La final entre España y Argentina dejó más preguntas que respuestas. José Paganelli, profesor de Flacso México, analiza la final de la copa del mundo. |
Han pasado dos largas semanas desde la final de la Copa del Mundo 2026, y hasta hoy, las especulaciones sobre lo que ocurrió la tarde del 19 de julio en el Estado de New Jersey, están a la orden del día. La falta de respuestas futbolísticas pero sobre todo anímicas del equipo argentino fueron notorias y a la vez sorprendentes. Durante el transcurso del partido, que vi con mis hijas en una parrilla argentina de la Ciudad de México, la superioridad de la selección española nos dejaba perplejos y a la vez decepcionados. Pese a ello, una vez concluida la Final, salimos con nuestras camisetas y nuestras banderas a caminar, orgullosos del mundial que habíamos vivido gracias a la "Scaloneta". No había reproches ni justificaciones. El triunfo de España resultaba incuestionable.
Tuve que viajar a Buenos Aires al día siguiente de la Final. A medida que pasaban las horas y se viralizaban las imágenes, los testimonios y los silencios de los protagonistas, comenzaron a surgir múltiples hipótesis, con argumentos alternativos a lo puramente deportivo, para poder explicar lo ocurrido en el campo de juego. En ese entorno, y expuesto a estas nuevas narrativas, yo también comencé a hacerme preguntas. ¿Qué significaban las caras de los jugadores en el túnel antes de salir a la cancha (muchas de las cuales denotaban tristeza y consternación, más propias de un resultado adverso consumado, que asociadas a la ilusión que genera salir a jugar una final)? ¿A qué se debían las arengas de Messi ("Vamos muchachos, tranquilidad eh, tranquilidad. Olvidémonos de todo y salgamos a jugar") o las del Dibu Martínez en el entretiempo ("Para adelante, vamos para adelante, para atrás juegan los cagones, vamos para adelante")? De repente, todo me comenzó a parecer extraño. Esas situaciones, pensé, eran impropias de ese momento y de esos protagonistas. Con el correr de los días, la sospecha fue creciendo. Fueron tomando forma versiones publicadas en redes y en diversos medios de prensa, algunos de gran audiencia, que refieren a testimonios de familiares de los jugadores y de directivos de la AFA -que incluían al mismo presidente de la Asociación del Futbol Argentino, Claudio Tapia- que sugerían la existencia de amenazas para que Argentina no ganara la Final, y que habrían sido comunicadas a los jugadores en el vestuario, poco antes de salir al campo de juego.
Frente a toda esta movida, comencé a preguntarme: ¿Deberíamos darle crédito a estas versiones para entender el rendimiento del seleccionado argentino en lo que fue, probablemente, "the last dance" de Messi y la Scaloneta? ¿O sería mejor rendirnos ante la evidencia de que la selección española fue claramente superior, como lo había sido con Francia y con el resto de las selecciones a las que había enfrentado? Lo que sigue a continuación se aleja de las afirmaciones categóricas y concluyentes. Es más bien un intento, algo abigarrado lo confieso, de analizar a partir de la evidencia disponible, la verosimilitud de las explicaciones extra futbolísticas, contrastadas con lo que pudimos observar en el campo y con todo aquello que pudo haber sucedido fuera de la cancha, pero que realmente no sabemos, y quizás nunca sepamos, si realmente ocurrió.
El partido "esperado" vs el partido "observado" ¿Qué fue lo que vimos en la final?
En términos futbolísticos, antes de iniciarse el encuentro, éramos conscientes (y la Selección Argentina lo sabía mucho mejor que nosotros) que España es un equipo con una gran capacidad de dominar el trámite de los partidos, a partir del control casi monopólico del balón y a través de un juego asociado sostenido en la enorme calidad técnica de sus jugadores. Según los datos del portal de la FIFA, España fue la tercera selección -después de Alemania y Turquía qué solo jugaron 4 y 3 partidos respectivamente- con mayor porcentaje de posesión del balón, con un promedio de 63.5% del tiempo (Argentina ostentaba solo el 56%). Asimismo, era una de las dos selecciones (junto con Argentina) con mayor efectividad en la presión para recuperar el balón, pero tardaba mucho menos tiempo. En este rubro, Argentina fue la selección que ocupó el ¡último lugar de todas las selecciones participantes! en rapidez de recuperación del balón, con un promedio de 2 minutos y 10 segundos. Sumado a ello, España también fue la selección con la valla menos vencida, recibiendo un solo gol en toda la copa del mundo, sin haber estado en desventaja en el marcador.
