La gran liturgia del cinismo
El Banquete de los Ingenuos (Parte II)
Por Leandro Caffarena
Detrás del decorado amable del 50 Best LATAM, la caída de un pacto revela la verdadera obra: excepciones disfrazadas de justicia, crucifixiones funcionales, dólares que huelen a Golfo y un coro de votantes reclamando prebendas como si fuesen derechos humanos. La fiesta continúa, sí, pero ya nadie disimula quién paga la orquesta.

 Todos los procesos políticos alcanzan su punto de mayor esplendor apoyados en una premisa tan vieja como cómoda: existe una colección de acuerdos tácitos, nunca del todo dichos -esas cortinas de humo que los actores llaman ética y moral- que, aun sin ser confesadas en público, sirven como un mapa del cielo para todos los que habitan esa pequeña cosmología de poder. Una suerte de feng shui institucional que, mientras funciona, mantiene a todos en su sitio, sonrientes y cómplices.

Pero cuando esos acuerdos colapsan de golpe, cuando ese lecho silencioso que sostenía la estructura deja de amortiguar el peso de los intereses, es señal inequívoca de que el proceso político está mudando de piel. Y la cosa no es elegante: crostas, piel muerta, un hambre voraz. Lo que viene rara vez es bonito.

La caída suele comenzar cuando la simetría entre actores se rompe y aparece una soberbia obscena de las partes dominantes, de esas que producen tanta seguridad y autosatisfacción que hacen olvidar cualquier tipo de decoro. Los acuerdos tácitos se vuelven, para quien gobierna con pulso de hierro, pequeños obstáculos para su absolutismo doméstico. Entonces sobreviene la gran receta del desastre: la excepción que se vuelve costumbre. Y cuando la excepción domina, el mapa normativo se derrite, la brújula moral se desmagnetiza y comienza un espiral de excepciones crecientes, como capas de pintura sobre una pared húmeda. Hasta que, inevitablemente, la casa se desploma por su propio peso.

El banquete de los ingenuos

Este momento, la primera normativa de excepción, se dio cuando la Organización decidió apartar a Marcela Baruch -teóricamente porque un restaurante argentino y uno uruguayo denunciaron una incompatibilidad entre su vida profesional y la pureza ética que exige el puesto de sub-chairman del LATAM50Best. No se abrió la caja de Pandora: se abrió La Caja, así, con mayúscula, la caja que nunca conviene abrir porque todos saben lo que contiene. Y, por supuesto, salieron las calamidades en fila india, como si estuvieran esperando turno para fugarse desde hace años.

Lo primero fue el festival de rumores. Se multiplicaron las denuncias -digamos, con la elegancia británica, incompatibilidades- entre las tareas de chairman y las actividades lucrativas, como si nadie hubiera sospechado jamás esa doble vida. Y la cosa no se quedó en los restaurantes: lo que se ventiló cruzó fronteras y se trepó a las listas de bares. El viejo pacto de no tocar a los chairmen implosionó, y con una denuncia -real, falsa, sobreactuada o tímida- estalló un tsunami cuyos alcances aún nadie se atreve a medir sin una petaca de single malt en el bolsillo.

Y entre tanta espuma salada nadie está interesado en identificar el pecado original. Éticamente hablando, organizar viajes gastronómicos o firmar un contrato para editar un libro parece casi ingenuo si se lo compara con millonarios mexicanos visitando Argentina con una Visa que el gobierno argentino no exige. Pero ya se sabe: en tiempos de escándalo, el azar elige a un chivo expiatorio. Y la subchairman quedó parada ahí, en el centro del fuego, mientras los que deberían guardar silencio -los muertos, los degollados- ríen como viejos cómplices. Cuando alguien se atreve cuestionar la crucifixión de Baruch diciendo que no hay nada nuevo bajo el sol, se le responde que sí, que hay muchísimo nuevo, pero que no se puede contar. Pantallas capturadas, mensajes desencriptados, y un zoológico entero de votantes, chairmen, autoridades, restauradores y cocineros convencidos de la justicia divina de todo esto, porque siempre es más cómodo abrazar la versión conveniente antes que considerar la posibilidad del engaño. Lo peor es que en el fondo no importa si es cierto o no. El sacrificio era obligatorio porque los motivos nunca fueron éticos sino just business.

