Editorial
Entre la deshonra y la guerra
Por Leandro Bruni
Las terceras fuerzas no pueden limitarse a reunir a quienes quedaron en el camino o a los que rechazan a todos.

Según las principales encuestadoras, desde comienzos de año la intención de voto a nivel nacional muestra una clara ventaja para el oficialismo. En el promedio de los estudios, La Libertad Avanza (LLA) oscila entre los 35 y 40 puntos, el kirchnerismo ronda los 30, y el PRO difícilmente alcanza los 10. Este panorama debería interpretarse, sin dudas, como una lectura positiva para el gobierno, aunque debe contextualizarse: este año no se elige en un distrito único nacional, sino en cada provincia por separado.

Entre la deshonra y la guerra

En la provincia de Buenos Aires, la ventaja de los libertarios respecto al kirchnerismo dista mucho de la que ostentan a nivel nacional. Al día de hoy -y sujeto al habitual dinamismo de la política argentina-, los encuestadores están registrando una paridad entre el kirchnerismo y las fuerzas que responden a Milei. Luego de la elección en la Ciudad de Buenos Aires y del resultado nacional que se conocerá en las legislativas de octubre, las elecciones provinciales bonaerenses de septiembre funcionarán, para muchos, como un termómetro clave del respaldo electoral al gobierno y al proceso iniciado en 2023. Por eso, la posibilidad de una lista de unidad entre el PRO y LLA era una hipótesis latente que terminó concretándose el 9 de julio.

Sin embargo, La Libertad Avanza no busca construir una coalición con el PRO, sino disputarle los restos de su identidad y absorber sus liderazgos más relevantes, aquellos que aún no han dado el salto. Con la firma de esta alianza -que tiene al kirchnerismo como antagonista común-, LLA no solo podría haber sumado los puntos necesarios para imponerse en septiembre y quizás en octubre en la provincia de Buenos Aires, sino también haber forzado una capitulación del PRO. Si la fuerza comandada por Mauricio Macri ya no es lo más novedoso, si dejó de expresar el cambio, si ya no representa el principal antagonismo al kirchnerismo, y como se vio en 2023 -y se corrobora en 2025- tampoco tiene capital electoral ¿qué atributos le quedan para vincularse con los votantes y que no tenga LLA?

Tras la rúbrica del acuerdo y los resultados que se proyectan para 2025, la supervivencia del PRO como partido y como identidad política parece cada vez más difícil. Lo más probable es que algunas de sus figuras más destacadas -como Diego Santilli o Cristian Ritondo-, inspiradas en el derrotero de Patricia Bullrich, encuentren refugio en el oficialismo. No obstante, el movimiento de los dirigentes no garantiza el arrastre automático de sus votantes. Es claro que un porcentaje importante del electorado actual del PRO, identificado con Macri y con estos referentes, estaría dispuesto a encolumnarse detrás de Milei. Sobre todo si se refuerza la narrativa de que la batalla sigue siendo contra el kirchnerismo y que el gobierno tiene algunos resultados -sobre todo en materia económica- que mostrar. No los uniría el amor, sino el espanto. Y para los fines electorales, eso puede ser suficiente.

El interrogante central es qué ocurrirá con aquellos votantes del PRO para quienes el rechazo al kirchnerismo no alcanza para aceptar la figura de Milei. En los grupos focales, esto se expresa como: "Me parece bien lo que está haciendo con la inflación, pero no me gustan sus formas, su agresividad y su tendencia autoritaria. Las instituciones importan". Este podría ser el sustrato sobre el cual edificar la tan mentada -y hasta ahora fallida- "tercera vía".

Aunque en términos numéricos parece difícil que en una Argentina que reconfigura y refuerza su polarización haya lugar para una tercera fuerza competitiva, el desafío es aún mayor si se considera la construcción identitaria de ese espacio. Ser un poco de todos o no representar claramente a ninguno es, estratégicamente, un problema para conectar con los votantes. Las terceras fuerzas no pueden limitarse a reunir a quienes quedaron en el camino o a los que rechazan a todos. Tampoco pueden funcionar como una asamblea sin liderazgos capaces de tomar decisiones, marcar un rumbo y, sobre todo, generar un vínculo emocional con el electorado.

Es comprensible que, en años electorales, todos los dirigentes -tanto de los espacios grandes y nacionales como de los más pequeños y locales- busquen asegurar sus bancas y conservar la mayor cuota posible de poder. Pero estos tiempos, difíciles desde el punto de vista electoral, también pueden ser una oportunidad para reconfigurar los espacios, releer el escenario político y trabajar en una identidad propia que permita fortalecer las estrategias políticas y comunicacionales hacia 2027. La derrota en 2025 podría no ser solo electoral, sino (mayormente) identitaria.

Winston Churchill decía que quien elige entre la deshonra y la guerra, eligiendo la deshonra para postergar un conflicto, igual termina en la guerra. Es posible que algo de eso esté viviendo el PRO, que, lejos de decidir preservar su identidad y reconstruir su capital electoral, decidió subsumirse a LLA, su estilo y narrativa. Está resignando sus ideas y su lugar en la política, lo que muchos de sus votantes pueden leer como una deshonra. Y sin embargo, no evitará el conflicto con Milei en 2027.

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