Editorial
La crisis climática y la desidia del gobierno aumentan los incendios
Por Hernán Giardini
Lo que vive la Patagonia es un ecocidio anunciado. La crisis climática está aquí y no pide permiso.

Según datos oficiales preliminares, en lo que va del verano más de 25.000 hectáreas de bosques y viviendas fueron arrasadas por los incendios forestales en la Patagonia, una superficie superior a la de la ciudad de Buenos Aires. Pero el fuego no avanza solo. Lo hace sobre decisiones tomadas y, sobre todo, sobre las no tomadas.

El Parque Nacional Los Alerces, Puerto Patriada, El Hoyo, Epuyén, El Turbio, el Parque Nacional Los Glaciares, lugares de enorme diversidad biológica, belleza y lagos cristalinos, pero hoy sinónimo de fuego y destrucción. Ecosistemas y paisajes hermosos que no podrán ser disfrutados por varias generaciones

La región de los bosques andino patagónicos constituye una de las últimas reservas mundiales de bosques templados con poca alteración humana y valiosa biodiversidad. Se trata de uno de los biomas mejor conservados de Argentina.

Lo que vive la Patagonia es un ecocidio anunciado. La crisis climática está aquí y no pide permiso. Un informe de la Dirección Provincial de Aguas de Río Negro afirma que el año pasado en la Cordillera las lluvias disminuyeron un 43%, mientras que la nieve estuvo un 37% por debajo de la media anual. Por su parte, el Servicio Meteorológico Nacional estimó que en la zona cordillerana de Chubut, Río Negro y Neuquén, durante las primeras semanas de enero la temperatura estuvo 7 grados por encima de la media.

Sequías prolongadas, temperaturas extremas, vientos intensos, sumados a la expansión descontrolada de pinos exóticos, conforman un cóctel explosivo. A esta altura, seguir negando o subestimando este escenario, largamente advertido por la ciencia y el movimiento ecologista, es una forma de irresponsabilidad política que se paga con bosques y viviendas.

Se estima que el 95% de los incendios forestales se producen por acción humana, ya sea por negligencia o intencionalidad: fogatas mal apagadas, asados en lugares no habilitados, colillas de cigarrillos, quemas de residuos forestales y habilitación de tierras para pastoreo.

Más allá de esto, es imperioso no montarse en teorías conspirativas sin sustento. Si hay responsables, debe investigarlos el Poder Judicial y aportar pruebas contundentes, no señalarlos desde tribunas políticas. El tiempo y la energía gastados en buscar chivos expiatorios deberían destinarse a reforzar la prevención y el combate del fuego.

En el verano pasado casi 32.000 hectáreas de Bosques Andino Patagónicos fueron afectadas por incendios, cuatro veces más que la temporada anterior. Fueron los peores incendios registrados en la región en las últimas tres décadas. Claramente lo que sucede en la Patagonia no se trata de una anomalía: es una tendencia.

Sin embargo, la respuesta estatal va en sentido opuesto. Argentina se encuentra entre los 15 países con mayor deforestación del mundo, y el gobierno nacional redujo los presupuestos de la Ley Nacional de Bosques Nativos y del Fondo Nacional de Manejo del Fuego. Menos recursos significan menos prevención, menos controles, y menos capacidad de reacción, tanto del gobierno nacional como de las provincias. A eso se suma la insólita intención de modificar la Ley Nacional de Glaciares, poniendo en riesgo a las principales fuentes de agua dulce del país, en un contexto de crisis hídrica cada vez más grave.

La situación de los brigadistas forestales es una clara muestra del desinterés gubernamental. La Administración de Parques Nacionales cuenta con apenas 400, cuando el mínimo necesario sería de 700 para poder cubrir las cinco millones de hectáreas bajo su jurisdicción y asistir a las provincias cuando la emergencia lo requiera. Se les pide que enfrenten incendios de gran magnitud con recursos humanos insuficientes, equipamiento limitado, sueldos miserables y un desgaste físico y emocional extremo.

El bosque no se quema solo. Se quema cuando se recortan presupuestos, cuando se mira para otro lado, cuando se niega la responsabilidad humana en la crisis climática y sus consecuencias, cuando se improvisa en lugar de planificar. Se quema cuando se llega tarde.

Hace falta mucha más prevención, más controles, más brigadistas, más aviones hidrantes, erradicar los pinos exóticos y penalizar la destrucción de bosques, ya sea mediante el fuego o la topadora. Prepararse para un escenario de incendios forestales crecientes ya no es una opción: es una obligación que los gobiernos tienen el deber de asumir con la seriedad que merece. Por el planeta, por nosotros y por las futuras generaciones.

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