Editorial
Repliegue defensivo
Por Gonzalo Arias
La oposición pasó al ataque y el gobierno parece replegarse a una posición más bien defensiva.

Tras las peores dos semanas del gobierno en el Congreso, con una sucesión de derrotas legislativas que parecen plantear una reconfiguración de la relación entre gobierno y oposición que puede erigirse en un serio obstáculo para los planes de Milei, el presidente intenta recuperar la iniciativa.

Una decisión de abandonar -al menos transitoriamente- la preocupación exclusiva y excluyente por la macroeconomía que, a todas luces, fue forzada por las circunstancias desfavorables. No solo porque la política es una actividad que el presidente descalifica y desdeña (Francos llegó a decir incluso que el presidente "no entiende" la política argentina), ni porque le preocupa el impacto que el endurecimiento de la oposición pueda tener sobre el frágil equilibrio fiscal en el que se sustenta la baja de la inflación y sobre la confianza de los mercados, sino también porque algunas encuestas comienzan ya a mostrar algunas tendencias inquietantes para el oficialismo.

En este marco, si el presidente comenzara a ver horadado el extendido crédito social del que supo gozar más allá de lo imaginado, perdería aún más funcionalidad la narrativa anti-casta, creciendo en la opinión pública la frustración por una situación económica que no logra el repunte prometido, un escenario que sin dudas le insuflaría aún más confianza a una oposición que ya ha abandonado la posición puramente defensiva.

Lo cierto es que los roles parecen haberse invertido: la oposición pasó al ataque y el gobierno parece replegarse a una posición más bien defensiva. Con un primer veto ya confirmado -en una norma que beneficiaba además a uno de los sectores más vulnerables-, y la perspectiva de un nuevo veto ante la ley de financiamiento universitario y el posible rechazo al DNU de asignación especial de fondos a la SIDE, la oposición parece haberle perdido el miedo a un gobierno que ostentaba los instrumentos para medir los niveles "de casta en sangre" según la propia conveniencia.

Por ahora Milei parece enfocado en hacer control de daños y reorganizar las filas propias. Lo nuevo es, sin dudas, que es una tarea que parece haber asumido personalmente, no un mandato delegado en algún funcionario de su confianza. Un dato en absoluto menor que puede indicar la importancia que el propio Milei le asigna a esta tarea, pero que al mismo tiempo deja entrever las debilidades del armado libertario, marcado por una larga saga de errores no forzados, conflictos internos, y falta de musculatura política y experiencia para la negociación legislativa.

Paradójicamente, en momentos en que el ya magro espacio oficialista en el Congreso continua desflecándose tanto en Diputados como en el Senado, y en el que la relación con la vicepresidente Villarruel parece haber cruzado el punto de no retorno, el presidente puso en marcha un mecanismo de dialogo relativamente institucionalizado con la oposición más dialoguista.

El objetivo es, por cierto, bastante modesto, aunque no menos relevante para los planes del libertario: consciente de que recrear la mayoría que le permitió sancionar la Ley de Bases y el paquete impositivo es hoy una quimera, busca al menos intentar asegurar el número suficiente de legisladores para bloquear la posibilidad de que la oposición consolide la poderosa mayoría de los dos tercios. Un objetivo imprescindible si Milei quiere seguir avanzando con los vetos y apelar a gobernar a través de la herramienta de DNU.

En medio de este nuevo equilibrio de fuerzas en el Congreso, quedan varias incógnitas, ya no solo en materia de cuál será la agenda prioritaria de la oposición y qué alcances podrían tener los acuerdos entre sectores otrora enfrentados, sino también respecto al futuro de algunas iniciativas del propio oficialismo, fundamentalmente la de los pliegos de los dos postulantes a la Corte Suprema, que hoy parecen estar congelados a la espera de definiciones políticas.

Así las cosas, el escenario de altísima fragmentación y atomización política que fue casi una condición de posibilidad para el fulgurante ascenso de Milei, hoy parece pasarle también factura a un oficialismo cada vez más replegado sobre una agenda propia a como dé lugar, y que no duda además en reforzar algunos preocupantes rasgos autoritarios, ya no solo a nivel discursivo sino también con algunas medidas y acciones que plantean serios interrogantes en materia institucional. 

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