El caso Noma expone abusos en la alta gastronomía, pero también revela algo más incómodo: un ecosistema completo sostenido por presión, silencio y contradicciones que exceden a un restaurante o a un chef. |
El otro día pensaba en el caso Noma. Las últimas noticias dicen que las partes -Jason Ignacio White y Noma- acordaron sentarse a dialogar. Un gesto. Un inicio. O, quizás, una escena más dentro de una obra que todavía no sabemos cómo termina. White insiste, en una visión bastante europea del asunto, en que va a hablar de las políticas éticas del World50Best y de la Guía Michelin. No aclara cuál ética. Nadie lo hace. Hay muchas. Demasiadas. Es el juego de las éticas. O, tal vez, el de la antiética. ¿O, más simplemente, el del cinismo?
Puede estar refiriéndose a la presión indirecta que estas instituciones ejercen sobre cocinas y chefs, y a cómo esa presión termina traduciéndose en explotación o maltrato al personal. Pero, en el caso de la Guía, las acusaciones han sido tan variadas -desde sesgos estructurales hasta delirios como el robo de la Gioconda- que uno ya no sabe muy bien de qué se está hablando. O, peor aún, sabe demasiado.
En 2003 se suicidó Bernard Loiseau. Se dijo que fue por la presión. Gault & Millau le había bajado la nota de 19 a 17. Circulaban rumores -siempre circulan- de que Michelin le quitaría una estrella. A veces alcanza con eso. En 2004, Pascal Rémy, ex inspector, publica L'Inspecteur se met à table y deja caer algo incómodo: pocos inspectores, demasiados restaurantes, evaluaciones sostenidas más por reputación que por verificación real. No lo dice de frente. Pero lo dice.
En 2019, Michelin le quita la tercera estrella a Marc Veyrat. Veyrat demanda, exige explicaciones, habla de confusión entre quesos -reblochon, beaufort, tomme- con cheddar. Pierde. Pero deja algo flotando: fragilidad, opacidad, duda. Una grieta. Y cuando aparece la grieta, el sistema deja de ser sistema y pasa a ser creencia.
Del lado del World50Best, en realidad, no habría que hablar de tres escándalos sino de una acumulación. Compra y venta de votos, votantes que capitalizan su lugar para obtener beneficios, dinámicas que exceden largamente a Latinoamérica. Asia, incluso, más opaca. Medio Oriente, la gran apuesta reciente... fallida. Y como cierre, casi cinematográfico: a fines de 2025 se retira el board inglés. Rumores de todo tipo, incluso de acoso sexual. Se arma un nuevo board más técnico, más de due diligence. Pero a la gala de Guatemala no va nadie. Nadie. ¿No es, en cierto sentido, una síntesis perfecta?
El artículo del The New York Times con 35 testimonios contra René Redzepi, la campaña mediática de White y los propios errores -esa renuncia guionada del 11 de marzo, difícil de explicar salvo por ingenuidad o desconexión- terminaron de desatar una tormenta. Pero la tormenta no cae sobre una persona. Hace crujir al sistema. Un sistema que, en el fondo, todos conocíamos. O intuíamos. O preferíamos no mirar.
Hay una nota del Financial Times del 2 de junio de 2022 que vale la pena leer con atención. No por lo que denuncia -que ya es grave- sino por lo que revela: que no se trata solo de cocinas. Se trata de un entramado. Restaurantes, prensa, país. Copenhague entero implicado. Y buena parte de la Europa no mediterránea también. Los testimonios son claros: anonimato, código de silencio, listas negras, violencia, humillación. Todo está ahí. Documentado. Repetido.
Tremendo, sí. Pero también curioso. Porque todos los dardos apuntan a la alta cocina. A su presión. A su exigencia. Como si la presión transformara a las personas en otra cosa. Una versión contemporánea de El Señor de las Moscas. Pero, ¿de verdad? ¿Vos, yo, cualquiera de los que leemos y escribimos esto, en ese contexto, cruzaríamos ese límite? ¿O hay algo más profundo, más estructural, más incómodo de aceptar?
La pregunta entonces cambia. Deja de ser "qué pasa en la alta cocina" para volverse otra: ¿qué pasa en el resto de las cocinas? Porque cuesta creer que estas prácticas existan únicamente donde hay visibilidad. Copenhague, Madrid, Nueva York, Los Ángeles: sistemas que históricamente se han nutrido de inmigración indocumentada para sostener costos. Mano de obra barata. Invisible. ¿Dónde están esos artículos? ¿Quién los escribe?
¿Y en Buenos Aires? Una pizzería cualquiera. ¿Alguien bajó a esa cocina? ¿Alguien sabe cómo se paga, qué derechos existen? ¿Y en el resto de Latinoamérica, más estratificada, más dura, más silenciosa? Donde el camarero dice "mande" y ese verbo arrastra una historia. Donde la estructura es de señorío. Donde ciertas ciudades funcionan, todavía, con lógica feudal. Cocinas donde no entra la prensa. Ni la luz.
Más allá de Noma, de Redzepi o de la discusión sobre trabajo gratuito y abuso, hay algo que empieza a asomar: un cambio de época. Cuando apareció Chef's Table, estos detalles eran parte del atractivo. Ratatouille los mostraba. Los gritos, la tensión, la exigencia. No solo se aceptaban: se celebraban. Hollywood los convirtió en narrativa. En épica. En sacrificio. Se construyeron héroes donde había humanos. Se estetizó la violencia. Porque la cocina tenía más sex appeal que el minero de Potosí.
Y, sin embargo, la hipocresía persiste. Se habla de la alta cocina. Se crucifica a Redzepi -y no hace falta defenderlo-. Pero no se mira el resto. Ni la gastronomía invisible. Ni las otras formas de presión, más sutiles y, por eso mismo, más difíciles de señalar. Oficinas, bancos, estructuras respetables donde el que se va a horario queda marcado. Donde las horas extras no se pagan, pero se esperan. Donde el sistema funciona sin gritos, pero con la misma lógica.
Tal vez, entonces, haya que mover el foco. No se trata solo de gastronomía. Se trata de sistema. Porque no es un problema de un restaurante, ni de un chef, ni de un ranking. Es un ecosistema. Y si la conclusión es que estas prácticas existen porque la industria -en todos sus niveles- es, en algún punto, inviable, entonces habrá que decirlo. Sin épica. Sin maquillaje.
Mostrar debilidades. Hablar de lo real. No de la fantasía. Limpiar.
Y, quizás, desde ahí -recién desde ahí- volver a empezar. De forma legítima. Transparente. Porque, al final, la base es más simple de lo que parece: somos humanos. Y eso debería alcanzar.
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