Aquí conviene recordar lo obvio: parte del problema es la tacañería ancestral de los Reed. El cargo de chairman debió ser extraordinariamente bien pagado y ferozmente auditado. Pero no: prefirieron esa combinación fatal de chairmen pobres orbitando vidas de lujo. Nadie con dos neuronas podía esperar que eso terminara bien. Y la pregunta, claro, no es si lo hicieron por torpeza, desidia o ignorancia, sino qué clase de inteligencia estratégica puede producir semejante disparate.

Hoy, la situación del 50 Best Latam tiene algo del clima en la Cancillería del Reich hacia el 20 de abril del '45, con la salvedad de que el sexo y las drogas han sido reemplazados (aunque no del todo) por algo acaso más indecoroso: la exhibición impúdica de connivencias entre dueños de restaurantes, agencias (Sibaris a la cabeza, aunque cada país tiene su Joana local), y chairmen. Es un circo: mesas compartidas a la vista de todos, vacaciones en grupo en playas tibias de México y Brasil, porque en Chile, Argentina y Uruguay el agua está demasiado fría para exhibirse sin pudor.

Y aun para el mínimo decoro al que esta gente nos tiene acostumbrados, la escena resulta desproporcionada. El eco de la Cancillería no es casual: desde Inglaterra circulan rumores de que William Reed Ltd estaría ultimando la venta del World's 50 Best y sus derivados regionales a capitales de Medio Oriente. No hay comunicados ni filtraciones en la prensa, pero los movimientos -internos, externos y estratégicos- hacen pensar que estamos frente a un proceso de evaluación corporativa, de esos que huelen a due diligence blando, a valuación previa a venta o a joint venture en ciernes.

Los indicios son demasiado elocuentes: la salida coordinada de Charles Reed y Tim Brooke-Webb; la suspensión de cualquier esfuerzo de control interno -como si nadie temiera ya consecuencia alguna-; y el paso firme hacia una dependencia estratégica con Abu Dhabi. Lo de Abu Dhabi no es capricho: los fondos del Golfo (ADQ, ADIA, PIF, QIA) vienen tejiendo una estrategia global de adquisición de activos culturales, deportivos y de hospitalidad de lujo. Si uno junta las piezas, el rompecabezas se arma solo.

Hace tres años que Medio Oriente -y Abu Dhabi, sobre todo- protagoniza la agenda global del 50 Best. Y mientras tanto, William Reed Ltd, por tradición transparente en sus adquisiciones, abrazó de pronto un hermetismo inusual. La opacidad es inequívoca: cuando aparecen asesorías externas, auditorías internas y NDA firmados a cuatro manos, uno sabe que la empresa está en modo venta. En ese clima, todos juegan a la mancha congelada: nadie se mueve no sea cosa que el deal se caiga.

En ese inmenso freezer, los negocios a la vista de todos de algunos chairmen son un reflejo atávico: cuando una dirección está a punto de cambiar, cada cual junta migajas para el invierno. El clásico sálvese quien pueda, versión gastronomía de lujo.

De confirmarse un cambio de esta naturaleza, sería un end of the game parcial. Después de lo que pasó con la F1, primero con CVC y luego con Liberty Media, se sabe que cuando cambia la matriz, nada queda en pie. Ni las amistades de los grandes restauradores con la Organización, ni los arreglos privados de los chairmen, ni la conducta escandalosa de tantos votantes que hasta hace dos años jamás habían conocido un restaurante estrellado, pero sí gritan que lo son para reclamar viajes, hoteles, prebendas y comidas gratis. Ignorancia con descaro: una plaga bíblica.

Nada quedará. Al menos por un tiempo.

Y, sin embargo, algo peor asoma: existe la posibilidad de que un acuerdo político entre restaurantes sea el gran vencedor del año. Lo cual demostraría que las agencias -esas que cobran fees pornográficos prometiendo rankings, votos y ascensos garantizados- habrán fracasado de forma monumental. Hace años que se oyen quejas: miles de dólares por mes para que las agencias no traigan ni ideas ni soluciones. Si eso ocurre, como decían los Sex Pistols, será el último clavo en el ataúd.

Y quizás, como en la vieja caja de Pandora, lo único que quede flotando sea la Esperanza.

Una Esperanza enclenque, claro.

Pero Esperanza al fin.

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