Editorial
En la época de las pasiones tristes, la política se olvidó del futuro
Por Leandro Bruni
Los electores están votando para adelante, buscando futuro y una esperanza que los conmueva.

A cualquier lector de la política coyuntural, más preocupado por lo que se dijo ayer, el ultimo tweet o la reunión entre dos dirigentes de esta semana, podría parecerle insignificante los efectos de procesos larvados y de largas décadas. Sin embargo, el clima emocional, tan determinante para comprender el comportamiento de las personas y, en definitiva, entender el resultado electoral, no depende de un día, un dirigente o un spot. Vivimos en una sociedad donde el pesimismo, la tristeza, la incertidumbre y la intolerancia se incrementan. Podría parecer paradójico hablar de soledad en la era de la comunicación, la mensajería instantánea y la conectividad permanente que nos permiten los smartphones y las redes sociales. Pero como afirma en su libro Las épocas de las pasiones tristes el sociólogo François Dubet, estas emociones son fruto del individualismo y la soledad creciente en las últimas décadas. Las personas son cada vez más individualistas y se sienten solas.

La última mitad del siglo XX y sobre todo lo que va del siglo XXI se pueden caracterizar como la crisis de las identidades colectivas. La religión, la familia, los partidos políticos, la cultura nacional entre otros "colectivos", volaron por los aires. Existen cada vez menos personas cuya identidad está monolíticamente definida. La globalización generó ciudadanos del mundo, más preocupados por tener pasaportes "poderosos" que les permitan viajar, que por aprenderse himnos, marchas o celebrar con solemnidad una fecha patria. Las religiones están en crisis. Según cifras de Latinobarómetro, una gran encuesta en países latinoamericanos, señala que mientras en 1995 el 80% de la población se identificaba como católica, en 2018 se redujo al 59%. El modelo tradicional de familia es una pieza rara de encontrar. Vinculado con la explosión de la diversidad sexual y cultural, las personas están redefiniendo sus vínculos amorosos, sus proyectos a largo plazo y con ello sus modelos familiares. Todas las personas, a su manera, están haciendo lo mismo: buscando el sentido de la vida. Durante gran parte del siglo XX el sentido de la vida estaba dado por el lugar de nacimiento, la capacidad adquisitiva de la familia de origen, la formación educativa que se alcanzaba o el trabajo que se conseguía. Pero en el siglo XXI, trabajar toda la vida en un mismo lugar es un tenue recuerdo de una sociedad que ya no existe. En esa incertidumbre, las personitas caminamos y construimos sentido. Sin embargo, lo que termina ocurriendo en la realidad, es que el sentido de vida se volvió líquido y efímero. Es por eso que los sentimientos de nuestra época, como señala Dubet, son la tristeza, el desencanto, la soledad, el pesimismo.

En la época de las pasiones tristes, la política se olvidó del futuro

Esta es la sociedad que se está parando frente a las urnas. Es cierto que busca entre los rostros de los candidatos alguien que pueda solucionarle los problemas materiales como conseguir empleo, mejorar salario, facilitarle el acceso al alquiler de un departamento o el crédito para adquirir un hogar propio. Pero también, los electores les están pidiendo a los candidatos que les den sentido a sus vidas. Las personas queremos saber de dónde venimos, por qué estamos como estamos, y, sobre todo, saber que en el futuro estaremos mejor. No sirve solo contar lo mal que se vive o los tiempos complejos que vamos a atravesar. Los electores están votando para adelante, buscando futuro y una esperanza que los conmueva.

En este sentido, la encuestadora Opina Argentina circuló en septiembre un estudio en el que demuestra una de las claves del éxito comunicacional de Milei. 75% de los que votaban al libertario dicen estar movidos por una emoción positiva como la esperanza. En contraste, el 22% lo vota por una emoción negativa, como el enojo. Según estos datos, la mayoría de los votantes de Milei no son movidos por la bronca, el odio o el cansancio hacia opciones políticas que no pudieron resolverles los problemas, sino la esperanza que les da la imagen del economista. Hay que tener cuidado al pensar e instrumentar campañas negativas o campañas "del miedo" contra Milei. Si se hacen mal es muy posible que el resultado no buscado termine siendo alimentar electoralmente a uno de los pocos candidatos que está ofreciéndole esperanza a los votantes.

En pleno siglo XXI nadie lee propuestas ni programas políticos. Incluso conozco muchos militantes que no leen sus propias propuestas, mucho menos lo va a hacer el ciudadano común. La gente no está votando programas, sino personas que puedan ayudarle en esta búsqueda de sentido en la época de las pasiones tristes.

*Sociólogo, Politólogo y profesor UBA y UB

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