Por su parte, Argentina se presentaba como una selección menos dominante, pero más efectiva. Sus fortalezas estaban en el ataque más que en la zona defensiva. El haber recibido goles en todos los partidos de eliminación directa nos mostraba como un equipo más frágil que el español, pero también más letal. La cantidad de goles a favor (19) de Argentina antes de la final solo había sido superada por Inglaterra y Francia, que convirtieron 20 cada una (si bien cabe recordar que su partido por el tercer puesto fue un carnaval, que finalizó 6-4 para los británicos). Una vez terminada la semifinal éramos el segundo lugar en cantidad de remates y fuimos sextos en efectividad de remates al arco.
Maradona y Messi, pistas del sentimiento anti argentino en México
En la previa, se enfrentaban dos estilos de fútbol con recorridos diferentes, pero en ambos casos con jugadores de gran calidad técnica, y en el caso de Argentina, con la ya probada capacidad de dar vuelta resultados adversos, aun cuando ello parecía casi imposible. Más allá de la probada jerarquía de nuestras individualidades, la mayor virtud del seleccionado argentino en el mundial 2026 fue su capacidad (que no es solo técnica sino también anímica) de sobreponerse a la adversidad. Por eso, en los cálculos previos, si bien reconocíamos la dificultad que suponía enfrentar a una selección dominante como la española, no nos preocupaba tanto que pudieran ser superiores en el trámite del encuentro, ya que si eso sucedía -e incluso si se ponían en ventaja- el equipo de Scaloni podría mostrar la resiliencia que había exhibido durante todo el torneo.
Dada la descripción de los antecedentes, el trámite del partido, tal como se dio, fue como mínimo previsible. De alguna manera, vimos algo que era esperable. Una selección española ostentando el dominio, frente a un equipo argentino más bien replegado, tratando de fortalecer su zona defensiva y esperando alguna oportunidad de transición rápida, o de recuperación y tenencia para avanzar e instalarse en campo español, tal como ya lo habían intentado Bélgica en cuartos de final y Francia en semis.
Esto último no ocurrió, y Argentina aguantó el embate del rival casi sin cruzar la mitad de la cancha. Dibu Martínez fue la figura y los 90 minutos iniciales terminaron sin goles. Sin embargo, una vez que España se adelantó en el marcador al inicio del segundo tiempo extra (minuto 107), quedaba muy poco tiempo y había pocas energías y recursos en la Selección Argentina (jugadores en su mayoría de corte defensivo) como para ensayar la hazaña, al estilo de los partidos anteriores.
Con respecto a la estrategia (y el rendimiento de la Selección Argentina), que parece ser el centro de todas las discusiones, la táctica observada no fue demasiado diferente de lo que había sucedido en partidos previos, pero el rival era diferente. Una defensa baja, y un intento de control de balón, pausado y paciente puede ser más efectivo frente a Suiza o Egipto, pero resulta mucho más complicado hacerlo valer contra España. En partidos anteriores, la presión de los rivales no era asfixiante ni la capacidad técnica de sus jugadores era comparable a la de la selección española Frente a los campeones de Europa, cualquier error en la salida podía terminar en una oportunidad de gol para el rival.
