Editorial
Una politica exterior basada en la sintonía personal
Por Gonzalo Arias
Milei avanza peligrosamente con la reformulación de la política exterior argentina.

Javier Milei transita la segunda quincena de enero exultante y eufórico. Tras un baño de popularidad en el Festival de Jesús María -donde compartió escenario con el Chaqueño- y su discurso en la ceremonia en la que se celebró en Asunción el acuerdo Mercosur-UE, finalmente habló por segundo año consecutivo en el tradicional Foro Económico de Davos.

A diferencia de lo ocurrido el año pasado, esta vez su disertación ante empresarios, referentes del establishment financiero internacional y funcionarios de las principales economías del mundo, mostró un Milei menos destemplado y exaltado que en su intervención de 2025 en el gélido cantón suizo, donde eligió poner el foco en su particular versión de la "batalla cultural" contra la denominada cultura woke, con un discurso atravesado por posiciones xenófobas y regresivas en materia de derechos, plagado de teorías conspirativas, y carente del más mínimo sustento científico.

Aunque más moderado en ese aspecto, y ante un auditorio semivacío, si bien no dejó de señalar las virtudes del capitalismo occidental para promover la "libertad" y fustigar al "socialismo", se trató ante todo de un discurso más apuntalado en lo económico, de impronta teórica y con una visión más enfocado en lo que el presidente considera los logros de su gestión.

Sin embargo, tal como era previsible a la luz de los últimos acontecimientos en un contexto global atravesado por las tensiones geopolíticas y comerciales, Milei no desaprovechó su paso por Davos para manifestar su profesión de fe trumpista, dejando en claro su voluntad de profundizar su alianza, o más bien alineamiento irrestricto, con Estados Unidos a como dé lugar.

Un alineamiento que a esta altura esta más que claro que trasciende intereses económicos o necesidades coyunturales como las que quedaron en evidencia tras el salvataje financiero del Tesoro estadounidense del 2025, sino que implica un férreo compromiso político-ideológico con el particular liderazgo de Trump.

Todo ello, con el agravante de que más allá de las formas y estilos del mandatario estadounidense, que pueden gustar poco, mucho o nada, el alineamiento implica un compromiso con una política global y regional que no reconoce límite alguno en el derecho internacional, que desdeña el multilateralismo, que tira por la borda alianzas geopolíticas de más de 80 años -la de Estados Unidos con Europa-, que vuelve a las ideas del "Destino Manifiesto" que llevaron a Estados Unidos a construir un imperio en el siglo XIX y principios del siglo XX conquistando territorios, y que en el plano regional parece retrotraernos a los tiempos de la Doctrina Monroe y la visión del continente como área de influencia y potencial tutelaje imperial.

Paradójicamente, dicho alineamiento convive con la firma del trabajoso y largamente esperado acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que fue celebrado por Milei en su discurso en Asunción -aunque insistió que Argentina acelerará un acuerdo comercial bilateral con Estados Unidos-, y ante el cual -fiel a su estilo- no dudó en arrogarse un protagonismo que a todas luces pertenece a Lula, quien fue el gran artífice para lograr cerrar un acuerdo que aún tiene varios obstáculos por delante. Si bien apenas cuatro semanas antes el propio Milei había fustigado una vez más al Mercosur, señalado que no cumplió con ninguno de sus objetivos, en Asunción se lo vio disfrutar del protagonismo, seguramente más cómodo ante la ausencia del presidente brasileño.

Lo cierto es que Milei consolida su alineamiento estratégico con Washington, no solo en lo discursivo y lo gestual, sino con decisiones de política exterior que implican compromisos reales y entrañan consecuencias concretas para nuestro país. Un alineamiento que empezó a plasmarse en el giro histórico de Argentina en las votaciones en la ONU, el retiro de nuestro país de la OMS y otros organismos del sistema internacional que abandonó Estados Unidos, y que ahora implica no solo la convalidación de la particular intervención en Venezuela (donde Trump tutela una transición indefinida con el chavismo residual), sino incluso el tan peligroso como delirante intento del presidente estadounidense de hacerse con Groenlandia.

Además, el propio Milei confirmó que Argentina formará parte de la flamante Junta para la Paz, que la propia Casa Blanca definió sin tapujos como una organización global liderada por Trump para intervenir en las zonas más "calientes" del mundo. Con la prioridad inmediata puesta en la Franja de Gaza, hasta el momento solo unos pocos mandatarios han confirmado su asistencia, entre ellos Milei y el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ante los reparos de muchos gobiernos por un estatuto que plantea serias dudas sobre el respeto al rol de las Naciones Unidas.

Así las cosas, un exultante Milei avanza peligrosamente con la reformulación de una política exterior argentina, abandonando la definición clásica de Hans Morgenthau respecto a que ésta debiera promover el "interés nacional", para no solo alinearla a sus preferencias político-ideológicas sino, peor aún, a sus simpatías y afinidades personales.

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