Editorial
Europa compite o agoniza
Por H. Lenz y J. Sersale
Ante el estancamiento económico y la presión geopolítica, el informe Draghi articula una hoja de ruta necesaria para evitar la obsolescencia industrial y política de la Unión Europea frente a las potencias globales.

El economista italiano Mario Draghi, artífice clave en la estabilización financiera europea hace una década, presentó un informe estratégico ante la UE donde subraya una dilema histórico: el bloque debe adoptar reformas estructurales urgentes o resignarse a una pérdida irremediable de la competitividad frente a EE.UU y China. Este diagnóstico, reiterado durante su investidura como Doctor Honoris Causa en la Universidad de Lovaina, ha sido puesto en relieve por la Fundaciòn Embajada Abierta, presidida por el ex embajador Jorge Arguello, subrayando la relevancia de esta hoja de ruta para la inserción global del bloque.

Mario Draghi propone un giro radical en la arquitectura de la Unión Europea al instar a una inversión prioritaria en tres pilares: transformación digital, reconversión energética y una defensa unificada. Su tesis central es que la seguridad regional ya no puede depender de un esquema confederal -basado en la unanimidad- que resulta ineficiente ante la volatilidad geopolítica. Al abogar por un mando de ejecución unificado, Draghi evidencia la necesidad de una transformación administrativa profunda; sin ella, Europa corre el riesgo no solo de ser superada tecnológicamente en la carrera del Siglo XXI por Estados Unidos y China, sino de quedar expuesta a la coacción externa por su fragmentación política.

"Si no actuamos, tendremos que comprometer nuestro bienestar, nuestro medio ambiente o nuestra libertad", advirtió Draghi en la presentación de su reporte "El futuro de la competitividad de Europa".

El economista, cuya gestión al frente del Banco Central Europeo (2011-2019) fue decisiva para superar la crisis financiera del bloque mediante su histórica política de 'lo que sea necesario' (whatever it takes), se enfrenta ahora a un nuevo desafío: diseñar la propuesta que evite la 'lenta agonía' económica de la Unión Europea. Tras su posterior paso como Primer Ministro de Italia (2021-2022) -donde lideró un gobierno tecnocrático centrado en la corrección de desequilibrios macroeconómicos y en la diversificación de la matriz energética mediante acuerdos estratégicos con Libia y Argelia-, Draghi traslada hoy esa visión pragmática al plano continental. Para evitar la irrelevancia de Europa frente a las potencias globales, su plan de acción se sintetiza en tres ejes fundamentales:

- Incrementar drásticamente la inversión productiva.

- Consolidar una unión de mercados de capitales única.

- Eliminar los vetos nacionales para agilizar la toma de decisiones comunitarias.

Sin embargo, esto ha levantado históricamente resistencias en la UE, una situación que puede acentuarse cuando la derecha y la ultraderecha crecen incluso en países como Alemania y Francia, motores del bloque.

Pese a este complejo panorama interno, se percibe una creciente determinación entre los líderes europeos para adoptar las recomendaciones del informe Draghi. El objetivo es claro: implementar procedimientos ejecutivos que permitan reposicionar a Europa como un actor político autónomo, evitando su rol de apéndice frente a decisiones externas. En este sentido, el presidente francés. Emmanuel Macron articuló una postura contundente en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, donde amplió el concepto de seguridad compartida para integrar los desafíos económicos, demográficos y tecnológicos que condicionan el futuro del continente.

Los hechos evidencian que Europa atraviesa un trilema de dificultades -acentuadas por la guerra del Mar Negro (Rusia-Ucrania)- que tiene que resolver, estan vigentes desde la Guerra Fría y hoy han sido desmanteladas: el comercio, la energia y su seguridad. Esta dificultad emerge en un momento político europeo particularmente sensible, con muy pocas ganas de cambiar, hasta ahora. Surge entonces una interrogante existencial: ¿es posible que un bloque de naciones soberanas y diversas alcance una competitividad global equiparable a la de Estados Unidos, China o India sin desmantelar su Estado de bienestar? La respuesta exige, de manera ineludible, una reforma profunda de la arquitectura comunitaria. No obstante, Bruselas se enfrenta a su mayor obstáculo interno: la resistencia institucional al cambio frente a la necesidad imperativa de centralizar la toma de decisiones. La UE ha estado intentando sostener los tres objetivos por inercia, pero el entorno geopolítico actual (guerra, competencia tecnológica y crisis energética) ha hecho que este modelo sea insostenible. La propuesta de Draghi es sacrificar un grado de soberanía nacional para salvar la competitividad y, por ende, parte del Estado de bienestar sin perder la cohesión social.

La hoja de ruta de Draghi parte de la necesidad de tomar conciencia que el modelo de la UE contaba con energía barata para su industria procedente de Rusia, de ilimitados mercados de exportación en China y del paraguas de seguridad de EEUU . Estos tres insumos han dejado de ser válidos. La bonanza, que permitió mantener una carga fiscal relativamente contenida, ha llegado a su fin.

