Opinión
Elecciones en Brasil, lecciones para Argentina
Por José D.T. Paganelli
Brasil se prepara una contienda electoral clave. Similitudes y desafíos en un mapa regional en disputa.

El próximo 4 de octubre, más de 158 millones de electores podrán acudir a las urnas para decidir cuál de los candidatos gobernará la República Federativa de Brasil entre el 1.º de enero de 2027 y el 31 de diciembre de 2030. En dichas elecciones se elegirán también los integrantes de ambas cámaras legislativas a nivel federal, así como cargos ejecutivos y legislativos estaduales y municipales.

Si bien hay un total de seis candidatos registrados para competir por la Presidencia, los dos con mayores posibilidades de ganar la elección son el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien se encuentra cumpliendo una condena bajo arresto domiciliario tras haber sido declarado culpable de instigar la realización de un golpe de Estado luego del triunfo electoral de Lula, a fines de 2022.

Lo que el Poder Judicial de Estados Unidos no pudo, no supo o no quiso hacer con Donald Trump luego del asalto al Capitolio realizado por sus partidarios, a instancias del entonces presidente, en enero de 2021 -antes de la asunción del mandato de Joe Biden-, el Tribunal Supremo de Brasil sí lo hizo con Bolsonaro.

Al igual que en el caso de Argentina, Brasil tiene un sistema electoral de doble vuelta para la elección presidencial. Esto significa que, si ningún candidato obtiene el porcentaje requerido -en el caso de Brasil, más del 50 % de los votos válidos-, los dos candidatos más votados deben competir en una segunda vuelta para decidir al ganador.

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De acuerdo con la información arrojada por las encuestas que se realizan para estimar la intención de voto, las tendencias han ido mutando. En octubre de 2025, Lula tenía una intención de voto del 35%, mientras que Jair Bolsonaro, presidente entre 2018 y 2022 y todavía entonces en pleno ejercicio de sus derechos políticos, contaba con el apoyo del 26 % del electorado. Sin embargo, el proceso judicial por el cual fue procesado y posteriormente condenado hizo que su potencial candidatura recayera en su hijo, Flávio Bolsonaro, quien ha ido escalando en las encuestas hasta alcanzar a Lula en la intención de voto.

Hoy por hoy, Lula obtendría una ligera ventaja sobre Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, especialmente a raíz de la divulgación de ciertos audios en los que el hijo del expresidente solicitaba US$ 12 millones a un banquero acusado de fraude para producir un filme sobre su padre (Calheiros, 2026). No obstante, su ventaja actual no sería suficiente para que Lula alcanzara los votos necesarios para ganar en primera vuelta y, pese a la declarada neutralidad de los candidatos minoritarios, tampoco está claro su triunfo en un eventual ballotage.

La oferta y el atractivo de los candidatos

Lula es probablemente el líder político latinoamericano más importante del siglo XXI. Está terminando su tercer mandato al frente del gobierno de Brasil -los primeros dos fueron entre el 1.º de enero de 2003 y el 31 de diciembre de 2010- y, durante sus tres gobiernos, ha impulsado múltiples iniciativas de política pública que han permitido que millones de personas mejoraran su alimentación, salieran de la pobreza y satisficieran un conjunto de necesidades básicas que, hasta su llegada al poder, no estaban garantizadas.

Lula es probablemente el líder político latinoamericano más importante del siglo XXI. Está terminando su tercer mandato al frente del gobierno de Brasil -los primeros dos fueron entre el 1.º de enero de 2003 y el 31 de diciembre de 2010- y, durante sus tres gobiernos, ha impulsado múltiples iniciativas de política pública que han permitido que millones de personas mejoraran su alimentación, salieran de la pobreza y satisficieran un conjunto de necesidades básicas que, hasta su llegada al poder, no estaban garantizadas

Asimismo, Lula promovió la industria brasileña y fortaleció el papel de Petrobras como empresa de bandera, sin dejar de explorar el desarrollo de fuentes de energía alternativas a los combustibles fósiles, como el bioetanol. Todo ello se articuló con un enfoque de política exterior propio de una potencia intermedia, con capacidad para negociar y poner condiciones a sus vecinos, pero también a los países más poderosos del mundo. La B de los BRICS es la B de Brasil y, en un mundo multipolar, con un hegemón en decadencia, esos simbolismos son mucho más que eso.

Elecciones en Brasil, lecciones para Argentina

Como corolario de todo ello, debe resaltarse que Lula pudo alcanzar estas conquistas a partir de un liderazgo abierto al diálogo, la concertación y la negociación con fuerzas opositoras, en un sistema político como el brasileño, en el que la representación partidista en el Congreso ha estado históricamente fragmentada. Combatir la pobreza y mejorar las condiciones de vida de millones de personas en un país históricamente y estructuralmente desigual, y hacerlo además sin erosionar las instituciones democráticas, sin radicalizar las políticas públicas y sin polarizar el debate, es un logro bastante atípico y absolutamente infravalorado en toda la región. Teléfono, Argentina!  