La evidencia, las rarezas y las dudas razonables
Para un observador desprevenido, toda esta descripción debería ser suficiente para explicar el resultado del partido, y el merecido triunfo de la "Furia Roja". Sin embargo, para muchos que ven y analizan fútbol desde hace tiempo, la pasividad con la que Argentina encaró la Final representa una rareza que merece ser analizada. La selección de Scaloni no se convirtió nunca en ese equipo combativo, dispuesto a pelear en cada palmo del campo, aun siendo superado, que se había visto en los partidos anteriores. Los gladiadores de tantas batallas se mostraron abúlicos, erráticos, y sin dinámica. Un equipo que promediaba 13 disparos al arco contrario en cada uno de los siete partidos restantes y que había convertido 19 goles (2.8 de media), hizo su primer disparo al arco en el minuto 119, a solo uno del final, y ni siquiera fue entre los tres palos, ya que Simeone elevó su remate excesivamente. Un equipo caracterizado por su enjundia, su capacidad de lucha, y por no dar un partido por perdido (en todos los partidos de eliminación directa, pero en especial frente a Egipto e Inglaterra, fue esa actitud lo que nos hizo ganar), en la final jugó como si tuviera "el freno de mano de puesto". De hecho la diferencia en el porcentaje de la posesión del balón entre ambas selecciones, que fue, además, la mayor de la que se tenga registro en una final en toda la historia de los mundiales. Un líder, Messi, que "la pide siempre", al que buscan siempre sus compañeros, que aguanta el balón cuando el rival es un vendaval, que genera faltas, asiste y provoca situaciones de gol casi sin esfuerzo (y que además, se despedía de las copas del mundo con la posibilidad de coronar por segunda vez consecutiva -algo que ni el mismo Pelé había logrado en cancha-) casi no tocó la pelota hasta los últimos minutos, ya con el marcador 0-1 y un hombre menos en el campo. Dos zagueros centrales reconocidos por su carácter, capaces de jugar en una pierna, pidieron ser sustituidos (ambos) mucho antes de finalizar el encuentro, por sucesivas lesiones. Se entiende que en una final no se puede dar ventaja, y la merma física es un elemento clave, pero también es cierto que Scaloni es un entrenador cuya filosofía es que juegue el que esté al 100 por ciento: ¿No se sabía que ambos defensores estaban al límite, antes de iniciar? Una selección que se veía inmortal (eso veíamos los amantes del fútbol y eso reportaban asombrados comentaristas y relatores extranjeros, incluyendo a quienes provenían de países cuyas selecciones eran rivales de Argentina) pareció "morir de nada" ante un rival que le manejó la pelota todo el partido, muchas veces sin profundidad. Si bien el dominio de España fue total, y fue un merecido ganador, recién pudo convertir el gol de la victoria en el segundo tiempo suplementario, por obra de Ferrán Torres, un delantero conocido por su no tan efectiva puntería frente al arco. Argentina por su parte, ejecutó un solo disparo al arco en todo el partido, y este se dio en el minuto 119 de un encuentro que duró 123. Por si faltaran condimentos para la extrañeza, Lautaro Martínez, héroe de la semifinal contra Inglaterra, y artífice de las victorias con Egipto y Suiza, no participó ni un solo minuto de la final.
A partir de esta evidencia, quienes postulan una duda razonable acerca de la "normalidad" de la Final consideran que lo ocurrido se explica por razones que exceden lo futbolístico; no habría otra forma de entender un rendimiento tan por debajo de lo esperado por parte de la Selección Nacional. Para ellos, el desempeño de Argentina es lo que en términos estadísticos se conoce como una observación atípica (en inglés "outlier"). Un dato "fuera de la norma", cuyo comportamiento es muy diferente de lo esperado, dados los antecedentes más recientes que enmarcaban la disputa de ese partido final. No es el resultado lo imposible, no es el España campeón, el problema. De acuerdo con esta versión, ese 1-0 logrado sobre el final luego de una resistencia denodada del equipo argentino, enmascara más de lo que evidencia. Para ellos se trata de ir al fondo del asunto y "desvelar" las razones que explican un rendimiento tan atípico.
El acertijo y los intentos de respuesta. Teorías de la conspiración, silencios y una única certeza: el orgullo del pueblo argentino
Luego de analizar los datos del partido, y de la viralización de las imágenes en las que se ve a los jugadores argentinos consternados antes de salir por el túnel a jugar la Final, cobraron fuerza diversas teorías apoyadas en razones. extra futbolísticas que explicarían lo sucedido en el campo de juego del Estadio de New Jersey aquel 19 de junio, en la Final del Mundial 2026 Todas ellas remiten a diferentes versiones - detalladas a continuación- de conspiraciones, todas ellas con un denominador común: la Selección Argentina habría sido "presionada" para no ganar aquella final, y por lo tanto, su rendimiento - significativamente inferior a lo posible- estaba condicionado por dicha amenaza.
