La cuenta corriente de la balanza de pagos arrojó superávit. Es un fenómeno riesgoso porque puede consolidar una política económica que desalienta el desarrollo productivo local. |
Uno de los datos que el INDEC publicó esta semana tuvo poca repercusión desde los dos costados de la grieta, pero puede tener implicancias trascendentales sobre el rumbo de la economía nacional. Se trata del resultado de la cuenta corriente de la balanza de pagos que arrojó un superávit de 2.214 millones de dólares en el segundo trimestre del año.
De esa manera, dado el déficit registrado en el primer trimestre (2.411 millones de dólares), el saldo de la cuenta corriente en el primer semestre de 2026 fue equilibrado (totalizó un saldo negativo de apenas 197 millones de dólares, un monto insignificante con relación al PBI).
Es una información muy valiosa para el análisis económico porque, a diferencia de la balanza comercial que solo contabiliza el comercio internacional de bienes, en esa cuenta se agregan las transacciones por servicios, rentas (incluye el pago de intereses de la deuda externa) y transferencias. Es decir, computa todos los intercambios reales de los residentes nacionales con los del resto del mundo. Y, paradójicamente, si bien luce como un aspecto positivo, es un fenómeno riesgoso porque puede llegar a consolidar un esquema de políticas económicas que desalienta el desarrollo productivo local, precariza el mercado laboral e incrementa la desigualdad y la pobreza.
Hasta ahora, toda vez que se habían aplicado programas de liberalización comercial y financiera con abruptos aumentos de las tarifas de los servicios públicos y esquemas desregulatorios de los mercados, elevadas tasas de interés, privatizaciones y reducciones del gasto público (última dictadura militar, convertibilidad y macrismo), desencadenaron en el mediano plazo desequilibrios insostenibles de la cuenta corriente que terminaron con enormes crisis y abruptos incrementos de deuda externa.
El origen de esos déficits era la mayor demanda de divisas para el pago de importaciones sustitutivas de la producción nacional y la necesidad de cancelación de intereses por el endeudamiento en dólares que esos modelos requieren. El desbalance de la cuenta corriente, a su vez, potenciaba la demanda de dólares para ahorro y la fuga de capitales.
Cuando se agotaba el financiamiento externo, el rojo de la cuenta corriente detonaba el mercado cambiario con niveles de compra de dólares incompatibles con la oferta genuina de divisas por exportaciones. La suba del dólar implicaba, desde ya, la consecuente aceleración inflacionaria y una brusca caída de la actividad que acababa deslegitimando a los gobiernos que empleaban esos modelos.
La novedad es que, durante el gobierno de Milei, con políticas económicas que operan en la misma dirección de desalentar el desarrollo productivo, el déficit acumulado de cuenta corriente es de apenas el 0,2% del PBI en dos años y medio del programa. Así, a diferencia de los anteriores procesos regresivos, no hay motivo estructural para esperar un brusco y sostenido movimiento ascendente de la paridad cambiaria. Desde ya, puede haber episodios de estrés financiero que generen una presión importante en el mercado cambiario, pero la economía nacional no está desbalanceada en su intercambio con el exterior como en los otros episodios del pasado reciente que implicaron los mayores saltos del dólar.
La variable crítica que amenaza a Milei
Las razones principales que explican el "saneamiento" actual de la cuenta corriente, a pesar de volver a practicar la mismas recetas del pasado, son el auge de la exportación energética, alcanzado gracias al desarrollo de la infraestructura pública construida antes de la asunción presidencial de Milei, la mayor exportación minera con los precios internacionales más elevados de la historia y las buenas cosechas agrícolas. Asimismo, a diferencia de los modelos neoliberales anteriores, la intensidad del ajuste es mayor y, por consiguiente, la caída del consumo también. Esa dinámica repercute en una demanda interna más acotada, lo cual implica un alza no tan significativa de la compra de divisas para importaciones y arroja a la vez un saldo de oferta disponible más amplio para exportar productos que habitualmente se consumían más en el mercado doméstico, como carnes, lácteos, cereales e insumos básicos para usos industriales.