Combatir la pobreza y mejorar las condiciones de vida de millones de personas en un país históricamente y estructuralmente desigual, y hacerlo además sin erosionar las instituciones democráticas, sin radicalizar las políticas públicas y sin polarizar el debate, es un logro bastante atípico y absolutamente infravalorado en toda la región. Teléfono, Argentina!

Flávio Bolsonaro, por su parte, tiene como principal carta de presentación ser el hijo de Jair, presidente de Brasil entre 2018 y 2022, quien representa una agenda y un conjunto de intereses opuestos a los de Lula. Si alguien se pregunta, ¿qué representa Bolsonaro en términos politicos?, para muestra basta un botón. Luego de asumir el gobierno, a comienzos de 2019, Jair Bolsonaro nombró como ministra de Agricultura a una excongresista líder de la bancada "ruralista", representante de los intereses de los grandes hacendados. 

Durante su gestión, la deforestación de la Amazonía se recrudeció y la tala indiscriminada derivó en uno de los incendios más extendidos de los que se tenga memoria en la región. Mientras los satélites captaban el suceso, que era transmitido en directo por las redes sociales -al punto de convertir el hashtag #PrayForAmazonas ("recen por la Amazonía") en tendencia mundial-, el ministro de Ambiente brasileño declaraba que "el deber del Estado es proteger los derechos de propiedad de los terratenientes", independientemente del valor público -ecológico, social y ambiental- de los recursos naturales en juego.

Durante su mandato, Jair Bolsonaro enfrentó otros desafíos de los que no salió bien parado. El más difícil de esconder es el desempeño del gobierno de Brasil para enfrentar la pandemia de COVID-19. De acuerdo con los registros y análisis especializados, Brasil fue uno de los países con peor gestión del riesgo que suponía aquella coyuntura sanitaria. 

En opinión de la epidemióloga Denise Garrett, vicedirectora del Instituto Sabin en Washington y exasesora del gobierno brasileño en estos temas, "Brasil fue el ejemplo más acabado de todo lo que podía salir mal en una pandemia. Un país gobernado por una camarilla de dirigentes que, además de no implementar medidas de control, minaron las medidas más elementales, como la distancia social, el uso de mascarillas y, durante mucho tiempo, también las vacunas.

Un año después del inicio de la pandemia, cuando muchos países ya habían logrado controlar el riesgo, en Brasil seguía existiendo una transmisión altísima y el sistema de salud se encontraba al borde del colapso. Durante la pandemia de COVID-19, y en buena medida a raíz del liderazgo presidencial de Bolsonaro, Brasil se transformó en una amenaza global.

Sin embargo, el bolsonarismo, encolumnado en estas elecciones detrás de Flávio, es más que el legado poco atractivo del gobierno de Jair. Es parte de un movimiento internacional bastante potente, que dispone de recursos humanos, financieros y tecnológicos para competir y ganar elecciones. 

Este movimiento cuenta actualmente con el apoyo explícito del gobierno de Estados Unidos y ha demostrado la eficacia de sus estrategias de comunicación y dispersión de mensajes, tanto a través del uso de las redes sociales entre las cohortes más jóvenes como en espacios de sociabilidad cotidiana y profunda, como son fundamentalmente las iglesias evangélicas y pentecostales. 

Asimismo, Bolsonaro se presenta como un candidato aliado a otros personajes que han llegado al poder en América Latina y que se presentan como parte de un movimiento global de derecha. Daniel Noboa, Javier Milei, Álvaro de la Espriella y, en algún punto, también Nayib Bukele son exponentes de esta oleada: candidatos irreverentes, políticamente incorrectos y, en su mayoría, outsiders, aunque Bolsonaro es probablemente el menos outsider de todos los mencionados, dado que es legislador federal y proviene de una familia política. 

Elecciones en Brasil, lecciones para Argentina

En tal sentido, el discurso de Flávio Bolsonaro se asemeja mucho al de sus compañeros de ruta. El guion es básicamente el mismo. Su plataforma electoral se apoya en pilares centrales compartidos por buena parte de los candidatos de derecha de la región: ajuste fiscal, reducción del tamaño del Estado, mejora de las relaciones con Estados Unidos e Israel y combate frontal al crimen organizado.

Al igual que su padre, su discurso presenta reparos respecto del sistema electoral y se anticipa a la existencia de posibles fraudes electorales, tal como lo hiciera Trump en 2020. En un encuentro con embajadores y diplomáticos extranjeros, Flávio Bolsonaro acusó al gobierno de Lula de encargar el manejo del sistema electoral electrónico a una empresa venezolana, algo que las autoridades electorales brasileñas debieron salir a refutar.