Las hipótesis más publicitadas son cinco y se detallan a continuación. En primer lugar, "la hipótesis de la bandera" sostiene que las amenazas fueron originadas a raíz del descontento generado por el despliegue de la sabana/bandera con la inscripción Las Malvinas son Argentinas, arrojada desde la tribuna y presentada al mundo por algunos futbolistas de la selección nacional al finalizar la semifinal contra Inglaterra. Las presiones del gobierno británico por el "inaceptable" comportamiento de los jugadores e hinchas argentinos a raíz de la prohibición explícita incluida en el reglamento de la FIFA de emitir mensajes religiosos, ideológicos o de reivindicación nacional, habría derivado en una amplia iniciativa de diversas Federaciones que se sumaban a la inglesa para promover una sanción contra la Argentina, quien sufriría la inhabilitación para participar en todo torneo organizado por la FIFA durante los siguientes 10 años. La moneda de cambio que se exigía para evitar dicho castigo (cuya repercusión financiera y deportiva sobre nuestro fútbol sería brutal) era no ganar la final del Mundial 2026. Si bien es cierto que la movida de las federaciones para que la FIFA sancione a la AFA, la desafiliación a la que se hacía referencia como castigo a la expresión de reivindicaciones nacionales no figura en el reglamento de la FIFA ni cuenta al día de hoy con antecedentes que pudieran ser tomados como jurisprudencia.
La segunda hipótesis, vinculada con la primera, sostiene que, a raíz de lo sucedido en el partido con Inglaterra, muchos jugadores que militan en clubes europeos habrían recibido amenazas que comprometían tanto su integridad física como sus contratos, especialmente aquellos jugadores que se desempeñan en la Premier League (Diva M., Cuti R., Licha M. y Enzo F.), por lo que si no querían represalias, no debían competir tal como lo venían haciendo para ganar la copa del mundo. Al día de hoy, ninguno de los jugadores presuntamente involucrados y que juegan en Inglaterra debieron enfrentar más críticas que las expresadas por los aficionados en las redes.
Una tercera hipótesis, relaciona lo ocurrido en la final con los planes de reelección de Gianni Infantino al frente de la FIFA. Según esta teoría, sería muy complicado para el dirigente suizo obtener la reelección sin el apoyo de la UEFA. Por lo tanto, garantizar que la copa del mundo quedara en manos de una selección del viejo continente era una forma de demostrar su buena voluntad con dicha federación, a cambio de lo cual, las naciones europeas más importantes podrían nuclear el voto de todas las federaciones a favor de su proyecto de reelección. La negativa de la UEFA a respaldar el plan de Infantino de privatizar buena parte del negocio manejado por la FIFA echaría por tierra en principio, dicha teoría.
En cuarto lugar, está la hipótesis que llamaré "la pista española". Menos publicitada que las anteriores, esta teoría sostiene que Estados Unidos, más que la FIFA, estaba interesado en que España saliera victoriosa, para lograr a cambio de ello, la instalación de bases militares en territorio español. Dicho en otros términos, las amenazas a Argentina o la presión para que hiciera lo posible por no ganar el Mundial, serían parte de lo que Trump entiende como un gesto de amistad de Estados Unidos a la nación ibérica, de modo de poder lograr que el gobierno de Pedro Sánchez cambiara su postura en el tema de las bases militares. De hecho, la reciente invasión de ciudadanos marroquíes a Ceuta y Melilla, ciudades españolas ubicadas en el norte de África, serían una forma de presionar a Sánchez para lograr ese cometido, si el Mundial no fuera suficiente para modificar su postura al respecto. Desde mi humilde punto de vista, esta teoría resulta la menos verosímil dado que la relación entre uno y otro evento estaría a varios eslabones causales de distancia, y no involucra directamente a ningún actor del mundo del fútbol.
Finalmente, la "hipótesis Chiqui Tapia" planteaba que el FBI estaba dispuesto a arrestar y procesar al mandamás de nuestro fútbol a raíz de problemas legales vinculados con la imposibilidad de explicar el origen de su patrimonio, no solo en Argentina sino también en Estados Unidos. La gravedad del caso aumentaría por la supuesta existencia de una sociedad con algún/os jugadores del seleccionado que también estaban siendo investigados y podrían ser responsabilizados por las autoridades de aquel país. Ante ese escenario, "entregar" la final a España sería el precio a pagar para evitarlo.
Hasta aquí las teorías que intentan explicar, juntas o por separado, y a través de argumentos externos a lo deportivo, la inesperada actuación del equipo argentino en la final. Ahora bien, ¿son estas versiones hipótesis plausibles de lo que ocurrió aquel domingo, o remiten más bien a lo que habitualmente denominamos "teorías de la conspiración"?
