Editorial
Chavismo Blue Chip
Por H. Lenz y J. Sersale
Tras la captura de Maduro, Washington plantea un ciclo de tres fases: estabilidad, recuperación y transición.

La Administración Trump conserva buena parte de las estructuras del "chavismo" pero reorientadas en función de los intereses de dominio energético estadounidense y la geopolítica del ‘America First'. Lejos de apuntar a la desaparición inmediata de ese proyecto político, su objetivo parece ser otro: rediseñarlo para que deje de ser un foco de desafío geopolítico y se convierta en una pieza funcional al nuevo mapa de poder hemisférico.

Tras la captura de Maduro, Washington plantea un ciclo de tres fases -estabilidad, recuperación, transición- en el que el flujo de petróleo es el eje del reordenamiento interno. La refinación y venta de hasta 50 millones de barriles de crudo bajo control estadounidense, con manejo directo de los ingresos, proporciona a Washington una palanca para decidir qué actores estatales y empresariales se fortalecerán en el corto plazo.

Para que este novedoso esquema de "chavismo reformateado" funcione, la reintegración de Venezuela al sistema financiero global es imperativa, pero bajo condiciones de tutela estricta. La reactivación del acceso al sistema Swift es el perfeccionamiento del "grillete financiero". Al canalizar las transacciones petroleras - que desde la captura de Maduro se realizan a través de cuentas puente en Qatar - mediante una plataforma transparente para el Tesoro de EE.UU., Washington logra un monitoreo en tiempo real de cada dólar que ingresa a las arcas venezolanas.

El nuevo orden se apoya en:

● Gobernadores, alcaldes, mandos medios militares y tecnócratas petroleros que se mantienen en sus cargos, ahora como garantes de orden territorial a cambio de acceso a recursos.

● PDVSA parcialmente saneada con capital estadounidense, donde cuadros técnicos formados en los años dorados del presidente Chávez se reciclan como socios menores de nuevas joint ventures. Contrario a la ortodoxia que exigiría una privatización total, a Washington le conviene mantener la estructura estatal actual para mantener un control férreo de un único interlocutor institucional.

● Programas sociales reeditados en versión más acotada, financiados por ingresos controlados por EE.UU., para asegurar una base de apoyo social mínima y evitar un colapso interno.

Lejos de un "borrón y cuenta nueva", el nuevo ciclo apunta a reinyectar los ingresos en una red de poder conocida y asegurar la apertura del negocio a compañías estadounidenses y de países aliados.

La relación entre la nueva cúpula en Caracas y Washington se apoya en redes personales y de inteligencia. Informes recientes señalan que la CIA está cimentando una presencia permanente en Venezuela, operando como interfaz discreta con los servicios venezolanos y con los mandos militares. El director de la CIA viajó a Caracas para reunirse con la presidenta interina y altos oficiales, con el mensaje explícito de que Venezuela ya no puede ser santuario de adversarios de EE.UU. como China, Rusia e Irán. Esa red de vínculos personales se completa con:

● Asesores de seguridad energética que orbitan entre la Casa Blanca, grandes petroleras y figuras del nuevo gobierno venezolano, definiendo contratos, prioridades de inversión y "zonas sensibles", procurando eliminar todo vestigio de presencia de adversarios estratégicos de una región signada por la inestabilidad.

● Operadores que en la etapa Maduro trabajaban con firmas rusas o iraníes y hoy buscan reconvertirse como intermediarios para intereses estadounidenses, aportando conocimiento del terreno a cambio de protección y participación en negocios.

Estos vínculos personales se han convertido en la clave del rediseño que persigue Washington: más que instituciones fuertes, necesita nodos confiables que puedan garantizar disciplina en áreas concretas (petróleo, seguridad, inteligencia). Los documentos y las filtraciones de información disponibles sugieren que la administración Trump pretende: neutralizar amenazas de seguridad (narcotráfico, migraciones descontroladas, redes vinculadas a Irán y Rusia), asegurar acceso privilegiado al petróleo venezolano y enviar una señal regional sobre los límites de alianzas antiestadounidenses en su espacio geopolítico de interés.

