Editorial
Alianza táctica, riesgo estratégico
Por Leandro Bruni
Resignar identidad en pos de un éxito electoral inmediato es renunciar a un vínculo -ya de por sí débil- con el electorado.

Con los resultados ya definidos de la elección local en la Ciudad de Buenos Aires, y con el candidato de Javier Milei imponiéndose tanto sobre Leandro Santoro como sobre la candidata de Mauricio Macri, el foco de atención se desplaza hacia la Provincia de Buenos Aires. Este distrito, el más populoso del país y símbolo de la fortaleza electoral del kirchnerismo, representa un desafío ineludible para Milei y para Macri: ¿es necesario un acuerdo electoral entre La Libertad Avanza y el PRO? ¿Cuáles serían sus efectos tácticos y cuáles sus consecuencias estratégicas?

Uno de los hombres más escuchados por los presidentes estadounidenses durante la segunda mitad del siglo XX, Henry Kissinger, sostenía que un buen acuerdo es aquel en el que todas las partes pierden algo. Si una de ellas impone plenamente sus condiciones en detrimento de las otras, lo que se firma no es un acuerdo, sino una claudicación. La victoria de Manuel Adorni en CABA y el relegamiento del PRO al tercer lugar debilitan la capacidad de Macri para imponer condiciones de cara a la elección en la Provincia. La Libertad Avanza podría competir en solitario, con chances de salir segunda o incluso disputarle el primer lugar al oficialismo. En cambio, si el PRO se presenta por separado, las encuestas coinciden: volvería a quedar tercero sin margen de maniobra.

La verdadera pregunta no es si habrá acuerdo entre el PRO y La Libertad Avanza, sino de qué calidad será ese entendimiento, y quién perderá más en el proceso. No se trata solo de si los dirigentes -impulsados por Macri- celebrarán el pacto, sino de si sus bases militantes podrán tolerar la pérdida de identidad que conlleva. Tampoco basta con preguntarse si la fórmula electoral será competitiva, sino quién logrará capitalizar simbólicamente esa oferta frente al electorado y quién terminará desdibujado en el intento.

En 1997, con fuerte impulso de Raúl Alfonsín, el radicalismo selló un acuerdo con el FREPASO para formar la Alianza. El objetivo era evitar una derrota segura en soledad, frenar al oficialismo en las legislativas de medio término y conservar relevancia política. El experimento fue, en el corto plazo, exitoso: en apenas dos años, la coalición llevó a Fernando de la Rúa a la presidencia. Sin embargo, el radicalismo perdió centralidad y no logró recuperar a una parte clave de su electorado. Muchos votantes vieron en la Alianza una renovación vinculada al FREPASO, más que al radicalismo. Una jugada táctica que produjo buenos resultados inmediatos puede, si no se gestiona con inteligencia estratégica, transformarse en un error costoso a largo plazo.

Varios espacios políticos atraviesan hoy el laberinto de redefinir su identidad. En un contexto de altísima volatilidad y exigencias electorales inmediatas, la identidad política se ha vuelto un bien escaso, muchas veces intercambiable por resultados. Pero los votantes, en su economía cognitiva, no tienen tiempo ni energía para desentrañar matices, interpretar sutiles diferencias o discernir entre proyectos similares. Lo que sí puede hacer la política -con una estrategia de comunicación adecuada- es asistirlos a comprender quién es quién. Resignar identidad en pos de un éxito electoral inmediato es renunciar a un vínculo -ya de por sí débil- con el electorado.

En las elecciones a legisladores porteños, un PRO fracturado entre Horacio Rodríguez Larreta y Silvia Lospennato terminó compitiendo por el mismo electorado. Ambos ocuparon el mismo cuadrante político y ofrecieron discursos emparentados (ver imagen), dificultando la decisión del votante. Lospennato y Larreta se repartieron el electorado siete a tres, en un resultado digno para el primero y devastador para Macri. Algo similar le ocurrió a Lula Levy frente a Santoro: aunque ambos compartían perfiles similares, Santoro ganó nueve a uno. Cuando dos opciones presentan símbolos parecidos, el votante elige al que percibe más auténtico, más sólido, más enfrentado con aquello que rechaza.

Alianza táctica, riesgo estratégico

Este año electoral transcurrirá, como todos, con luces y sombras. Lo incierto es si los espacios políticos lograrán reencontrarse con una identidad desplazada y recomponerse para el futuro. Hace más de 500 años, Maquiavelo advertía en El Príncipe que un gobernante debe construir su poder con sus propios soldados. Quien busca tomar o sostener el poder con soldados ajenos no controla sus fuerzas: si vencen, deberá tributarles el éxito; si pierden, él cargará con la derrota. En otras palabras, el florentino alertaba sobre los riesgos de construir poder desde afuera hacia adentro, de desestimar la identidad como fuerza gravitacional de "los propios" y de depender de aliados circunstanciales. Hoy, ese riesgo es más actual que nunca.

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