Editorial
Realpolitik
Por Gonzalo Arias
Milei parece haber hecho un curso acelerado de realpolitik de cara a su asunción.

 El tsunami Milei que irrumpió con inusitada fuerza en las presidenciales de este año, y que con su carácter disruptivo, su impronta radical y su posicionamiento de outsider conectó exitosamente con un clima de época imbuido por la bronca y frustración acumulada por el fracaso de los últimos gobiernos, parece estar encontrando su cauce en aguas mucho menos turbulentas de lo que muchos imaginaban.

El libertario, aún en el marco de una transición y un armado de gabinete que oscila entre el desorden y el caos, parece haber hecho un curso acelerado de realpolitik de cara a su asunción el próximo 10 de diciembre. Un movimiento que sorprende a propios y extraños por igual, no solo por el contraste con la radicalidad de su propuesta y narrativa electoral, sino por la rapidez con que parece haber abrazado el pragmatismo.

Si bien persiste el interrogante en relación a los alcances de dicho "giro pragmático"

y el nivel de compromiso del propio Milei con esta transformación, que no solo es de forma y estilo, sino que también involucra cuestiones otrora centrales de su propuesta, los indicios son evidentes. No solo en el armado del gabinete, más aún en el área económica clave para el desarrollo de su plan, donde Milei parece haber optado por algunos viejos conocidos de la "casta", sino también en el aplazamiento de algunas de sus propuestas más extravagantes y polémicas, ahora relegadas a un futuro incierto bajo el eufemismo de reformas de "segunda" y "tercera" generación.

Ahora bien, cabe preguntarse, entonces, ¿cuáles son las razones que llevaron al presidente electo a abrazar el pragmatismo y moderar no solo sus formas y estilo de liderazgo sino también algunas de las ideas que durante la campaña oficiaban como "dogmas"? ¿Por qué pese a un contundente triunfo en las urnas moderó sus propuestas y suavizó su estilo, cuando todo indicaba que una cómoda victoria habría de acelerar muchos de sus postulados y radicalizar aún más sus posturas?

Una pregunta que resulta más interesante aún a la luz de una victoria contundente en el ballotage que no solo le otorga una importante legitimidad proveniente de las urnas, sino que dejó groggy tanto al peronismo como a la principal coalición opositora, dejándolos -al menos por unos meses- aturdidos y sin demasiado poder para torcerle el rumbo al presidente electo. Tampoco parece haber incidido en este cambio de actitud la situación de manifiesta debilidad en la que se encuentra en el Congreso de la Nación, ya que en muchos planos podría avanzar por la vía administrativa.

Así las cosas, probablemente el propio Milei haya comenzado a comprender que la realidad que enfrentará al sentarse en el candente "sillón de Rivadavia" será mucho más compleja que lo que creía, que la simplificación dicotómica a la que apeló durante la campaña puede haber sido exitosa en el plano discursivo pero que no será suficiente para entender los "matices" que implica gestionar un país que atraviesa una profunda y persistente crisis, y que muchos dogmas de la teoría económica que sostiene (fundamentalmente la Escuela Austríaca) jamás se han contrastado empíricamente en los hechos, que casi siempre demandan mayor flexibilidad y apertura a otras voces y aportes.

¿Habrá Milei analizado por qué ganó? En otras palabras, ¿comprenderá que la gente votó más por un cambio que por un manifiesto de derecha radical?, ¿entenderá que más allá de que los más conspicuos representantes de una extrema derecha europea en retroceso festejan su triunfo, el fenómeno Milei se explica más por factores locales que por una ola global?

Lo cierto es que esta suerte de paradójica y rápida transformación de un "león" que amplificaba el grito de la bronca a un -al menos por ahora- pragmático y cauto jefe de Estado de un país a todas luces muy difícil de domar, puede ser vista -según la perspectiva que se elija o la arista que se quiera iluminar en el análisis- como algo positivo o negativo. Del lado de lo positivo, seguramente se resaltarán las mayores posibilidades de conseguir gobernabilidad para lograr un plan de estabilización que le permita alcanzar el equilibrio fiscal y atacar exitosamente el flagelo de la inflación. Sin embargo, estos gestos, acompañados por marchas y contramarchas, aseveraciones y posteriores desmentidas, desavenencias y vetos internos para el armado del gabinete, parecen haber profundizado la incertidumbre que muchos esperaban que comenzara a despejarse con el resultado electoral.

En este contexto, quizás consciente de la magnitud de los desafíos que enfrentará, y de la debilidad con la que llega al poder, tanto por la escasa representación parlamentaria como por los efímeros que pueden ser los votos "prestados" en el ballotage, haya buscado moderar las expectativas respecto a los cambios prometidos y concentrarse casi exclusivamente en dos objetivos: el ajuste del gasto y el desarme de la "bomba" de leliqs.

Habrá que ver cómo incidirá ello en un sector de sus votantes que esperaban cambios más profundos, a la vez que cómo reaccionarán muchos actores de un sistema político aún conmovido y aturdido. Todo ello en un contexto en el que casi no habrá una "luna de miel" que dure meses, sino apenas un paréntesis de algunos días hasta que acomode sus papeles en el escritorio de su flamante despacho con vistas a Plaza de Mayo.

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