Pesca
El otro "campo" argentino
Por Julio González Insfrán
La industria pesquera nacional ha conseguido un interesante auge en estos últimos años y aún en pandemia, aunque aún tiene un enorme potencial por darle a la economía nacional

  *Escrita en coautoría con Gustavo Trespando, capitán de pesca e integrante de la Comisión Directiva Central del Centro de Patrones y Oficiales Fluviales, de Pesca y de Cabotaje Marítimo de la República Argentina.   

Cuando se piensa en las principales exportaciones de la Argentina al mundo la imagen que enseguida ocupa nuestra mente es la de los cereales, la carne y otros productos agropecuarios. Sin embargo, la exportación de productos pesqueros, con especies como la merluza, el langostino y el calamar, está cabeza a cabeza y hoy es la tercera en importancia. Este año se estima que las divisas que ingresarán como producto de esta actividad superarán los 2.300 millones de dólares del año pasado.

Si consideramos la riqueza ictícola de nuestros casi 5.000 kilómetros de litoral marítimo, el valor de la pesca en el mercado alimentario mundial (aunque el consumo en la Argentina es el más bajo entre los países del continente que tienen salida al mar) y la existencia de una industria nacional de larga trayectoria pero que además se renueva, vemos que la actividad pesquera tiene paño para ser uno de los pilares de la economía.

Más allá de las 200 millas desde la costa, es decir, ya en aguas internacionales, esta riqueza atrae a buques de todas las nacionalidades -incluso con banderas de conveniencia, con leyes demasiado laxas- que practican una pesca depredadora y de gran escala, e incluso la piratería. De ahí que una de las principales necesidades soberanas de nuestro país sea cuidar que esas naves, que hacen base mayormente en el puerto de Montevideo, no ingresen a pescar en aguas argentinas.

Pero la industria pesquera nacional ha mantenido un pleno nivel de ocupación en los últimos años y, muy en especial, durante la pandemia. Y esto es fundamental porque el sector representa nada menos que el 40 por ciento de la economía en Mar del Plata, el principal puerto pesquero del país y una de las principales ciudades de la Argentina. Situaciones similares se han vivido en los puertos pesqueros de la Patagonia (Puerto Madryn, Puerto Deseado, San Antonio, Comodoro Rivadavia), y muy en especial en Rawson, ciudad donde en estos dos últimos años se han instalado nuevas plantas de manufactura del producto en tierra, que es una de las principales condiciones para que el negocio derrame su riqueza en las economías locales con desarrollo y bienestar para la gente.

Esta creación de fuentes de trabajo en tierra es una de las cuestiones por las que hemos bregado los sindicatos vinculados con el sector; otra cuestión clave es la renovación de la flota pesquera.

El otro gran problema que los sindicatos vinimos denunciando durante los últimos años es la obsolescencia de la flota pesquera y el peligro que representa la falta de mantenimiento de los barcos. Esta situación había dejado un saldo trágico de un centenar de muertos en las últimas décadas, y alcanzó un punto de no retorno el 17 de mayo de 2017, cuando el pesquero marplatense Repunte se hundió frente a la costa chubutense. Siete de los tripulantes del pesquero desaparecieron en el accidente y sólo se salvaron dos personas.

¿Por qué? Porque se usaban buques que llegaban como chatarra desde Europa y eran puestas a navegar en el Mar Argentino poniendo en riesgo la vida de los trabajadores y la infraestructura de los puertos. Había buques con más de cuatro décadas de antigüedad, que hacía tiempo debían ser pasados a retiro.

Hoy, la industria pesquera es el motor que le da respiro a nuestros astilleros, madre de industrias y creadores de tecnología, valor agregado y empleo de calidad. Un astillero entregó este año seis nuevos buques que se incorporaron a la flota marplatense, y una de las principales compañías de esta ciudad está haciendo construir un buque factoría (congelador), todo en astilleros argentinos, lo que muestra a las claras las capacidades técnicas de nuestra industria naval y la necesidad de un trabajo articulado que impulse la cadena de valor.

La pesca es una actividad con enorme rotación. Hoy, por ejemplo, estamos en plena temporada del langostino en aguas provinciales de Chubut; en enero se lanza la zafra del calamar, y en mayo vuelve la temporada del langostino, pero en aguas nacionales. Esta rotación hace que nuestra actividad tenga características que la hacen muy federal.

Por eso, es una actividad muy regulada. Todas nuestras tripulaciones trabajan según las normativas de la Organización Marítima Mundial (OMI), y además hay directivas para cuidar el recurso, como los tiempos de parada biológica para esperar que los cardúmenes se reproduzcan. Los buques extranjeros que pescan ilegalmente en aguas argentinas no sólo extraen de ellas el recurso indiscriminadamente, sino que además no se rigen por ninguna normativa.

Durante el último año se han capturado a penas dos o tres buques de pesca ilegal, lo que hace suponer que afortunadamente no son tantos. En enero o febrero se incorporan nuevas lanchas rápidas de patrullaje para colaborar en esta necesaria tarea de vigilancia, pero la enorme extensión de nuestro litoral marítimo hace que, de todas maneras, aun siga resultando insuficiente.

Es importante saber que las flotas europeas y orientales que pescan en zonas linderas a las 200 millas o en el área de Malvinas están normalmente subvencionadas por sus respectivos Estados, y cubren de ese modo varios de sus costos de operación, la carga de combustible o la renovación y el mantenimiento. Cuando pescan en cantidad y atiborran el mercado de merluza o calamar bajan los precios, lo que perjudica -nuevamente- el negocio de las empresas argentinas.

La actividad pesquera se ha convertido también en un importante motor de desarrollo humano. La incorporación creciente de las mujeres en la actividad, donde cada vez se forman y navegan oficiales femeninas de a bordo (cosa impensada años atrás en una profesión tradicionalmente considerada "de hombres"), es una muestra más de que la modernización no es sólo tecnológica y va en todos los sentidos, incluida la calificación profesional, la inclusión y la remoción de los prejuicios.

Por último, no es posible dejar de reconocer el enorme contraste que existe entre la actividad pesquera y el transporte fluvial y marítimo de cargas, un formidable potencial que la Argentina desaprovecha, perdiendo cerca de 3.400 millones de dólares anuales en concepto de flete. Un país que exporta más de 100 millones de toneladas anuales en productos agropecuarios no puede cometer la torpeza de no tener una flota mercante de bandera y dejar que todo el negocio quede en manos de las multinacionales, como sucede hoy.

Aprovechar las ventajas competitivas que nos dan nuestras aguas y nuestro litoral marítimo, desarrollando las industrias estratégicas que permitan convertirlos en riqueza de manera sustentable, es la única vía verdadera que tenemos los argentinos para salir de nuestra crisis y entrar en una senda de prosperidad y trabajo.


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