Editorial
Cloacas y planificación urbana: ¿otra vez el carro delante del caballo?
Por Gonzalo Meschengieser
El caso Pinamar expuso un problema que es estructural, cultural y profundamente urbano.

Cada tanto, una escena se repite con la crudeza de lo obvio. Un caño cloacal roto, aguas servidas desbordando, rutas cortadas, olor irrespirable, vecinos indignados y turistas sorprendidos. Esta vez fue en Pinamar, uno de los destinos turísticos más emblemáticos del país. Pero el problema no es Pinamar. El problema es estructural, cultural y profundamente urbano: seguimos planificando las ciudades poniendo el carro delante del caballo.

La historia es conocida. Primero crece la ciudad, luego llegan los edificios, después el turismo masivo, los barrios privados, los hoteles, los restaurantes. Y recién cuando el sistema colapsa -cuando el caño estalla, cuando el río se contamina, cuando la playa se clausura- aparece la discusión sobre cloacas, saneamiento y calidad del agua. Como si se tratara de un detalle técnico y no del corazón mismo de la vida urbana.

El impacto de estos episodios no es teórico: es real, medible y costoso. En España, la región de Almería todavía carga con el estigma del accidente de Palomares, cuando en los años 60 un avión estadounidense perdió bombas con restos nucleares. Aunque los niveles actuales no representan riesgo sanitario, el daño reputacional fue suficiente para afectar durante décadas la imagen del destino, su producción agrícola y su atractivo turístico. La percepción de contaminación, aun cuando sea histórica o puntual, deja huellas profundas.

En Brasil, Florianópolis -uno de los principales destinos de playa de Sudamérica- ha sufrido en distintos veranos picos de enfermedades gastrointestinales asociados a deficiencias en el tratamiento de efluentes cloacales. Cada temporada con playas cerradas o alertas sanitarias se traduce en cancelaciones, caída del consumo y pérdida de ingresos para hoteles, gastronomía y comercio. Un solo verano malo puede borrar los beneficios de años de promoción turística.

El fenómeno se repite en el sudeste asiático y el Caribe. Islas que dependían casi exclusivamente del turismo vieron caer su afluencia tras episodios reiterados de contaminación de aguas costeras por falta de infraestructura sanitaria. En Tailandia, Filipinas o República Dominicana, el crecimiento acelerado sin inversión equivalente en saneamiento obligó a cerrar playas, limitar cruceros y rediseñar completamente sus estrategias de desarrollo. El mensaje es claro: cuando el agua falla, el turismo se va.

Y aquí aparece un dato clave que rara vez se discute: la inversión en cloacas es ridículamente baja comparada con los ingresos que protege. Una ciudad turística mediana puede generar cientos de millones de dólares anuales en turismo. El costo de ampliar o modernizar su sistema de saneamiento suele representar apenas una fracción de un año de ingresos turísticos. Sin embargo, se posterga. Se financia tarde. Se discute cuando ya es crisis. Desde el punto de vista económico, no invertir en saneamiento no es austeridad: es mala administración.

El caso Pinamar debería ser una alarma, no una anécdota más en el ciclo de la indignación pasajera. Porque no se trata de un caño roto: se trata de un modelo de crecimiento urbano que considera al agua y al saneamiento como infraestructura secundaria, cuando en realidad deberían ser el punto de partida de cualquier planificación territorial seria.

Curiosamente, las nuevas ciudades que hoy se diseñan desde cero ya entendieron esta lección. Proyectos como NEOM, en Arabia Saudita, comenzaron su planificación por el abastecimiento de agua, la desalinización, el reúso y el saneamiento integral, antes que por los edificios o las avenidas. Lo mismo ocurre en desarrollos urbanos de Asia y Medio Oriente, donde la seguridad hídrica es vista como condición básica para atraer inversión, talento y turismo de calidad.

Estas ciudades parten de una lógica simple pero poderosa: sin agua confiable y sin saneamiento eficiente no hay ciudad inteligente, no hay ciudad sustentable, ni ciudad competitiva. Todo lo demás es maquillaje urbano.

Pero la responsabilidad no es solo de los gobiernos o las empresas prestadoras. Los ciudadanos y los consumidores también tienen un rol clave. Así como se pregunta por la seguridad, la oferta gastronómica o la conectividad de un destino turístico, deberíamos empezar a preguntar -y exigir- información sobre la calidad del agua, el tratamiento de efluentes y la infraestructura sanitaria. Elegir dónde vacacionar también es un acto de consumo responsable.

En un mundo cada vez más consciente de los límites ambientales, el turismo del futuro no va a premiar a las ciudades que crecen rápido, sino a las que crecen bien. A las que entienden que el verdadero lujo no es la vista al mar, sino un mar limpio. No es el edificio más alto, sino el sistema cloacal que funciona sin que nadie lo note.

Seguir poniendo el carro delante del caballo tiene un costo. Y no es solo económico. Es un costo en salud, en ambiente, en confianza y en calidad de vida. El agua y las cloacas no deberían ser noticia. Deberían ser la base silenciosa sobre la que se construye todo lo demás.

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