Editorial
¿Un diálogo imposible?
Por Gonzalo Arias
La apelación al diálogo y la concertación parece volver a la agenda pública, pero se quedan en meras declamaciones.

Una vez más, la apelación al diálogo y la concertación parece volver a la agenda pública. Se habla de contactos informales, emisarios de una y otra parte, posibles agendas, excluidos, entre otras cuestiones de forma y fondo. De pronto, entre los más conspicuos representantes de la dirigencia política, que tanto azuzaron la grieta y la polarización deliberadamente en la búsqueda de réditos electorales o ventajas personales pese a la plena consciencia sobre el profundo daño que ello ha venido generando en nuestro tejido social, se coquetea con la idea del diálogo, se ponen pretendidas condiciones, y se imaginan posibles temarios y escenarios, como si se tratara de un gran aporte a nuestro golpeado sistema democrático.

Pareciera que muchos aun no se dieron cuenta que la grieta no se supera con meras declamaciones -por más bienintencionadas que sean- sino con hechos concretos y acciones consecuentes. Sin dudas, estamos ante una evidencia más de la marcada brecha que separa las agendas de una gran parte de los dirigentes -no sólo políticos- y la de la ciudadanía en general.

No debe olvidarse que el propio presidente Alberto Fernández asumió proclamando que venía a terminar con la grieta. Sin embargo, pronto borró con el codo lo que había escrito en las letras de molde de su discurso ante la solemne Asamblea Legislativa. La oposición, claro está, salvo alguna excepción puntual, tampoco dio muestras claras de voluntad de diálogo. Es más, tras la cooperación y articulación de esfuerzos entre el gobierno nacional y la jefatura de gobierno porteña que pareció primar durante la primera etapa de la inédita pandemia que nos golpeó desde comienzos del 2020, de un lado y otro de la grieta se intentaba minar cualquier esfuerzo que fuese más allá de lo estrictamente necesario. El propio presidente, pero más aun Horacio Rodríguez Larreta, sufrieron por entonces de abundante "fuego amigo".

A medida que lo peor de la pandemia quedaba atrás, y nos sumergíamos en una profunda crisis económica y social, los agravios, descalificaciones, acusaciones mutuas volvieron a ocupar un sitial de preferencia. Ya no sólo la grieta separaba a oficialismo y oposición, sino que se colaba al interior de los dos espacios. Así, las desavenencias, tensiones, resquemores y desconfianzas se trasladaron primero al Frente de Todos y, luego, a un Juntos por el Cambio, que aún sigue enfrascado en ese tipo de discusiones internas.

En el marco de una cultura política tan dada al enaltecimiento de los gestos ampulosos, grandes declaraciones, soberbia y actitudes megalómanas, la templanza y la moderación son atributos que no abundan. Los adalides del conflicto permanente y partidarios de la lógica amigo-enemigo, desconcertados, buscan apelar al repertorio clásico: las descalificaciones. Prefieren siempre atacar a las personas y no debatir las ideas, con un resultado trágicamente palpable: el empobrecimiento del intercambio de opiniones y debate de ideas en el que se fundamenta el proceso democrático. Un nivel de crispación en el cual el debate político se reduce a un ataque personal tras otro, con un objetivo muy claro: excluir las ideas y la argumentación del debate para reducirlo a las pasiones más elementales, muy a menudo el miedo.

Paradójicamente, ese miedo, esa sensación de que algo cambió y se rompió tras el intento de magnicidio, pareciera ser el que ha llevado a varios referentes de la clase dirigente a intentar tender algunos puentes de diálogo.

La tarea no es sencilla. Hay que romper con los prejuicios y las desconfianzas que vienen sedimentándose desde hace mucho tiempo, y hacerlo además ante la inminencia de un proceso electoral que ya parece estar a la vuelta de la esquina. Si se observan algunas encuestas, como las que dan cuentas de que casi 6 de cada 10 argentinos creen que el atentado es parte de un plan de victimización de Cristina Fernández de Kirchner en la búsqueda de una supuesta impunidad, y se ven algunas actitudes de referentes tanto del oficialismo como la oposición, parece casi imposible.

Más difícil aun, si tenemos en cuenta que para dialogar es imprescindible escuchar. Escuchar no sólo a los circunstanciales adversarios, sino fundamentalmente a los ciudadanos, que no esperan de los políticos ni declaraciones grandilocuentes, ni anuncios abstractos, ni peleas inconducentes, ni promesas de una felicidad futura que nunca llega, sino soluciones concretas para mejorar su calidad de vida. En otras palabras, lo que necesita Argentina es un diálogo para solucionar los problemas del país, no para abordar la agenda de la clase política. Y para ello es imprescindible dejar de lado mezquindades, egos, y diferencias inconducentes, dejar de esperar salvadores mesiánicos o soluciones mágicas, y comprometerse con acciones concretas. Parece una tarea titánica.

Aun con estas dificultades, vale la pena el intento. Es que, si nos dejamos arrastrar por la tentación de la confrontación permanente, en poner el énfasis exclusivamente en lo que nos separa, en las diferencias aparentemente irreconciliables, en la delimitación del supuesto terreno que divide "amigos" y "enemigos", nos estaremos alejando de la posibilidad de generar los imprescindibles acuerdos básicos que nos permitan no sólo abordar la profunda crisis que atravesamos sino de toda posibilidad de construir un país "normal".

Como alguna vez escribiera Weber, los seres humanos "no hubieran obtenido lo posible si no hubiera pugnado una y otra vez por alcanzar lo imposible..."

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