La Argentina debería mirar con particular atención el desenlace del proceso electoral en curso en el país trasandino. |
El próximo 14 de diciembre Chile tendrá un nuevo Presidente. Las encuestas publicadas en los últimos meses pronostican un virtual empate técnico entre los candidatos Jeannette Jara proveniente del Partido Comunista, apoyada por una amplia coalición de partidos políticos, y Antonio Kast del Partido Republicano. Muy probablemente ambos candidatos se enfrentarán en el balotaje previsto para la segunda semana de diciembre.
La fragmentación política, que los analistas atribuyen a la sanción de la Ley Nro. 20840 de 2015 que puso fin al sistema electoral binominal reemplazandolo por el sistema proporcional inclusivo, será una vez más la nota distintiva. Pero no la única. Un total de 8 candidatos se encuentran inscriptos para participar de la primera vuelta, a celebrarse el 16 de noviembre próximo. Son 6 hombres y 2 mujeres. La mayoría de ellos ya han sido candidatos a la presidencia de Chile en elecciones anteriores.
Los sondeos previos coinciden en señalar que ambos candidatos, Jeannette Jara y Antonio Kast, mantienen una intención de voto entre el 25% y el 30%, ubicando a la candidata de la Unión Demócrata Independiente, Evelyn Matthei, en un lejano tercer lugar con alrededor del 15% de las intenciones de voto pero, al parecer, en franco declive.
La fragmentada oferta electoral de estos comicios refleja, asimismo, un escenario político cada vez más polarizado con un claro debilitamiento de las opciones de centro en el determinante político. La contienda electoral transcurre en un clima de mayor radicalización. La incapacidad del sistema político chileno para resolver la crisis de octubre de 2019 y los fallidos intentos de reformar la constitución, aumentaron la desconfianza de una ciudadanía que se ha caracterizado por ser proclive a una activa participación no electoral que, sin embargo, no encuentra reflejo al momento de ir a votar. Tal vez esta anomalía podría ayudarnos a comprender el fracaso de los intentos de reforma constitucional iniciados por el actual Presidente Boric. Conviene recordar asimismo que en 2012 Chile implementó el sufragio voluntario y que la participación electoral en la última presidencial se mantuvo por debajo del 50%.
Un escenario de creciente radicalización de las posiciones políticas podría conducir a situaciones de confrontación como las que se registraron en el último periodo del gobierno del Presidente Salvador Allende. Si ello ocurriera, esta dinámica podría extenderse al resto de los países de la región, incorporando una dosis de inestabilidad adicional a la ya existente. ¿Está la clase dirigente chilena capacitada para amortiguar la confrontación Kast-Jara dentro del estado de derecho, sin caer en el extremismo solucionador autocrático? ¿Cuál es la postura de las FFAA y Carabineros sobre este escenario electoral de derivaciones desconocidas? Seguramente primará ante todo la máxima doctrinaria de Augusto Pinochet: "Jamás otra guerra civil".
Es preciso reconocer que, luego del fallido intento de reforma constitucional, el Presidente Boric ha logrado encauzar la situación política en un marco de gobernabilidad a partir de una corrección de la política de seguridad encaminada a dar respuesta a los elevados índices de violencia criminal, aumento del narcotráfico y descontrol de las migraciones en la frontera norte.
La política chilena deberá encontrar un espacio de negociación que atempere los impulsos de radicalización propios de la dinámica electoral. Es altamente probable que una victoria de Kast transforme al Partido Comunista chileno en un duro opositor, pero dentro de la democracia. Pero qué pasaría si el resultado fuera inverso y la candidata Jannette Jara se alzara con la presidencia? ¿Cómo responderán los factores de poder económico nacional, internacional y las FFAA chilenas?
La región tendrá que observar con detenimiento este desenlace y contemplar que ante escenarios de encerrona se suelen encontrar salida fanáticas que conectan el frente interno con dinámicas regionales. Las declaraciones de Kast, hechas en el pasado cercano, y las opiniones de su asesor estrella en materia intencional, Jorge Guzman, sobre la Patagonia argentina y los espacios marítimos que conectan con la región antártica, son preocupantes.
Argentina y Chile tienen soldaduras geográficas que deben ser transformadas en sinergias comunes. Nos complementamos en un destino en común, la Antártida, pero con horizontes oceánicos diferentes que nos proyectan a distintos espacios geográficos con improntas comerciales y globales de características particulares y diferentes.
La cordillera nos debe unir aumentando las infraestructuras portuarias compartidas a uno y otro lado de los Andes en apoyo de una estrategia de interconexión bioceánica que facilite el acceso de la Argentina al Pacífico y de Chile al Atlántico. No se trata de un mero paso fronterizo sino de construir en conjunto una serie de infraestructuras logísticas que favorezcan el incremento del comercio entre ambos países.
Una red binacional que nos proyecte a los espacios más dinámicos del comercio global, en momentos en que los principales productos que pueden ofrecer nuestras economías serán altamente demandados. Al ser una zona inestable por su condición sísmica, la línea de conexión debe contemplar todos los aspectos geológicos ya que no se puede encarar una gran empresa que luego pueda ser afectada por la acción de la naturaleza, en cualquier momento, sin previo aviso y sin dimensión de la magnitud.
Sumando al paso fronterizo norte de Socompa que nos deposita en la región chilena de Antofagasta, también sería necesario repensar la zona de paso en los Andes del sur. Si posamos la mirada en el tramo norte de los Andes Patagónicos Fueguinos 42° Latitud Sur, a partir de aquí sería el lugar más adecuado para llevar adelante un proyecto de esta envergadura por las ventajas geomorfológicas y los beneficios para la seguridad de la obra y el presupuesto. Es un tramo cordillerano bajo que cuenta con un valle longitudinal entre dos cordones y valles que lo atraviesan de modo perpendicular. Esta zona permite saltar la línea montañosa, a baja altura recorriendo los valles transversales sin necesidad de tunelizar, disminuyendo los costos y evitando las condiciones de peligrosidad.
Para avanzar en estas iniciativas es preciso contemplar en detalle los intereses convergentes y los divergentes. Entre los primeros, debe destacarse la proyección antártica conjunta, la necesaria unidad territorial, la pertenecia a un espacio geográfico compartido con sus interacciones económicas, poblacionales, amenazas comunes en materia de delito organizado, terrorismo y conflictos de autonomía impulsados por organizaciones etnico-regionalismo apoyadas por actores externos deseosos en instalar dinámicas disgregadoras en la región. En el segundo caso, hay razones de desconfianza histórica que son centrales en las líneas divergentes de la relación bilateral. Formato que podría acentuarse por la acción de grupos internos que impulsan una política de rechazo a la convergencia entre ambos países.
Para nuestro país la relación con Chile es estratégica y debería marcar una línea central en el vínculo bilateral, donde se estructure una sintonía de cooperación que abarque 5 líneas de acción: diplomacia constante, defensa de la confianza mutua, inteligencia asociada, seguridad fronteriza cooperativa e infraestructuras fronterizas compartidas para el comercio con la región del Pacifico-Índico. El gobierno argentino debería tomar con seriedad la política internacional respetando la diplomacia profesional. Los pliegues de las relaciones exteriores son más complejos que los simples silogismos que se manifiestan de manera recurrente.
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