El gobierno presentó el Presupuesto 2027 con un optimismo desacoplado de la realidad económica. |
El gobierno maneja la economía como si estuviera arriba de un auto donde el tablero de control le marca luces amarillas de alerta y las desatendiera con tal de llegar a una meta a cualquier costo. Así, lo dejó entrever otra vez con sus supuestos macroeconómicos del proyecto de Presupuesto 2027, enviado esta semana al Congreso. Volvió a exhibir un optimismo desacoplado de la realidad económica y puso de relieve que su objetivo de primer orden es pagar deuda externa, aunque la gran parte de la economía se funda.
El desvelo del presidente Javier Milei por presumir más de lo que sus políticas son capaces de generar posiblemente lo haya empujado a presentar estimaciones de crecimiento, tanto de 2026 (3%) como de 2027 (4%), carentes de fundamento técnico. Por caso, el último dato disponible del INDEC respecto al PBI correspondiente al segundo trimestre de 2026 dio cuenta de una variación interanual de sólo 2% y lo más complicado fue que reflejó una reversión de la dinámica ascendente. Ese trimestre comparado con el primero de este año (en la serie desestacionalizada) registró una baja de -0,6%. De esta manera, la economía arrancó a contramano "los mejores 18 meses que Argentina haya visto en las últimas décadas", de acuerdo con el vaticinio del ministro Luis Caputo de abril pasado.
En el primer semestre, la actividad computó un alza del 2,2%; por lo tanto, para alcanzar la proyección oficial en el segundo semestre debería expandirse a una tasa del 3,8%; sería algo asombroso considerando en particular la baja observada entre abril y junio de este año. Además, los datos oficiales de julio de la industria y la construcción, que representan el 20% del PBI, contabilizaron caídas de 4,9% y 4,6%, respectivamente, según el INDEC.
Y tampoco hay indicios de reactivación. Por el contrario, el presidente, Javier Milei, y Caputo, siguen ratificando el rumbo actual que ya demostraron que implican una mayor contracción de las áreas productivas con epicentro en un mercado doméstico cada vez más ajustado.
Los únicos rubros de consumo masivo que experimentaron aumentos de actividad significativos son el financiero, por el mayor peso del pago de intereses derivado del endeudamiento de los hogares, y la venta de motos, como resultado en buena medida de su rol como salida laboral de emergencia para tareas de reparto a través de plataformas digitales ante la licuación del poder adquisitivo y la escasez de vacantes de trabajo formales.
La tracción del crédito al consumo había funcionado entre mediados de 2024 y fines de 2025 para empujarlo en un escenario de destrucción del empleo asalariado registrado, precarización laboral, reducción de los ingresos reales y cierres de empresas, principalmente pymes. Pero ese canal está agotado y el pago de las deudas asumidas comprime aún más el ingreso disponible para animar la demanda, crucial cuando el consumo privado ya explica el 75% del PBI, según el INDEC.
Con el nivel de morosidad récord de las familias (12,9% en bancos y 31,3% en fintech y billeteras virtuales, según el Banco Central), el sostenimiento de tasas de interés reales que más que triplican a la inflación esperada y mayores requisitos para el otorgamiento de créditos, se atrofió el impulso a la demanda vía préstamos. El esquema había funcionado transitoriamente, pero, desregulado irresponsablemente por Milei al inicio de su administración a través del DNU 70/2023, despertó negocios abusivos y la ruina para muchos hogares.
La dinámica pendular de la economía nacional y la pérdida de capacidad adquisitiva pudo haber impulsado a parte de los trabajadores a asumir créditos en condiciones usurarias. Si bien perdían poder adquisitivo por la suba desproporcionada de los precios de bienes y servicios de consumo insustituible por encima del IPC (tarifas de servicios públicos, combustibles, alquileres, alimentos básicos y remedios, fundamentalmente) con salarios que, además, quedaban atrasados también respecto de esa inflación mal medida por el gobierno, por urgencia o porque quizás esperanzados en el proyecto libertario intentaron resistirse a resignar tanto poder de compra, cayeron en la trampa.
