ya sea por vía diplomática, por complacencia de gobiernos locales o incluso por presión directa. Todos estos mecanismos son legítimos y siempre han estado presentes en la política internacional.
Cuando las voces críticas exigían, tiempo atrás, la salida de EE. UU. de Irak y Afganistán, pocos imaginaron que ese repliegue implicaría una reorientación decidida hacia el continente americano, lo que Raymond Aron llamaba la "gran isla". Como enseña el dicho: cuidado con lo que se desea, puede hacerse realidad.
Llegados hasta aquí, se puede observar que la comparación con Yalta no es antojadiza. En esa región de Crimea, en 1945, los líderes aliados definieron zonas de influencia y trazaron el nuevo orden mundial y su institucionalidad naciente. Hoy algo similar parece estar ocurriendo. Proyectar las circunstancias actuales en clave histórica no es solo legítimo, sino necesario.
La interpretación de los hechos de Alaska no puede desligarse de la 25.ª cumbre de la OCS en Tianjin. Allí, el bloque liderado por China, Rusia, India y otros actores -que representan el 24% de la superficie terrestre, el 42% de la población mundial y un cuarto del PBI global- se autodenominó la nueva "mayoría mundial".
Rechazaron el "comportamiento intimidatorio" de Occidente, su visión distorsionada de la Segunda Guerra Mundial y su persistente mentalidad de Guerra Fría. Xi Jinping presentó una Iniciativa para la Gobernanza Global basada en principios básicos de soberanía, derecho internacional y multilateralismo real, proponiendo medidas concretas para su consecución.
Mientras tanto, EE. UU. reorienta su atención hacia América Latina. Argentina, con urgencias internas y una notoria falta de estrategia de política exterior, está cada vez más expuesta a decisiones ajenas. Paradójicamente, incluso las tan criticadas "relaciones carnales" de los años 90 incluyeron 22 visitas de Menem a Brasil y el impulso al Mercosur como modo de equilibrar la influencia unipolar estadounidense de entonces.
Hoy el tablero es más complejo. Muchos actores juegan muchas partidas a la vez y, por primera vez en mucho tiempo, se reconocen entre sí como pares. El rechazo visceral que cierta intelligentzia siente por Donald Trump impide ver su verdadero rol: menos agresivo y más estructurador de lo que cabría esperar del liderazgo estadounidense.
Cualquiera que retome hoy la lectura de El choque de civilizaciones corroborará, sorprendido, que el gobierno norteamericano lleva adelante iniciativas que Samuel Huntington recomendó para contener una confrontación de dimensiones colosales que describía como casi inevitable si Estados Unidos no corregía el rumbo iniciado en los años 90. Se trata, en definitiva, de un juego que exige un enfoque realista, el único capaz de acercarse a una lectura mínimamente acertada del proceso histórico en curso.
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