Ante la pérdida de competitividad frente a las economías de Estados Unidos y China, y el atraso en la adopción de tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial, Europa debe replantear su estrategia de crecimiento. Este cambio exige un esfuerzo coordinado en sectores clave, desde la digitalización y las tecnologías limpias hasta la industria automotriz, la defensa, el sector farmacéutico y la infraestructura logística. Para cerrar esta brecha competitiva y recuperar su peso en la economía global, el informe estima la necesidad de movilizar entre 750.000 y 800.000 millones de euros en inversión anual, una cifra indispensable para equiparar la capacidad de innovación, escala y proyección económica de todos sus competidores globales. Analistas europeos marcan que para lograr este aumento de la competitividad sería necesario incrementar la tasa de inversión de la UE del 22% del PIB actual hasta el 27% del PBI. Este salto cuantitativo es la vía para revertir la tendencia de declive productivo que ha afectado a las principales economías de la Unión durante la última década.

Para afrontar este desafío de inversión, el bloque europeo debería tomar préstamos como instrumento necesario para llevar adelante la transformación digital y ecológica de sus economías, que permita sostener de manera adecuada sus capacidades en materia de defensa, buscar los límites de los techos tecnológicos y diversificar la matriz energética. Según Draghi, a Europa no le faltan ideas para su relevancia, más bien debe encontrar los procedimientos y los nichos de innovación para vender sus productos. Estos desafíos ya tuvieron a su "Grupo de Sabios" - integrado por Felipe Gonzalez, Mario Prodi, Tonny Bleir, Kwasniewski y otros. Los ex premiers no lograron armonizar una doctrina de adecuación estratégica a los desafíos del presente. Pero advertían sobre la necesidad de una integración más profunda frente a las presiones de la globalización.

Draghi subraya la urgencia de abandonar la gestión fragmentada para transitar hacia una planificación y financiamiento conjunto de bienes públicos continentales -específicamente en infraestructura de redes, interconexiones energéticas e I+D en defensa, entre otros-. La tesis es contundente: sin una acción coordinada que permita alcanzar economías de escala, el bloque europeo corre el riesgo inminente de quedar relegado a la irrelevancia en el escenario global.

La adaptación de Europa al entorno competitivo impuesto por China y Estados Unidos exige una reforma radical de su arquitectura institucional. Un objetivo crítico identificado es reducir - según algunas estimaciones que apuntan a una mejora en la agilidad de los procesos - en un 60% el tiempo de implementación de las decisiones comunitarias, superando la parálisis burocrática actual. Se torna necesario que el bloque recupere su relevancia. Para ese propósito requiere de una política industrial unificada que articule estrategias fiscales y comerciales con una gestión administrativa orientada a la eficacia operativa.

Sin embargo, este diagnóstico de Draghi, que aspira a convertirse en la hoja de ruta doctrinaria de la UE, choca con la miopía táctica de algunos de los liderazgos nacionales. La reciente convocatoria informal impulsada por la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, que excluyó deliberadamente a actores clave como España, Portugal, Irlanda y el Reino Unido, ilustra la persistencia de agendas fragmentadas. Esta exclusión del flanco atlántico subraya una tensión subyacente: ¿es posible implementar una estrategia continental unitaria cuando los liderazgos nacionales priorizan alianzas reducidas sobre la cohesión del bloque?

Se puede inferir que entre las grandes acciones estratégicas se escondan incentivos políticos de corta duración. La reunión en el castillo belga de Alden Biesen no fue trascendente. La miopía política seguramente colaboró para esto, evidenció cómo la primacía de agendas nacionales restringidas -y una lectura parroquial de los desafíos globales- obstaculiza la convergencia necesaria para la integración europea. En definitiva, la retórica de cooperación de la Unión Europea continúa siendo socavada por liderazgos que anteponen la táctica política interna a la supervivencia estratégica del proyecto común.

EEUU, China y Rusia

El informe Draghi subraya que Europa está siendo presionada por tres gigantes que no juegan con las mismas reglas de mercado que la UE. Por un lado, la creciente asertividad china; y, por el otro lado, el proteccionismo estadounidense.

La relación con Washington, que fue históricamente un pilar de la seguridad y el comercio europeo, ha sufrido una mutación desde la era Trump, caracterizada por la volatilidad arancelaria y la desconfianza estratégica. Si bien la reciente intervención del Secretario de Estado Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad en Múnich -apelando a una cooperación basada en valores compartidos- marca un cambio de tono respecto al discurso hecho el pasado año, en el mismo evento, por el vicepresidente americano J. Vance. Una muestra donde persiste una incertidumbre sobre la consistencia de la política exterior estadounidense.

Ante este escenario de depresión bipolar, tanto el Canciller alemán Friedrich Merz como el presidente francés Emmanuel Macron convergen en la tesis de Draghi: Europa debe proteger sus sectores estratégicos -especialmente en tecnologías limpias y automotriz- frente a la competencia desleal de China.

Finalmente, el factor ruso actúa como un tercer eje de desestabilización. La guerra en Ucrania, concebida por el Kremlin como una disputa existencial por acentuar la esfera de influencia en Europa Central y Oriental, no sólo erosiona la seguridad regional, sino que obliga a los líderes europeos occidentales a resolver un dilema de tres bandas: gestionar una seguridad dependiente pero errática con Estados Unidos, una rivalidad comercial con China y una amenaza existencial con Rusia.

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