De acuerdo con el diccionario de la lengua española, una conspiración "es un acuerdo secreto entre dos o más personas para cometer un delito, derrocar a una autoridad o infligir algún daño a alguna persona o grupo de personas". Sus sinónimos principales son complot, conjura y confabulación. Las características principales de una conspiración son a) el/los objetivo/s común/es de los participantes, b) la existencia de una conducta ilegal necesaria para alcanzar sus objetivos y c) el secreto necesario que permite ocultar el delito, tanto de los grupos afectados como del público en general, para evitar que se sepa, y al saberse se prevenga o se castigue.
Por su parte, las teorías de la conspiración son hipótesis que estipulan que determinados hechos son resultado de la confabulación de ciertos grupos a quienes se les atribuye una gran capacidad de manipular personas o eventos a su conveniencia, y que son los suficientemente poderosos como para evitar que el resto del mundo se entere. Sin embargo, dentro de estas teorías hay de dos clases: por un lado, las teorías de la conspiración típicas, que son indemostrables puesto que no ofrecen posibilidad de ser comprobadas a través del uso de la evidencia disponible o de alguna evidencia que fuera susceptible de ser producida. En este caso, se parte de una conclusión preestablecida (por ejemplo: "Argentina es el equipo favorito de la FIFA") y se seleccionan únicamente aquellos datos o evidencias que encajan en esa narrativa, ignorando activamente toda la evidencia en contra. Estas teorías suelen elaborarse porque los seres humanos necesitamos explicaciones que encajen con nuestras creencias, especialmente en contextos de incertidumbre o perplejidad, y asociado con ello, porque el cerebro humano está evolutivamente programado para buscar patrones donde no los hay y asumir intencionalidad detrás de eventos aleatorios. De tal manera construimos patrones que encajen con nuestras creencias preexistentes, y utilizamos exclusivamente la evidencia que los confirma, descartando aquella que pudiera contradecirlos.
No obstante, también existen teorías que han probado la existencia de conspiraciones reales a través del análisis de hipótesis plausibles que pudieran ser puestas a prueba. De acuerdo con estas hipótesis, ciertos fenómenos son el resultado del accionar mancomunado de actores o grupos de poder, que efectivamente pueden modificar el curso de los acontecimientos a raíz de los recursos de los que disponen para influir en la conducta de otros y/o modificar la realidad, pero que a diferencia de las primeras, si disponen y/o pueden producir cierta evidencia para ser probadas.
En este segundo caso, sin embargo, el desafío sigue siendo el mismo: demostrar a la opinión pública con evidencia fehaciente y suficiente ("válida" y "confiable" decimos los cientistas sociales) tanto la existencia de la conspiración (objetivos comunes, y acción deliberada), como de su accionar delictivo y del efecto perjudicial de este último. Sin embargo, incluso habiendo ocurrido, esa demostración no es para nada sencilla de construir dado el secreto en el que suelen actuar y con el que se suelen proteger esas mismas pruebas del escrutinio público. Nadie, pero mucho menos los poderosos (que suelen ser los defensores del orden vigente) quieren que se sepa que sus acciones van en contra de la ley y/o de las buenas costumbres. Y si se conociera su actuar delictivo, la sanción jurídica y/o moral que recibirían pondría en peligro el sitial de poder que ocupan.
Por ello, las condiciones que hacen posible la existencia de conspiraciones exitosas son: 1) Una gran asimetría de poder, en la que un pequeño concentra el control (ejércitos, agencias de inteligencia, juntas directivas) frente a una mayoría sin acceso a la información. 2) Ausencia de contrapesos e instancias de fiscalización de las acciones del grupo poderoso. Los sistemas sin transparencia, donde las decisiones no se auditan, facilitan que se desvíen recursos o se planeen crímenes de forma impune; 3) las crisis institucionales duraderas, que incentivan a ciertas facciones a evadir las vías legales para asegurar su supervivencia o agenda, 4) la cultura de secreto institucional, en la que la compartimentación de la información por parte de los poderosos y la lealtad ciega de los subordinados (alcanzada a base de prebendas y/o amenazas) son la norma por encima de la ley pública.