Las lecciones para Argentina

Hay un elefante en la sala en todas las elecciones presidenciales latinoamericanas de este último tiempo, y es muy difícil no verlo. Ese elefante pretende jugar un rol decisivo en el resultado electoral. Sus estrategias, fundamentalmente, son dos: la presión diplomática y la difusión de posteos en redes sociales para influir en las decisiones de las y los electores.

Hay un elefante en la sala en todas las elecciones presidenciales latinoamericanas de este último tiempo, y es muy difícil no verlo. Ese elefante pretende jugar un rol decisivo en el resultado electoral. Sus estrategias, fundamentalmente, son dos: la presión diplomática y la difusión de posteos en redes sociales para influir en las decisiones de las y los electores.

En el caso de Brasil, como antes en Colombia, los mensajes suelen tener un contenido de odio hacia los candidatos del gobierno y de descalificación hacia los sistemas e instituciones responsables de llevar adelante la elección y contar los votos. El día 9 de agosto, en la red social X, un legislador republicano publicó una imagen elaborada con inteligencia artificial en la que Lula era capturado por tropas estadounidenses, en una escena que recordaba lo sucedido a comienzos de este año con Nicolás Maduro en Venezuela.

 Adicionalmente, al interior del oficialista Partido de los Trabajadores se ha denunciado la existencia de granjas de bots manejadas desde el exterior, con la intención de poblar las redes sociales con mensajes orientados a minar la confianza de la ciudadanía en el sistema electrónico de votación.

En cuanto al trabajo diplomático, como es de público conocimiento, esta es una estrategia utilizada históricamente por Estados Unidos. En el caso de Brasil, diversas publicaciones presentan evidencia de cómo la diplomacia norteamericana ha estado involucrada tanto en el golpe de Estado contra João Goulart, en 1964, como también en el proceso de impeachment a Dilma Rousseff, en 2016.

Con respecto a la elección de 2026, el intento de injerencia habría comenzado bastante antes de iniciada la campaña. La punta de lanza fue, una vez mas, el presidente Donald Trump, quien ya ha expresado su apoyo a Bolsonaro -como lo hizo en su momento con Kast en Chile, De la Espriella en Colombia, Paz en Bolivia, y podría hacerlo con Milei en Argentina en 2027-.

En este marco, el mes pasado el gobierno de Lula denegó su aprobación a las credenciales de dos funcionarios del Departamento de Estado, de quienes sospechaba que llegaban al país con el propósito de urdir diversas estrategias de injerencia en las elecciones, especialmente sobre el sistema de contabilización de los votos, para apoyar al candidato opositor, generando un conato de conflicto diplomático entre ambos países.

Por ahora, quien mejor ha capitalizado estos episodios a su favor ha sido el propio presidente Lula, presentando las próximas elecciones como una disputa entre la soberanía nacional que él representaría y la sumisión de Brasil a los intereses extranjeros, que retrataría el proyecto de Bolsonaro. Todo indica que la tensión entre soberanía nacional y entrega de los recursos del país a las potencias extranjeras ocupará un lugar importante en el debate de las últimas semanas de la campaña electoral.

De acuerdo con lo planteado por especialistas brasileños, el resultado de las elecciones en aquel país parece depender de tres factores: a) la capacidad de Flávio Bolsonaro para superar el escándalo de la grabación y ampliar su base electoral más allá del núcleo duro del bolsonarismo; b) la percepción ciudadana respecto del desempeño económico del gobierno; y c) la capacidad del presidente Lula para transformar la elección en una disputa por la soberanía nacional -un Braden o Perón de nuestros tiempos-. Nada parece haber cambiado mucho en América Latina ocho décadas después.

Brasil, México y Argentina son las perlas más deseadas por Estados Unidos en el tablero geopolítico regional. Los primeros han resistido y no queda claro hasta qué punto Argentina podría representar ya un caso perdido. La renovación de la Doctrina Monroe bajo el Corolario Trump supone que el país del norte tendría derecho a intervenir, de formas más o menos explícitas, en los asuntos internos de los países de la región para favorecer gobiernos cercanos, alineados y defensores de sus intereses como potencia regional y global.

 O, dicho en lenguaje corriente, vienen -como en Venezuela, y no lo niegan- por nuestros recursos energéticos, por nuestros recursos naturales, por nuestra industria, por nuestros activos financieros y, en particular, por nuestra independencia de juicio: el último eslabón de la resistencia soberana de un Estado-nación.

Como dice el famoso refrán, y creo que es vale en esta hora para Brasil, como valdrá en cada nueva elección presidencial que ocurra en América Latina de aquí en adelante: "No me preocupan los de afuera que nos quieren comprar, sino los de adentro que nos quieren vender".

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