Editorial
Mucho más que un cierre de listas
Por Gonzalo Arias
Pareciera que lo que ocurra antes del plazo para inscribir las candidaturas resulta mucho más relevante que la propia elección.

Los tiempos se aceleran de cara a un proceso electoral bonaerense atípico, no solo por haberse dejado atrás una larga tradición de elecciones concurrentes con las nacionales, sino por la inusual centralidad que viene teniendo el cierre de listas.

Por estas horas, pareciera que lo que podría ocurrir ante el vencimiento del plazo legal para inscribir las candidaturas que operará el próximo 19 de julio, resulta -al menos por ahora- mucho más relevante que la propia elección anticipada que convocó el gobernador Axel Kicillof para el 7 de septiembre.

Es que en esas complejas y múltiples negociaciones en curso se están dirimiendo cuestiones que a todas luces exceden el marco de un proceso electoral legislativo y local, cuestiones que potencialmente podrían condicionar un proceso de reconfiguración política que no termina de fraguarse y que, a grandes rasgos, tienen que ver con la definición de los contornos, la dimensión, naturaleza y nitidez de los espacios de oficialismo y oposición.

En otras palabras, un proceso que interpela tanto a LLA en tanto oficialismo nacional como al peronismo como principal fuerza de la oposición, primera minoría en ambas cámaras del Congreso Nacional, y la estructura política con mayor inserción territorial a nivel nacional. Por ello, tanto en las mesas donde "negocian" el kirchnerismo, el massismo y el espacio del gobernador, como en las que hacen lo propio libertarios y representantes del PRO (con la UCR de Abad en situación "expectante"), se discute y dirime mucho más que la ingeniería o el armado electoral para el 7 de septiembre.

Mucho más que un cierre de listas

En las terminales del peronismo, tras la pelea por las todavía inciertas listas de unidad y el conflicto entre Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner, se discute en realidad el liderazgo del peronismo a nivel nacional. Y si bien, a priori, la condena a la ex presidenta pareciera haber reflotado la posibilidad de una unidad, más táctica que estratégica, no debería confundirse la "solidaridad" expresada desde las diversas corrientes en pugna luego del fallo de la Corte con "generosidad" o -mucho menos aún- "subordinación" a la hora de negociar.

Por ello, no sorprende la atención y la cautela con que los gobernadores del interior siguen las negociaciones. Es que lo que está en juego es si Cristina será capaz de tutelar desde su forzado "exilio" el proceso de reconstrucción del peronismo tras la derrota de 2023, o si pese a la circunstancial "centralidad" quedará relegada a la representación de una "minoría intensa" en el camino hacia su ocaso definitivo.

Y, en este marco, el principal -aunque no el único- factor que podría tensionar las negociaciones tiene que ver con la definición de quién será el candidato o candidata que la reemplazará como cabeza de la lista de legisladores provinciales en el populoso y estratégico bastión peronista que representa la Tercera Sección Electoral. En particular, si la ex mandataria buscara imponer a su hijo Máximo, con quien el gobernador mantiene un enfrentamiento expreso, ello podría derivar en una ruptura total o parcial, con la posibilidad de listas enfrentadas o bien de intendentes jugando en sus distritos con "listas cortas".

Lo que está en juego es si Cristina será capaz de tutelar desde su forzado "exilio" el proceso de reconstrucción del peronismo tras la derrota de 2023, o si pese a la circunstancial "centralidad" quedará relegada a la representación de una "minoría intensa" en el camino hacia su ocaso definitivo

En las huestes del oficialismo y el PRO, si bien se busca proyectar la imagen de un acuerdo que es inexorable e inevitable, las fricciones de cara al cierre de listas son a todas luces evidentes. Lo que resta para concretar el acuerdo son mucho más que meros detalles, en tanto se incluyen factores tan sensibles como el nombre y formato jurídico de la alianza electoral, el rol de los intendentes del PRO en el tramo local de las boletas, o los acuerdos parlamentarios en el Congreso de la Nación, entre tantos otros lineamientos fundamentales.

Por el lado del PRO, no hay uniformidad entre los negociadores. Si bien Ritondo fue empoderado por el propio Macri para conducir las conversaciones, se ve forzado a buscar un equilibrio que la propia dureza de los libertarios parece tornar difícil, y que lo podría complicar con un grupo de intendentes -sobre todo de la primera, segunda y cuarta sección que en su mayoría se referencian en el propio Macri, y que no están dispuestos a resignar territorialidad en función de una alianza si ésta se asemeja más a una "rendición" que un "acuerdo".

El riesgo, en este sentido, es que un grupo de intendentes presenten un sello provincial propio para colgar sus listas de concejales y busquen municipalizar una elección que para los libertarios tiene impronta "nacional", no solo horadando las chances de los libertarios de conseguir una victoria, sino desdibujando la propia conducción partidaria provincial liderada por Ritondo.

Mucho más que un cierre de listas

Del lado de los libertarios, el objetivo es explícito aunque no por ello exento de riesgos: no solo una victoria electoral en septiembre y octubre en territorio bonaerense, sino la reafirmación del rol excluyente y totalizante de LLA como único representante del espectro que va del centro-derecha a la extrema derecha. En ese camino, no solo no hay lugar para negociar en igualdad de condiciones, algo que el PRO pareciera no haber asimilado tras las elecciones porteñas de mayo, sino que no pareciera haber lugar para Macri. Para decirlo en léxico freudiano, los libertarios parecen exigirle a Ritondo "matar al padre"; pese a que ello podría implicar una ruptura con los intendentes que impidiera la concreción in totum de la alianza entre ambos espacios.

En este marco, lo que se juega Milei es más que una victoria electoral, que por cierto, como muestra la historia reciente de las elecciones intermedias bonaerenses, podría ser incluso efímera. Es que resulta difícil imaginar que el desenlace de las negociaciones bonaerenses no tenga impacto en la capacidad del gobierno de Milei para engrosar el oficialismo en el Congreso -teniendo en cuenta que aún ante la mejor elección posible, LLA estará lejos de contar con mayorías propias- y, consecuentemente, ganar volumen para el eventual empuje de las reformas de segunda generación que estarían contempladas en el proyecto libertario (y en el acuerdo con el FMI). Un impacto que, además, podría incidir también en lo que resta del año parlamentario, alejando toda posibilidad de construir esa mayoría de 87 diputados necesarias para "blindar" los vetos presidenciales.

Así las cosas, toda la incertidumbre y los interrogantes que envuelven a un sistema político que atraviesa una persistente agonía parecen condensarse en ese proceso de cierre de listas que podría marcar, o bien el comienzo de un proceso de reconfiguración política sobre nuevas bases, o una suerte de reconstrucción parcial sobre las ruinas de lo existente. La diferencia no es menor en el marco de la Argentina de Milei que no ha logrado aún abandonar una larga transición, de esas que en términos gramscianos implican tiempos de incertidumbre en "que lo nuevo no termina de nacer ni lo viejo termina de morir". 

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