Si bien la etiqueta "teoría de la conspiración" suele implicar un sesgo peyorativo, lo cierto es que algunas de ellas (las que dispusieron de un argumento plausible y pudieron allegarse de evidencia probatoria) fueron corroboradas al cabo de cierto tiempo. El caso Watergate (1972) y el FIFA Gate (2014), son dos muy buenos ejemplos en los que el periodismo de investigación, así como el control institucional y las prácticas forenses en el análisis de información documental corporativa y gubernamental ha jugado un rol central. En ambos casos, además, se contó con el apoyo de la opinión pública y de ciertos insiders (participantes de la trama) que resultaron fundamentales como informantes clave para validar hallazgos, en lugar de silenciarlos. En los dos ejemplos mencionados, la confirmación de dichas teorías tuvo impactos institucionales y personales gigantescos, motivo por el cual también es probable que muchos de los potencialmente afectados por la confirmación de las teorías, intenten -a través de sus múltiples subordinados- deslegitimarlas.
En su artículo "Seeing conspiracy theorists everywhere as conspiracy paradox", de 2025, Nicolas Vermeulen sostiene que la etiqueta "teoría de la conspiración" muchas veces se utiliza como un arma retórica o atajo cognitivo para descartar explicaciones incómodas sin necesidad de refutarlas con datos, un fenómeno que en la filosofía de la ciencia y la psicología se conoce recientemente como Encuadre Proteccionista de la Conspiración (Protective Conspiracy Framing). Ello significaría que muchas veces, las hipótesis alternativas son descartadas por corrección política, o por intereses de quienes participaron de las conspiraciones (y de sus subordinados) para evitar que dichas acciones salgan a la luz pública.
Volviendo a la final, entonces, la pregunta a responder luego de ver una y otra vez la final de la Copa del Mundo 2026, no es si España obtuvo merecidamente la copa del mundo dado lo visto en el campo de juego, sino ¿cuáles son los factores que explican que el rendimiento de la selección argentina haya estado -tanto en términos futbolísticos como anímicos- tan por debajo de su nivel? ¿Fue un tema táctico, un tema físico, un tema futbolístico, un tema mental, o un poco de todo? Y adicionalmente a ello, ¿hubo algún impedimento o condicionante externo, extra futbolístico, que limitar las posibilidades y en particular la voluntad del equipo argentino de ganar esa final y obtener su cuarta Copa del Mundo? ¿Es posible probar la existencia de una conspiración de grupos con mucho poder (FIFA, UEFA, Gobiernos de países del G-20) que buscaron frustrar las intenciones de la Selección Argentina de obtener la cuarta copa del mundo?
Tal como lo pongo en los párrafos anteriores, es difícil probar aquello para lo cual no contamos con evidencia. Ante la ausencia de "factos" qué nos permitan conocer más allá de lo observado, dar crédito a alguna de las hipótesis extra futbolísticas dependerá de la fortaleza de las narrativas públicas y su capacidad de imponerse como verdades en la mente de la gente. Dicho de otra manera, dependerá también de la decisión mayoritaria en torno a cuál es la verdad con la que estamos dispuestos a quedarnos. En Argentina, con o sin evidencia, parece haber un sentimiento generalizado: el partido que nos importaba se jugó cuatro días antes, contra Inglaterra, y se ganó como solo nosotros podemos ganarla. Nos quedamos con eso, porque nos da más orgullo incluso que ganar una final. Creo que hay un acuerdo tácito entre las y los argentinos y es que sea lo que sea que haya pasado, si los integrantes de la Scaloneta, si esos héroes populares decidieron lo que decidieron, esa fue la mejor decisión posible. Porque, como dice el famoso refrán: "no siempre se calla para hacer silencio. También se calla para tener paz. Y a veces, estar en paz, es mejor que tener la razón".
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.
"Tarjeta Roja, de Ken Bensinger (2018), sobre el FIFA gate y la investigación del FBI. Bensinger tuvo acceso directo a los expedientes del Dpto. de Justicia de EEUU, las escuchas telefónicas del FBI, resgitros impositivos y los testimonios del juicio de la FIFA gate. LA evidencia es documental y judicial. Si hasta han hecho cambiar leyes impositivas en África!! imagínense!!!
"FIFA. LA CAIDA DEL IMPERIO" (también publicado como Tarjeta Roja: El libro secreto de la FIFA (2018)" donde Andrew Jennings destapa los sobornos, lavado de dinero y venta de votos bajo las gestiones de Havelange y Blatter
Hay que ser moooyy ingenuo para creer que los españoles ganaron (a pesar de ser excelentes) por ser mejores.