Tuvo que haber pesado la expectativa de que, como en el pasado cercano, luego de los derrumbes de las condiciones de vida, la situación podría recomponerse al menos parcialmente y en un tiempo no muy extenso. Pero esta vez no fue así. El cambio distributivo que ahoga sobre todo a la clase media luce estructural, el derrotero de los haberes continúa y se profundiza por el constante loop de destrucción de empleos formales, salarios y jubilaciones que corren detrás de la inflación, cierres de empresas, precarización laboral, merma de la demanda y más pérdida de empleos, caída salarial y cierres. Es un círculo vicioso que, una vez encarnado, golpea una y otra vez y sólo puede romperse con política pública expansiva, pero Milei no da ninguna señal de giro.
Quizás también el presidente no quiso quedar tan desalineado de sus anteriores proyecciones. Hace apenas un año, en el diseño del presupuesto 2026, había sido aún más optimista: supuso un crecimiento en 2026 y en 2027 del 5% cuando hoy el escenario más probable es que el ascenso de la actividad no llegue ni a la mitad.
Otro impedimento significativo para alcanzar a esas tasas es la relativa alta base de comparación. Más allá de que la economía acumule 14 años de estancamiento y achicamiento del PBI per cápita, el registro de 2025, de la mano básicamente del crédito y del auge de los sectores energético, minero y agro, fue el más alto de la serie histórica sin contemplar el aumento poblacional.
Ahora bien, el mayor fracaso del gobierno que pone un gran límite para un proceso de crecimiento sustentable fue su incapacidad para atraer inversiones. La escusa del "efecto kuka" es absurda cuando se comparan los dos años y medio registrados de Milei con los dos últimos años y medio del gobierno de Alberto Fernández. Según el INDEC, la formación bruta de capital fijo durante la gestión libertaria fue 12,1% inferior que la del última administración "kuka".
Sobre el final del mandato de la LLA no parece que pueda haber un repunte como para explicar las proyecciones oficiales. Al contrario, la inversión viene en declive, aun con los incentivos extraordinariamente generosos del RIGI y del súper RIGI. En el primer semestre de 2026 fue un 11,5% aún más pequeña todavía que la del mismo lapso de 2025. El problema es que el modelo no genera mercado ni rentabilidad para actividades que no estén directamente vinculadas con las ventajas naturales del país.
Por supuesto, el gasto público tampoco podrá dinamizar de ninguna manera el crecimiento. Incidirá fuertemente también para que las proyecciones oficiales sean más incumplibles.
Un capítulo aparte merecen los cálculos de inflación. El gobierno hace un año para el presupuesto anterior había estimado una inflación del 10,1% en 2026 y de 5,9% en 2027 y su nueva suposición, sin ninguna explicación, ahora establece un nivel del 29% en 2026 y 18% en 2027. A pesar de haber prácticamente triplicado el ritmo esperado de aumentos de precios, las suposiciones actuales tampoco parecen realizables cuando sólo en los primeros ocho meses del año el IPC ya anotó un ascenso de 21,3%. De hecho, si en lo que queda de 2026 consiguiera mantener el menor ritmo de aumentos mensuales del año (1,7% en agosto pasado), la inflación anual sería del 30% y así ya superaría también la nueva proyección establecida para el período actual.
Sin embargo, lo más desopilante en términos de proyecciones fue la reiterada aseveración de Milei: "para mitad del año que viene o agosto (lo prometió en 2025), la inflación va a pasar a ser de cero coma algo, seguro va a empezar con cero". Un presidente que se jacta de ser un gran experto en economía difícilmente pueda tener credibilidad de esta manera y, menos aún, seducir a inversiones y generar empleos.
Sin atención sobre el panel de comando y construyendo escenarios incumplibles, Milei provocará un muy duro golpe. Los únicos amortiguadores hasta ahora han sido los sectores exportadores no tradicionales (energía y minería) y los salvatajes financieros del FMI y del Tesoro de Estados Unidos que alejaron la restricción externa y, por lo tanto, postergaron las corridas cambiarias y una mayor aceleración inflacionaria. Reparar el desastre que el autoproclamado "especialista en crecimiento con y sin dinero" genera sobre el resto de la economía va a salir muy caro.
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