Desde 1980, Argentina tuvo solo 12 años con superávits en el intercambio real con el resto del mundo, mientras que los 34 años restantes fueron deficitarios, con picos que en 13 oportunidades llegaron a superar el equivalente al 3% del PBI.
El desbalance acumulado en estos últimos 46 años equivalió al 55,4% del PBI. A valores actuales, la cifra representa alrededor de 380.000 millones de dólares. Esa es la causa central de las peores corridas cambiarias, las bruscas devaluaciones (mecanismo elemental para equilibrar la cuenta externa), la fuga de capitales y la consolidación del dólar como refugio de valor.
Los desequilibrios más pronunciados de la cuenta corriente fueron la consecuencia de impulsar modelos desentendidos de las necesidades del desarrollo de cadenas de agregación de valor, como sucede en la actualidad en donde solo los sectores productivos primarios tienen un comportamiento expansivo (agro, pesca, energía y minería). El saldo desfavorable en el intercambio global había tenido como origen el haber inducido a la contracción de la capacidad productiva con una demanda que se abastecía en mayor medida de importaciones y que dependía de un creciente endeudamiento externo.
En los últimos cuatro años de la dictadura (1980 a 1983), el déficit de cuenta corriente que esas políticas provocaba representó el 17,3% del PBI, en la Convertibilidad (1991 a 2001) llegó al 32,7% y durante el macrismo (2016 a 2019) acumuló el 13,5%. En total, esos 19 años de experimentos neoliberales totalizaron un rojo el equivalente al 64% del PBI (es una cifra incluso superior al total del período 1980/2025 debido a los superávits registrados en algunos años en los que se trató de reconstruir la capacidad productiva).
No vivimos un fenómeno nuevo en la economía internacional. Este tipo de acontecimientos, donde la abundancia súbita de ingresos por la exportación de recursos naturales provoca consecuencias negativas en el resto de la economía, de hecho, es conocido como "enfermedad holandesa". Esa expresión empezó a utilizarse a fines de 1950 luego de haberse observado un impacto productivamente regresivo en los Países Bajos, tras el descubrimiento y explotación de yacimientos de gas natural.
Pero el caso local es aún más especial, dado que, como vimos, el detonante histórico fundamental de las crisis de las últimas décadas fue una acumulación insostenible de déficits de cuenta corriente. Entonces una enfermedad holandesa potente en estas tierras, más allá de que tenga consecuencias muy negativas para la producción, el empleo y la distribución del ingreso, puede llegar a mitigar un aspecto degenerativo de la economía: el crónico exceso de demanda en el mercado cambiario.
El daño en términos productivos y sociales que el actual modelo está ocasionando seguramente será irreversible. Sin embargo, el mayor peligro es que, sin una concientización rápida sobre las implicancias del modelo, pueda llegar a ser considerado por error como la única solución y el sacrificio necesario para alcanzar la ansiada estabilidad macroeconómica. Cuando, en realidad, es el resultado de un escenario internacional particular que demanda más recursos naturales para la industrialización interna en los centros de poder económico, con una plataforma de explotación energética pública que, por desgracia, heredó "el topo dentro del Estado, el que destruye el Estado desde adentro".
En definitiva, tenemos una gran oportunidad de desarrollo que está siendo desperdiciada. Los nuevos recursos de la exportación primaria podrían utilizarse inteligentemente para fortalecer la capacidad competitiva del país y mejorar la distribución del ingreso. Por ejemplo, como hizo Noruega con la administración pública de su Fondo de Pensiones derivado de la explotación de petróleo que la consolidó en el podio de los países más desarrollados del mundo. Pero quienes hoy nos gobiernan hacen lo contrario. Para ellos lo otro es comunismo.
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