Un orden político ‘sui géneris' basado en la continuidad del chavismo reciclado es funcional por dos razones fundamentales: a) conocimiento del territorio y sus economías informales, algo imprescindible para evitar un vacío de poder que derive en guerra irregular o fragmentación similar a la ocurrida en Libia; y b) mantenimiento de las estructuras de control social -partidos, milicias, organizaciones de base- que pueden reconducirse hacia la gestión del nuevo acuerdo, en lugar de construir instituciones desde cero. El cambio es presentado como una "transición interna" y no como una imposición total, reduciendo el costo reputacional de Washington y el riesgo de rechazo regional. La continuidad de un "chavismo reformateado" es clave en el proyecto de Trump: sin él, la capacidad de garantizar seguridad a inversiones y control territorial caería dramáticamente. En esta nueva arquitectura, figuras como María Corina Machado y otros líderes abiertamente anti chavistas tienden a quedar en la periferia. Se convierten en figuras testimoniales y son excluidas de las decisiones centrales. Para la estrategia de Trump, la oposición maximalista resulta problemática dado que:

● Insiste en una justicia amplia, una depuración institucional y una ruptura total con las viejas redes, lo que choca con la necesidad de cooptar partes del aparato chavista para mantener el orden político y territorial.

● Puede movilizar expectativas sociales que desborden los márgenes de una transición controlada, introduciendo incertidumbre para inversores y para el dispositivo de seguridad.

● Sus vínculos con agendas europeas o multilaterales de derechos humanos pueden incomodar a una Casa Blanca centrada en resultados rápidos en materia de seguridad y energía.

De este modo, la oposición dura corre el riesgo de convertirse en obstáculo para el rediseño de Trump: necesaria como legitimación discursiva de todo proceso de "democratización", pero excluida de las decisiones centrales y, en casos extremos, contenida o neutralizada si amenaza la estabilidad del nuevo pacto.

Venezuela es uno de los países con mayores reservas probadas de crudo del mundo, especialmente crudo pesado, precisamente el tipo de recurso que EE.UU. puede procesar de forma rentable gracias a su parque refinador ubicado sobre el Golfo de México. Trump ha prometido que las petroleras estadounidenses invertirán miles de millones en reconstruir la infraestructura venezolana y "empezar a generar ingresos" tanto para EE.UU. como para el Estado venezolano. Se trata de:

● Blindar la seguridad energética hemisférica reduciendo espacios para que China u otros compradores condicionen la oferta venezolana a largo plazo.

● Contar con un "colchón" de producción adicional que permita amortiguar shocks en Oriente Medio o en otras regiones, usando el crudo venezolano como válvula de seguridad geopolítica.

● Integrar a Venezuela en cadenas de valor controladas por empresas estadounidenses, reforzando la influencia de Washington en precios y rutas logísticas.

En el discurso oficial, la operación se presenta como un beneficio mutuo; en la práctica, supone un acceso ilimitado a un recurso estratégico, condicionado solo por la capacidad técnica de extraerlo y por la estabilidad del régimen aliado encabezado por Delcy Rodríguez.

Parte del rediseño en curso pasa por desmontar íntegramente las redes de interés ligadas a Rusia, China, Irán y grupos como Hezbolá. La reciente detención de Alex Saab, antiguo operador del chavismo, debe ser leída no como un caso judicial, sino como un golpe simbólico y operativo contra una red de intermediación que pierde toda relevancia en el nuevo esquema. Su arresto y posible extradición confirma que la única opción pasa por alinearse sin ambigüedades. Cuando antiguos operadores giran abruptamente su lealtad se abren dos dinámicas: o se convierten en activos valiosos, aportando información y contactos a la nueva arquitectura de seguridad; o bien, se vuelven objetivos potenciales de castigo por parte de actores que se sienten traicionados, a través de operaciones encubiertas, sabotajes o campañas de desprestigio.

Es evidente que Delcy Rodríguez, junto a su hermano, encabeza una estrategia orientada a ofrecer una salida política al "socialismo del siglo XXI", sin chavismo duro. Si el actual gobierno logra administrar el país, ampliar sus capacidades económicas, ser confiable para Washington y mantener el control de los actores políticos internos, es probable que se consolide como la continuidad ordenadora de la política venezolana. ¿Tenían los hermanos Rodríguez esta estrategia prediseñada? Lo concreto es que han tenido una gran capacidad de adaptarse a la coyuntura en un corto período de tiempo haciendo valer, en un hecho tangible, aquella máxima que dice: "Peor que la traición es el llano".

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